viernes, 2 de enero de 2015

JAVIER FLÓREZ MORALES Y LA FONDA LA UNA

Alfredo Cardona Tobón



Es muy gratificante ver cómo las comunidades barriales y rurales de Pereira cuentan con líderes comprometidos con el bienestar de la gente; en el caso de Altagracia se destaca don Javier Flórez Morales, un hijo del corregimiento que está jalonando su progreso y  va presentando nuevas alternativas a este sector rural de la capital del departamento de Risaralda.

Don Javier es un referente para la comunidad, es un ejemplo por su tesón, capacidad de trabajo y la visión para los negocios. Es un gran empresario, de esos que  “saben dónde ponen las garzas” y sabe levantar recursos hasta en un desierto. Sin cartones universitarios, con unos cursos del SENA y la sagacidad propia de los hombres exitosos, don Javier arrancó a trabajar con una pequeña tienda en Cali, adonde llegó en busca de fortuna.  Tras dura lucha y muchos sacrificios llegó a tener un supermercado en Jamundí, Valle.  Pero el 30 de enero de 1980 un incendio volvió cenizas los esfuerzos de don Javier, que tuvo  que empezar de nuevo en un local húmedo que habían sellado por malsano. Como era muy buena paga los acreedores le dieron crédito para volver a surtir y la gente de Jamundí,  a quien cambiaba cheques sin cobrar comisión y atendía en los momentos difíciles, le tendió la mano. Unos soldadores le regalaron la estantería y el local, que no era el más lujoso ni el más moderho del pueblo, se vio colmado de clientes que se solidarizaron con don Javier e hicieron la vista gorda a las incomodidades del nuevo negocio.

En unas vacaciones don Javier viajó a Tumaco y con el ojo vivo del negociante vio que en el puerto todos se movilizaban en bicicleta y tenían problemas ya que faltaba un negocio que las reparara y suministrara los repuestos a un precio justo. Entonces dejó el entable de Jamundí en manos de un hermano, y se trasladó al puerto del Pacífico con cien bicicletas, equipo y repuestos.

Al negocio de las bicicletas le sumó el turismo, pues al ver desierta la bella playa de Bocagrande, al frente de la Isla del Morro, don Javier consideró oportuno construir allí unas cabañas. Se convirtió, entonces, en el pionero del turismo en Tumaco en unas playas que aparentemente no tenían dueño  y  que posteriormente  tuvo que legalizar su ocupación ante  el Estado.

En ese entonces Tumaco era una zona aislada de Colombia;  a los tumaqueños les era muy difícil enviar y recibir giros, pues por falta de comunicaciones el trámite era demoradísimo. Ante esas circunstancias don Javier utilizó el bus que salía  todos los días del puerto y  después  utilizó el avión que decolaba todas las mañanas para montar una agencia de giros; primero atendió giros y remesas a  Buenaventura y después lo hizo  con Cali. Para ofrecer un servicio inmediato don Javier se valió de una frecuencia de radio que operó con claves que cambiaba continuamente; así nació la empresa de Giros del Pacífico que luego se convirtió en Giros Nacionales con  corresponsales en centenares de puntos de Colombia.

-       Este hombre es un verraco- pensé yo mientras oía las hazañas de este  empresario nacido en Altagracia en el hogar de un comisionista de ganado dueño de una pequeña parcela de café.

“Nosotros fuimos once hermanos y la vida no fue fácil- confiesa don Javier. Yo estudié en la escuela de la vereda y luego en otra del barrio Cuba.  Cuando empecé a trabajar en Cali tenía solo quince años.  Tuve que luchar duro,  no todo fue un paseo en coche, pero creo en Dios;  jamás he inclinado la cabeza ante la adversidad y nunca me han oído quejarme o maldecir.

La empresa de giros tuvo más de 810 puntos en el país,  pero todo tiene su fin- agregó don Javier- Pues  el negocio se dañó cuando las disposiciones del Ministerio de Comunicaciones  permitieron la aparición de oficinas de giros en todos los garajes.

Don Javier fue el pionero nacional en ese campo lo que le reconocieron al condecorarlo por el inmenso servicio que prestó a Tumaco y a toda Colombia en el campo de la transferencia de dineros.

La tarde avanzaba, la entrevista se estaba prolongando y varios artistas que pintaban un mural estaban esperando.

-       ¿Por qué regresó a la vereda  después de tantos años de ausencia?-

“En el año 2005 vine a visitar unos familiares. Dimos una vuelta por Altagracia y me mostraron un lote con vista por todos lados.  Y lo compré. Fue un impulso como el de las cabañas en la costa de Tumaco. Lo mandé a organizar y empecé a construir el Eco hotel La Comarca,  que va avanzando, despacio, muy despacio, porque yo no tengo plata para hacerlo de la noche a la mañana como sucedió con  el  Price Smart que levantaron en un cerrar de ojos… Después de empezar el Eco hotel  interesé a unos parientes que viven en Estados Unidos y compramos la fonda de la Una, que fue la primera fonda de Altagracia, y ahí vamos, también despacio, para convertirla en un centro de convenciones y de esparcimiento familiar, con vacas y con caballos pony.”

La labor de don Javier en Altagracia va más allá del Eco hotel y de la Fonda.  Como presidente de la Junta del Corregimiento  está al frente de un gran proyecto de embellecimiento de las fachadas en asocio con los alumnos, los profesores del  colegio Gonzalo Mejía Echeverri;  con todos ellos y con el corregidor, doctor Luis Alfonso  Páez Trujillo, don Javier Flórez  está empeñado en otros programas de talla de maderas y de murales que harán de Altagracia, el pueblito más hermoso de todo el  territorio pereirano.

Hace poco las autoridades de Pereira reconocieron la labor cívica de don Javier, cuyo empeño ha ido  mucho más lejos de los consabidos cabildeos de los dirigentes comunales. con la Fonda La Una, que fue el embrión de Altagracia, el corregimiento será un centro gran centro turístico que complementado con el Ecohotel La Casona abrirá las puertas a pereiranos y visitantes. Indudablemente  don Javier es un impulsor de realidades, merecedor de las más altas distinciones.

 

jueves, 1 de enero de 2015

UN DIA TRAGICO Y AMARGO EN LA HISTORIA DE MANIZALES


Alfredo Cardona Tobón.

 


 

Al amanecer del 15 de febrero de 1877 los manizaleños  oyeron el retumbar de las carabinas a unas cincuenta cuadras de la ciudad:  eran los caucanos que se acercaban  inexorablemente ante la pasividad del general antioqueño  Marceliano Vélez quien , desde la derrota de Los Chancos, no atacaba ni hacía frente decisivo a un enemigo inferior en número y armamento, pero cada vez más osado y peligroso.

 

Marcelino Vélez creyó que se repetiría  el estrellón enemigo contra el bastión manizaleño, como ocurrió en 1860 con Mosquera. Estaba tan seguro, que  pese a estar rodeado de atacantes, envió parte de sus tropas a la banda occidental del río Cauca, para que desde Apía y Cañaveral, hostigaran la retaguardia  enemiga y cortaran sus comunicaciones con el Estado del Cauca.

Los liberales caucanos aliados con tropas federales fueron estrechando el cerco. Tenían avanzadas en  el  Alto del Caballo, en San Julián y en Nueva Palestina. Desde esta última localidad  avanzaron hasta el   río Chinchiná,   lo cruzaron por el paso de  La Inquisición y en  violenta acción se apoderaron del sitio de  La Cabaña  el 22 de  febrero de 1877.

 

Los caucanos hicieron retroceder a las tropas  antioqueñas  que se aventuraron por la banda  occidental del río Cauca y las derrotaron totalmente en el cerro de Batero. Los liberales sin ninguna amenaza por los flancos o por la retaguardia  cerraron el cerco  y prepararon el asalto a  Manizales.

En la noche del 4 de abril los caucanos abandonaron el campamento de La  Cabaña, dejaron hogueras encendidas para engañar  a los vigías enemigos, y con sigilo  avanzaron  entre las posiciones paisas  de El Canasto y Morrogordo  para ubicarse en la madrugada en  el Alto de Cueva Santa.

Otras compañías  caucanas marcharon en la noche del cuatro  de abril desde El Arenillo hasta El Tejar,  donde los antioqueños habían acumulado fuerzas y elementos para hacer frente  al  ataque.

 

A las once de la noche de ese mismo día, el batallón No. 14, compuesto por villamarinos, y reforzado por efectivos sureños se movió hacia La Florida y hasta el Alto del Roble y esperaron  las órdenes del  mando liberal.

En  la fría y nebulosa mañana del 5 de abril empezó el ataque a Manizales. Fue una cruenta batalla,  una de las más feroces e intensas de nuestras guerras civiles ,donde con injusticia  algún cronista ha desconocido la valentía de  los defensores de la ciudad y  ha dudado de su arrojo y su sacrificio.

Los defensores del Arenillo lograron sostener sus  posiciones  con el apoyo de reclutas de Santa Rosa de Osos, quienes llegaron a medio día  a marchas forzadas,  y soñolientos y hambrientos se portaron como  veteranos, impidiendo que los caucanos  ocuparan sus trincheras.

 

En Morrogordo,  la heroica División Giraldo , compuesta por marinillos,  resistió la embestida durante diez horas.  Cuando hirieron gravemente a su jefe, el general Obdulio Duque, y  abatieron a  su comandantes Cesáreo Gómez y Felipe Arbeláez, los sobrevivientes se retiraron combatiendo hasta la Linda y se hicieron fuertes en el Alto de la Palma, tras dejar en el campo 900 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.

Los villamarinos cruzaron el río Chinchiná  y en territorio manizaleño se enfrentaron con una  partida comandada por el general Braulio Henao . Tras una intensa escaramuza llegaron al Alto del Perro, se descolgaron hasta las defensas del Guayabo y las hostilizaron hasta  muy entrada la tarde.

En el Alto de San Antonio  se  presentaron los más intensos combates. El Alto estaba rematado por trincheras de un metro de espesor y tres metros de altura, con fosos por delante y por detrás;  estaban  erizadas de púas y cubiertas de maleza , donde se emplazaron mortíferas ametralladoras y algunos cañones..

Los manizaleños lucharon con valentía . No fue inferior el coraje de los caucanos, cuyas mujeres armadas con lanzas fueron las primeras en llegar a los nidos de las ametralladoras. La diferencia estaba en la moral de las tropas y en la dirección del combate. Pues mientras los paisas eran obligados a retroceder por generales medrosos, los liberales iban de victoria en victoria  animados por el  rico botín que les ofrecía la derrota de Manizales.

 

Desde las cuatro de la tarde del  cinco de abril Don Silverio  Arango,  presidente del Estado de Antioquia, vio la inutilidad de la lucha y la inminencia cierta de su derrota. Trató, entonces ,de parar los combates y solicitó una tregua para recoger muertos y heridos y discutir  un tratado de paz. El general Julián Trujillo, Jefe del Ejército liberal,  ignoró la propuesta y continuó los ataques hasta que  los reductos  antioqueños, uno  por uno, izaron bandera blanca y se entregaron sin condiciones.

 

El saqueo  empezó a medida que entraban los vencedores. A  los individuos que encontraban en la calle les quitaban el sombrero, la ruana y el carriel y los dejaban hasta sin pantalones.  Saquearon las casas  y a los infelices derrotados les arrebataron las  cobijas  y  la  ropa.

Los artesanos perdieron sus herramientas. En los  días siguientes  en  las tiendas  y demás lugares de expendio de víveres los caucanos “compraban” cuanto querían y al momento de pagar la cuenta decían al vendedor: “coman  religión, godos pícaros” y se llevaban lo que habían pedido sin pagarlo.

Saquearon las haciendas. No quedaron cerdos, ganado ni caballos... se robaron las gallinas, los rejos y las enjalmas.... medio Manizales fue a parar al Valle del Cauca y el resto a Villamaría.

Un  grupo de soldados  llegó a la casa de la anciana doña  Teresa Salazar y como sólo le encontraron treinta pesos, la amarraron de los pies y la colgaron para que dijera dónde estaba el entierro.

A Jesús Martínez, padre de familia, lo asesinaron en la puerta de su vivienda cuando trató de defender a los suyos.

Las residencias más  amplias y lujosas se asignaron como cuartel a las tropas. Se robaron los muebles que pudieron cargar, los otros sirvieron de leña en las fogatas de los campamentos.

Y además de todo lo sucedido,  los ciudadanos conservadores más pudientes tuvieron  que  pagar una indemnización  total de $ 50.800  por gastos de guerra., de los $ 750.000 que  el gobierno nacional  obligó a pagar a toda Antioquia.

Algunos ilusos se dirigieron al general Trujillo, pidiéndole que los pusiera a cubierto de tanto atropello, pero en vano, pues según  dijo él “ nada podía  hacer   porque  no había quién contuviera a esos negros”.

 

 Ese 5 de abril fue trágico para  Manizales,  y en el  futuro  fue muy amargo para los propios vencedores, ya que la victoria de Trujillo abrió las puertas a la Regeneración de Núñez y  se convirtió en la eterna  tumba del radicalismo liberal.

 

En los anales caucanos encontramos paso a paso los pormenores  de la batalla  de Manizales;  en cambio en los archivos de Antioquia se tendió un manto de olvido, como queriendo borrar las señales de  esa aventura belicista,  de esa guerra de 1876 que creyeron ganada los paisas y  que perdieron en Manizales,  con la cual se quisieron inmortalizar los promotores  paisas y sólo dolor y pérdidas dejó a nuestra tierra.

lunes, 29 de diciembre de 2014

JORGE ELIECER ZAPATA BONILLA Y LA IDENTIDAD DEL GRAN CALDAS


Ángel María Ocampo
 
 
Nunca olvidaré la afortunada circunstancia en que conocí a Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Fue en virtud de una bien intencionada recomendación que me fue hecha por Antonio María Flórez Rodríguez. Corría el año 1982 y me encontraba cursando los últimos semestres de Lenguas Modernas en la Universidad de Caldas. Influido positivamente por las palabras de aliento de mi profesor Octavio Hernández Jiménez, había tenido la avilantez de participar en dos concursos internos de ensayo lingüístico promovidos por la Universidad, en los que a la postre tuve éxito y recibí el primer premio.


En el primero de esos certámenes había triunfado con un modesto trabajo sobre el folklore del oriente caldense, que se constituyó en el germen de la investigación que condujo a la escritura de la primera monografía de Marquetalia, mi pueblo natal. Flórez Rodríguez cursaba a la sazón, la carrera de medicina en la misma Universidad y participaba activamente,  no sólo en la vida política y social de Marquetalia, como miembro del Concejo Municipal, sino también en el escenario intelectual y artístico de Manizales y de Caldas. Fue él quien me motivó a ampliar mi trabajo sobre el folklore del oriente caldense y convertirlo en una monografía de Marquetalia. Y fue él también, quien para estimular la que consideraba mi promisoria disciplina intelectual, me recomendó hacer contacto con quienes por aquellos años lideraban el movimiento intelectual y cultural de Caldas.


Entre ellos me señaló a Jorge Eliecer Zapata Bonilla, quien descollaba en el medio literario caldense, con obras y premios ya reconocidos, y además aparecía con inusitada frecuencia en la prensa regional, como corresponsal de La Patria en Supía y como colaborador de la Revista Dominical del mismo diario, así como asiduo colaborador y columnista del Diario del Otún,  importante vocero de la opinión risaraldense.


Fue por aquella época que Jorge Eliecer trabajaba para la Contraloría General de la Nación, y tenía su oficina en el tercer piso del Edificio de la Caja Social de Ahorros, en la carrera 23 de Manizales, por detrás de la catedral. Yo iba con frecuencia allí, porque en ese mismo piso funcionaban también las oficinas del Icetex, entidad que yo debía visitar regularmente, realizando trámites relacionados con un crédito educativo con el cual pude adelantar mis estudios universitarios. Un día fui allí y me le presenté a Jorge Eliécer, dándole a conocer mi incipiente trabajo monográfico sobre Marquetalia, mi pueblo natal, que sólo hasta 1991 vino a conocerse públicamente.


A diferencia de los críticos literarios de la época que fungían de jueces implacables, Jorge Eliecer acogió con generosidad mis humildes bocetos y nunca tuvo una palabra para descalificar mis primeros pasos por los predios de la investigación. Muy por el contrario siempre me mostró el camino de la excelencia, que se recorre con lentitud, pero con la firmeza que se requiere para andar los caminos que nos han de llevar a las metas esperadas. Recuerdo que desde ese momento, Jorge Eliecer siempre me llamaba o me buscaba para regalarme o recomendarme aquellos libros que en su sabiduría, eran las fuentes en las que yo debía abrevar si quería ser alguien conocedor de la cultura y de la historia caldense.
También recuerdo que al lado del escritorio de Jorge Eliecer, tenía el suyo, el poeta Fernando Mejía Mejía.

Jorge Eliecer me presentó a su compañero de jornada laboral, haciendo énfasis en que más que colegas de trabajo, se sentía orgulloso de compartir espacio con el bardo más celebrado del momento, no sólo en Caldas sino en todo el país. Comenzó así mi amistad con Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Amistad que he valorado como pocas, mediada por la admiración, y por el espíritu. Ese espíritu que conecta a los seres humanos emparentados por alguna afinidad mental. Estas palabras que escribo hoy son un homenaje a esa amistad y están inspiradas en la valoración sustantiva de la calidad humana, intelectual y literaria de un hombre que ha dedicado toda su vida a darle significación a las letras y a la cultura de la región caldense.


Es deber de quienes hemos sido sus pupilos en la faena intelectual y académica, exaltar las virtudes de un intelectual que ha hecho de la historia, la literatura y la cultura regional, el pan diario de su vida, no sólo en cuanto significa su producción individual, sino lo que es más significativo aún,  en cuanto se refiere a su entrega desinteresada a la tarea de formar sucesivas generaciones de intelectuales caldenses, para mantener el hilo del recuerdo colectivo y del permanente homenaje a nuestra idiosincrasia.


En el lenguaje del cristianismo, sacerdote es quien dedica su vida a indicarles a los hombres el camino que lleva a Dios, acercando al ser humano, desde su más profunda necesidad, a la fuente del Supremo Bien. Y profeta, quien por su parte dedica su vida a llevarles a los hombres el mensaje del conocimiento de Dios. El sacerdote intercede ante Dios por los hombres y el profeta hace posible el acercamiento de la realidad del amor de Dios a los seres humanos. Si con todo el respeto debido a la doctrina espiritual del cristianismo, pudiéramos trasplantar estas definiciones al lenguaje profano de las letras y de la cultura regional de Caldas, encontraríamos en Jorge Eliecer Zapata Bonilla, a un real sacerdote y a un auténtico profeta de nuestra identidad. Quienes de una u otra manera nos hemos querido vincular con el estudio y la construcción de lo caldense, ya desde la historia, desde el ensayo, desde la novela, desde el cuento, desde la poesía, desde el drama, desde el arte en general, o aún desde la simple curiosidad y afecto por lo caldense, nos hemos visto convertidos, queriéndolo o no, en sus discípulos, en su seguidores.


Jorge Eliecer Zapata Bonilla nació en la dulce y musical Supía, población del norte de Caldas, llena de leyendas y de episodios históricos, el amanecer del 7 de agosto de 1950, la misma fecha en que tomó posesión de la presidencia de la República el Doctor Laureano Gómez Castro. Un gobierno que marcó el inicio de una de las épocas más tormentosas de la historia nacional. Hacía sólo dos años -el 9 de abril de 1948-, había caído asesinado en Bogotá el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán y desde entonces, se había desatado la violencia en los campos y ciudades de Colombia. Supía Caldas, una población de raigambre liberal, con grandes simpatías por los movimientos sociales alternativos durante toda la historia del país, habría de ser uno de los epicentros de esa región estigmatizada por el sectario gobierno conservador de Gómez Castro.


La infancia de Jorge Eliecer Zapata Bonilla estuvo así rodeada de esa atmósfera enrarecida de violencia política y de persecuciones ideológicas. No será gratuito por tanto, encontrar en sus primeros trabajos literarios, la huella de ese ambiente militarizado y oscurecido por el luto de los muertos pergeñados en la noche. Primera infancia de un intelectual nacido para iluminar el panorama, con las luces de la inteligencia, de las letras, de la poesía y de la historia, paradójicamente gestada en un oscuro escenario de sectarismo y violencia.
Intuimos que no fueron los primeros maestros de las bancas escolares ni los de las sillas del colegio de secundaria en Supía, los que marcaron la vocación intelectual de Jorge Eliecer Zapata Bonilla. En la década de los 60, en Colombia y el mundo se había empezado a desarrollar un movimiento crítico en torno a las prácticas pedagógicas institucionales. Solían decir los intelectuales que orientaban este movimiento, que “la escuela tritura la inteligencia y tritura la personalidad”.

También predicaban que sólo podría cambiar la educación, quien tuviese el coraje de pensar y actuar libremente. Se combatía con firmeza el autoritarismo de los maestros, las escuelas encerradas en cuatro paredes, los salones dispuestos en filas de estudiantes que sólo tenían al frente el rostro severo de los educadores en franca imposición vertical de sus pontificados, así como los currículos centrados en el timbre de la campana, que era la llamada “voz de Dios”. Por eso creemos que Doloritas, la abuela de Jorge Eliecer, compartió con la abuela de Margaret Mead su rechazo a la institucionalidad escolar, que amenazaba con malograr toda la vocación humana e intelectual de sus nietos. Podría pensarse que Jorge Eliecer Zapata Bonilla, junto con Margaret Mead, tenía en efecto, argumentos para exclamar: “Mi abuela quería que yo me educara, por eso no me dejó ir a la escuela”.

Por fortuna para la cultura caldense, el potencial intelectual de Jorge Eliecer Zapata Bonilla no sucumbió en el ambiente autoritario de los claustros escolares de la primaria y la secundaria de esos años. Más bien podríamos decir, que a pesar de ese ambiente de exclusión y dogmatismo ideológico que predominó en las escuelas en la época de su juventud, Jorge Eliécer Zapata Bonilla hizo caso omiso de ese oscurantismo escolar y en gesto de irreverencia intelectual empezó a dar los pasos de fe que lo llevarían a la consagración literaria en el panorama regional. A ello contribuyó el entorno familiar, y sobre todo la influencia de su padre Arturo Zapata Restrepo, quien cada domingo, reunía a sus hijos para leerles en voz alta los editoriales de El Tiempo y los ponía a leer las Lecturas Dominicales.

De esa manera, Jorge Eliecer Zapata Bonilla y sus hermanos, se acercaron a los hechos culturales, tanto de su pueblo natal como de Caldas. Por eso, ya desde la época de las bancas escolares de primaria, Jorge Eliecer Zapata hizo sus primeros intentos de creación literaria, con los que él llama “unos pequeños cuentecitos”, que constituyeron sus primeros escritos.
Luego en el bachillerato, era apenas un estudiante en el Instituto Supía, en el año 1966, y ya empezaba a dar muestras de su vocación humanística, fundando el periódico “Pregón Juvenil”, en una gesta intelectual en la que contó con la compañía de Héctor Osorio Cardona y Diego Villegas Cardona.

Luego en 1971 fundó el periódico “La Opinión”, que posteriormente se denominó “El Rayo”, y el cual alcanzó 24 ediciones. En este mismo año de 1971, comenzó a escribir en La Patria, ejerciendo como corresponsal, columnista y promotor cultural en este diario caldense, en una práctica inagotable de gestión literaria que aún en la actualidad mantiene con la misma vitalidad de los años 70. En el año de 1976 inició sus publicaciones en el suplemento literario del mismo diario, que inicialmente se denominaba “Revista Dominical” y que hoy subsiste con el nombre de “Papel Salmón”. Fue también en los años 70 del siglo XX que aparecieron sus primeros artículos en la ya consagrada “Revista Manizales”, fundada por los poetas Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza de Jaramillo Meza. 

Así pues, quienes forjaron en sentido estricto, la vocación de Jorge Eliecer Zapata Bonilla, como gestor cultural y de creador literario fueron los grandes divulgadores de la identidad antioqueña en general y de la caldense en particular. Él siempre tuvo desde su primera juventud, la mirada puesta en el firmamento de las grandes estrellas de la inteligencia, no motivado por la vana soberbia personal, que no es el rasgo propio de su carácter, sino por el contrario, motivado por su filantropía espiritual, por su genuina pasión por la cultura, por su arraigado deseo de compartir y divulgar las tesis de la cultura popular. Porque ha entendido que su talento y su talante deben abrevar en los más conspicuos pozos de la inteligencia colombiana en general y caldense en particular: Otto Morales Benítez, Adel López Gómez, Gilberto Garrido, Juan Bautista Jaramillo Meza, Humberto Jaramillo Ángel, Antonio Álvarez Restrepo, Guillermo Duque Botero, Javier Ocampo López, Fernando Mejía Mejía e Iván Cocherín, entre los más destacados.


Haber nacido justamente en la fecha que partió en dos el siglo XX le permite a Jorge Eliecer Zapata Bonilla, posar de testigo excepcional de los acontecimientos de toda la centuria. Y lo que es más trascendental: poder testificar también, en vida, con lucidez excepcional, lo que llevamos del nuevo milenio, en materia de desarrollo social, cultural, intelectual, artístico y científico. No hay espacio en este lugar para resumir al menos la magna obra de gestión cultural, académica y literaria de Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Baste por ahora destacarlo como uno de los fundadores y columnas vertebrales de la Academia Caldense de Historia y como el mejor animador intelectual de las nuevas generaciones de escritores, poetas e historiadores de todo el llamado Viejo Caldas.

 

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domingo, 28 de diciembre de 2014

TRÁNSFUGAS Y POLÍTICOS


Alfredo  Cardona Tobón  *
 
 
Felipe Ortiz, Ponciano Taborda  representan la caterva de políticos y corruptos que  infestaron el norte caucano.

 

A Don Antonio Meza le avisaron en Sepulturas, hoy Caramanta, que podía regresar a Supía a continuar sus funciones de Juez en tal distrito parroquial. Pero no regresó. ¡Qué iba  a volver,  si en 1850 debió salir del pueblo para salvar su vida y ahora, en 1854, salió  de Supía desterrado por los melistas!

Como Don Antonio Meza miles de ciudadanos meritorios abandonaron el norte caucano a lo largo del siglo diecinueve debido a la situación caótica, violenta e inestable de la región.

 

Bajo las administraciones de Cartago, de Toro o de Riosucio y  con regímenes democráticos o  de facto, liberales o conservadores,  esa vasta zona dio bandazos al son de los dirigentes corruptos y tránsfugas  que amalgamaron el poder político con el económico para lucrarse de la Administración  Pública.

Al analizar la vida de los personajes que tejieron la historia del norte caucano, u occidente del Viejo Caldas, se advierte que,  en la mayoría de ellos, existe una dualidad entre sus actuaciones políticas y su actividad económica. Se nota, también, la inconsistencia de sus ideas que cambiaron  de acuerdo con las circunstancias o con el caudillo con el cual estaban comprometidos.

 

Lorenzo Villa fue jefe civil y militar del  Cantón de Supía durante varios períodos. Era un empresario ilustrado y hábil para los negocios. En 1854 le hizo frente al melismo y sorteó con éxito la invasión de Laureano Urrego y su montonera. En 1863 se levanta en armas contra el gobierno caucano que apoya a Mosquera y lo intenta de nuevo dos años más tarde. Es indudable su ascendencia en  la región  y es grande su riqueza, representada en minas y tierra, las cuales aumenta a costa de los Resguardos  indígenas que le confían su administración.

 

El ansermeño Felipe Ortiz empieza su carrera militar en las filas conservadoras. En  la década del  860 lo combate al lado de los radicales, seducido, según dicen sus enemigos, por los extensos terrenos que el gobierno del Cauca le cede en los Resguardos de Tabuyo y de Tachiguí.  Después de la guerra de 1877 el Cabildo Indígena de Quinchía le regala  los derechos en una productiva salina como agradecimiento por su defensa de la parcialidad.

 

Los hermanos Emigdio y  Ramón Palau, el primero conservador y el segundo liberal tienen gran poder en Cartago y en la provincia de Marmato. Ambos aprovechan sus conexiones con jueces y tribunales para litigar, hacer política y de contera, en  pago de los servicios, quedarse con tierras  de las parcialidades de La Montaña y de Guática,  y con las minas  y salinas de  sus defendidos.

 

El salamineño Rudecindo Ospina tras de hacer fortuna en Filadelfia y Manizales montó sus negocios en Supía. Se convirtió en el líder indiscutible de los radicales de la provincia de Marmato quienes  lo  llevaron a la Asamblea Legislativa del Cauca. Fue Jefe  Civil y Militar y también representante de la Western Mining Co.  que explotaba el oro de Marmato. Con tal poder, no fue difícil que fijara los límites de la Compañía a su antojo y  que se convirtiera en uno de sus accionistas en perjuicio de los intereses de los resguardos de Supía y Cañamomo.

 

El riosuceño Clemente Díaz no se apoderó de tierras ni de minas, pero fervoroso defensor del conservatismo apoyó la colonización  conservadora del  Mismís para neutralizar las parcialidades liberales del área. Al analizar las causas remotas de la violencia en la región le podrían  pasar varias cuentas a Don Clemente y sus protegidos de San Clemente.

 

Ponciano Taborda, Jefe Militar de Anserma desde 1885 hasta la guerra de los Mil Días, en asocio con el corregidor Isaías  Gamboa se valió  de sus posiciones para obtener derechos en los Resguardos de Tabuyo y de Tachiguí y conseguir en remates amañados las propiedades de los nativos a vil precio.

 

La mayoría de los  antioqueños  estaban unidos en su Estado alrededor de la Iglesia y el clero. Pero en el Cauca, y sobre todo en el norte de este Estado, la situación era un caos completo. Se marchaba tras los caprichos de Mosquera y cuando éste se marginó de la actividad política, las comunidades y los dirigentes pasaban de las toldas radicales a las independientes o viceversa, según la fortuna en las revoluciones locales.

Cuando el norte caucano pasó a formar parte de Caldas, Don Alejandro Gutiérrez hizo notar la diferencia entre los distritos que pertenecieron al Cauca y los que pertenecieron a Antioquia.  En el nuevo departamento  la población de Riosucio perdió paulatinamente su importancia y los dirigentes de la banda izquierda del río Cauca,  exceptuando quizás a los Gartner, se convirtieron en peones de estribo de los Gutiérrez y los Arangos de Manizales.

 

Si analizamos el siglo XIX y lo comparamos con el XXI se ve que, infortunadamente, muy pocos cambios políticos se han efectuado en las comunidades del viejo norte caucano que siguen  comprometidas y al vaivén de dirigentes tránsfugas y oportunistas.

 

Ayer fueron conservadores y liberales, ahora están matriculados  en Cambio Radical, Centro Democrático, La U,   El Polo, etc.. etc…    Hoy senadores, diputados , concejales y alcaldes  están  con un movimiento y mañana con otro… No hay consistencia de ideas  porque todos son “ la misma perra con  distinta guasca”, en un país de tránsfugas donde  el voto se vende y las elecciones las gana quien tenga más dinero para comprar las conciencias.