viernes, 20 de febrero de 2015

ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ


ENTRE LA INTOLERANCIA  Y LA BARBARIE.

 Alfredo Cardona Tobón.*

 


Al mediodía del dos de febrero de 2002 una multitud silenciosa salió lentamente de la catedral de Manizales... En los rostros adustos se palpaba la impotencia, el dolor y sobre todo el vacío que dejaba  el periodista Orlando Sierra Hernández, cuya voz se levantó como un trueno y su pluma como un ariete contra  todo lo que consideró ruin y corrupto.

Un clarín marcaba los pasos, los aplausos rompían el aire como salvas de cañón; el ulular de una sirena despedía al ciudadano valeroso que tomó como suya la causa que una comunidad  timorata y cobarde no se atrevía a defender. Ni un grito ni una arenga, parecía que cada uno iba  tras el féretro de su propia esperanza.

 El cortejo avanzaba entre lágrimas y recuerdos como en 1938, cuando Eudoro Galarza, un periodista de LA VOZ DE CALDAS, iba por la misma calle, camino al cementerio, víctima de un  oficial del ejército, acusado por Galarza de abusar de su autoridad en el Batallón Ayacucho.

Un embolador con su caja de betunes marchaba cabizbajo al lado del ataúd, atrás un poeta con los ojos enrojecidos lloraba por la partida de su amigo. Su hija, su compañera, su padre despedían una vida esplendorosa, apenas empezando a cosechar lo tan duramente sembrado. El dolor común envolvía lo más  granado de la sociedad manizaleña  con los vendedores de dulces, con los obreros, los estudiantes ... allí estaba representada toda la comunidad, con excepción de aquellos que no supieron reconocer un contendor valeroso, que hizo suya esta tierra y defendió los intereses de Caldas y Manizales armado solamente de una inteligencia portentosa.

 SEMBRADORES DE LÁGRIMAS.

 Las calles de la  ciudad que algunos llaman la capital del afecto están sembradas de muertos. En junio de 1935 el gamonal quindiano Carlos Barrera Uribe, quien hizo de la política una profesión de lucro y del erario un botín para sus  áulicos,  asesinó, muy cerca de la Catedral, a Clímaco Villegas, contralor de Caldas. Este joven abogado, al igual que Orlando,  tuvo la osadía de enfrentarse a los dueños del poder, en una época tan  oscura  como la que se vive en la actualidad.

 La trayectoria de combatiente gallardo y comprometido con la verdad situó a Orlando Sierra como el periodista de opinión más destacado en la región en todos los tiempos. Orlando denunció pero no atropelló; jamás incitó a la violencia como aquellos que en épocas aciagas con su  “Acción Intrépida” aceleraron nuestra destrucción; no se amedrentó o contemporizó con los antisociales como ocurrió en 1949, cuando el periodismo  de oposición se dejó amordazar y la prensa gobiernista permaneció  muda, mientras bandas asesinas, arropadas con las banderas del partido gobernante,  masacraron al corregimiento de Arauca y anegaron de llanto los campos del Viejo Caldas

 El sicario regó con la sangre de Orlando la calle que por muchos años recorrió el poeta inventando quizás un verso, o  dando forma a sus ideas mientras la ciudad se escurría a su paso. Los alumnos de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales cubrieron la entrada a LA PATRIA con flores. Donde retumbó el plomo homicida resonaron las voces juveniles para recordar a los bárbaros que las ideas no se matan y que las semillas que sembró Orlando Sierra están reventando en medio de la muchachada que leyó sus columnas, que saboreó sus versos y asistió a sus clases.

 
Los ciudadanos que perdieron la vida el 7 de febrero de 1948 en la plaza  Bolívar sólo por reclamar el derecho a la existencia siguen clamando justicia, al igual que Bernardo Jaramillo Ossa, la parlamentaria Lucelly García Tobón, el  médico Jesús Antonio Botero y miles y miles de colombianos asesinados impunemente  en una racha de sangre que parece no tener fin. El asesino de Eudoro Galarza salió libre ‘porque había actuado en defensa de su honor’. El homicida de Clímaco Villegas eludió el peso de la  ley escudado por los políticos de turno, los chanchulleros y los deshonestos. En un país donde los pájaros le tiran a las escopetas  no sería difícil que el asesinato de Orlando quedara sin castigo y las investigaciones se perdieran en  mares de papel.

Los autores intelectuales del crimen no contaron con las legiones de amigos de Orlando y con el compromiso de esta sociedad, que ahora o nunca debe levantar la cabeza y mostrar que aún no la han emasculado. No es suficiente decir basta, hay que obligar a los violentos  y a los  corruptos a respetar nuestras vidas e impedir que sigan destruyendo el futuro de nuestros hijos.

 
Han trascurrido  trece años y las voces que claman por justicia y castigo no se han silenciado: Cayó el autor material y fuerzas oscuras  eliminaron a sus cómplices. Pero los determinadores siguen libres, y por lo que se ve y se siente será solamente la Justicia de Dios la que  castigue a esos asesinos.

 

 

 

 

 

 

 

 



 
 
 

 

lunes, 16 de febrero de 2015

SAN FRANCISCO SOLANO


EL NAUFRAGIO EN LA ISLA DE GORGONA

Alfredo Cardona Tobón*
 
 

A San Francisco Solano  se le conoce como  el “Taumaturgo del Nuevo Mundo” por la cantidad de milagros y prodigios que se le atribuyen en tierra americana. Este español nacido el 10 de  marzo de 1549  en Montilla, Córdoba, fue uno de los grandes doctrineros, es el patrono de la música y como San Francisco de Asís fue un devoto amigo y protector de los animales.

En 1589 el rey Felipe II solicitó el envío de misioneros franciscanos a las tierras recién descubiertas de América y Francisco Solano, que ocupaba el  puesto de Maestro de Novicios en Arruzafa, España, se embarcó en febrero de  1589 en San Lucar de Barrameda con una gran expedición de 36 embarcaciones, 300 infantes y 70 misioneros.

Francisco Solano tocó tierra allende  el Atlántico en la  isla Dominica  y  llegó a Cartagena el  siete de mayo de 1589. Luego viajó a  Portobelo, atravesó las mortíferas tierras del istmo  y en las aguas del océano Pacífico tomó  rumbo hacia el Callao en el virreinato del Perú, con la intención de continuar el recorrido hacia el Rio de la Plata.

EL NAUFRAGIO

Cerca de la isla de Gorgona se levantó una violenta tempestad en horas de la noche del mes de septiembre de 1589; la embarcación zarandeada por las olas encalló en unos bajíos y se abrió por varias partes. Algunos lograron ponerse a salvo en un bote que los llevó a la costa de Gorgona, pero Francisco Solano prefirió quedarse en el navío averiado con varios tripulantes y  ochenta negros bozales cautivos en la sentina  del barco.

Francisco Solano llevó consuelo y fortaleza a sus compañeros de tragedia y bautizó a los infelices  africanos que sin saber cuándo ni cómo entraron al mundo de los cristianos  y vieron abiertas las puertas del  cielo.

El viento huracanado continuó azotando al navío encallado y un golpe de agua lo abrió en dos partes por el palo mayor; una de las mitades se hundió  y la otra, donde estaba el misionero, continuó flotando en medio de las olas enfurecidas. Pasaron tres días de indecible angustia y  como lo había predicho  el sacerdote, al fin regresó el bote salvavidas y llevó a los sobrevivientes a la  costa de la  Gorgona.

El 24 de diciembre sorprendió a los náufragos  en la pequeña isla de Gorgona. Se sostuvieron con cangrejos, culebras y los peces que milagrosamente llegaban a unas redes improvisadas por Francisco Solano .También se alimentaban con unas pocas frutas que los marinos consideraban venenosas, pero que al ser bendecidas por el fraile franciscano, se convertían en deliciosos manjares.

Pasaron unos tres meses y  un galeón llegó a la Gorgona a aprovisionarse de agua, el barco los recogió y  llevó a los exhaustos náufragos hasta el puerto del Callao en la costa peruana.

CON UN RAVEL Y UN CRUCIFIJO

Francisco Solano atravesó los Andes y  por Potosí se desplazó hacia el Río de la Plata. Con un instrumento llamado ravel,  semejante a un violín  con una sola acuerda templada,  y la compañía de un crucifijo, Francisco Solano  extendió su ministerio por Santa Fe, Córdoba,  Santiago del Estero y Tucumán.

Son innumerables los prodigios atribuidos a Solano; se dice que en Talavera  hizo brotar agua de unas peñas,  se habla de la resurrección de un niño indígena en un sitio de La Rioja y que en cierta ocasión cruzó el caudaloso Rio Hondo flotando sobre su manto.

Tenía una habilidad especial para imponer la paz; bastaba que llegara adonde había pelea para que finalizara la trifulca, lo cual  se vio el jueves  Santo de 1593. Dice la leyenda que ese día numerosos diaguitas  invadieron el poblado de La Rioja con la intención da arrasarlo; entonces el fraile franciscano les salió al encuentro con su ravel y en una lengua que todos entendieron, así hablaran distintos dialectos, los convenció de irse en paz y conmemorar piadosamente ese día tan especial en los fastos cristianos.

San Francisco Solano aprendió las lenguas indígenas con pasmosa facilidad y en su dialecto y al son de la música del ravel los ilustraba en la fe cristiana, conquistando de paso sus corazones. Al igual que con los hombres, el piadoso sacerdote se comunicaba con los animales.   Se cuenta que en el poblado de San Miguel en Tucumán, un fiero toro se escapó de un corral y embistió a cuanta persona se cruzaba en su camino; el misionero se acercó al bravo animal y le  habló en voz baja. El toro bajó la testuz, el sacerdote pasó por su cuello el cordón del hábito y como una mansa oveja lo llevó nuevamente al corral.

Un día un notable n encomendero invitó  a su casa  al santo fraile franciscano, en el momento de partir el pan vio que manaban gotas de sangre;  Francisco Solano se levantó inmediatamente diciendo que  no ocupaba la mesa de un hombre que había amasado su riqueza a costa de la sangre de los humildes.

El  Papa Benedicto XIII  canonizó a  San Francisco Solano en el año 172I  y las ciudades de Panamá y de Cartagena lo tienen como el santo Patrono.  En  Calarcá, Quindío,  Fray Samuel Botero Restrepo, tres de febrero de 1950 fundó  un colegio  en memoria del taumaturgo.

Este notable hombre de Dios murió el 14 de julio de 1610 en Lima y su cuerpo reposa en la catedral de la ciudad al lado de San Toribio de Magrovejo. El entierro del santo fue apoteósico, asistió desde el virrey hasta el indio más humilde.

Todo en la vida de Francisco Solano fue un rosario de hechos extraordinarios: en el  momento de dejar el mundo su humilde cuarto se iluminó y   un extraño toque de campanas rompió el silencio del convento de Loreto en Sevilla, donde  el Taumaturgo del Nuevo Mundo estudió y recibió la sagrada orden sacerdotal.
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