martes, 9 de junio de 2015

OTROS NOMBRES PARA VIEJOS MALES


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

Los médicos manejan un lenguaje que solamente ellos entienden;  de igual manera el grueso vulgo  utiliza  su propia terminología para designar las dolencias, que a veces da una idea clara de los males, pero en la mayoría de los casos es tan nebulosa como la de los encumbrados galenos.

Es “una gûevonada rara” se indica cuando se desconoce la causa de la enfermedad y al  hablar de  “una angustia en la boca del estómago” es  porque se siente una plancha caliente dentro del vientre. Amanecer  con “el cuerpo pesado” es levantarse con un bulto encima y ”estar como ido” es sentirse  fuera del ring como si se estuviera dentro de un cuerpo ajeno.

Nadie ha podido establecer a ciencia cierta la naturaleza del “sereno”; parece ser un fluido inmaterial que aparece en las madrugadas y al penetrar por boca y nariz  trae la gripe y varios problemas respiratorios, es algo misterioso como las calenturas y los enfriamientos que aparecen y desaparecen como por arte de magia.

 Cuando todo está saliendo mal y las personas parece que ladran en vez de hablar con decencia  es porque se tiene la “malparidez alborotada”  que se ensaña a menudo con las mujeres. A veces nos agarra  “la jartera”,  un estado de ánimo que abruma al pobre paciente que se aburre hasta besando a la novia,  resultado de la “peladez”,  un jefe intenso o del  “tuntún” que está acabando con el paciente.

REGISTROS MORTUORIOS Y VOCABLOS FATIGADOS

Los libros de defunciones de nuestras parroquias son un venero de datos interesantes; pues las muertes muestran el florecimiento y el ocaso de las comunidades y retratan de cuerpo entero sus tragedias y los males que las aquejaban. Vemos, por ejemplo, que Guàtica y Arenales casi desaparecen a fines del siglo XIX a causa de la viruela;  que Papayal se esfumó  después del paso por su territorio de una columna militar apestada; los estragos del tifo en Manizales cuando sus vecinos no se bañaban, el “envenamiento de la sangre” por las niguas en Salamina y señalan los que se fueron  derechito al infierno al no morirse confesados, pues bien claro decía el cura que se iban sin recibir los sacramentos.

 Al repasar las páginas luctuosas es evidente la altísima tasa de mortalidad de los niños por  “golpes de tos” o tosferina, por raquitismo y por “ataque de lombrices” y muchas madres viajaban prematuramente al cielo por los “descensos”, las fiebres puerperales y las manos sucias de las comadronas.

Es bien sabido que el plomo en tuberías y en los recipientes acortaron la vida de los romanos. En nuestros tiempos de arriería y alpargates fue el óxido de cobre de las chocolateras y las pailas paneleras las que  afectaron los riñones de los tatarabuelos y fue el humo tóxico de las cocinas de leña las que arruinaron los pulmones de las recias tatarabuelas.

 Como la gente iba descalza en su gran  mayoría, los bichos de la anemia tropical entraban por los sabañones que  formaba entre los dedos y como el agua no se trataba rumbaban las infecciones intestinales que mermaban la población infantil. La falta de instalaciones sanitarias hacía proliferar las tenias o “solitarias” y la ausencia de baño  incrementaba la aparición del carranchil, los piojos y los manetas.

Como “nervios” se calificaron algunos estados anímicos en los viejos tiempos; a los locos de remate se les “corría la teja” y  los infartos fulminantes se clasificaban como “muertes de repente”. Pese a todo, la mayoría de los  yeyos” y ”carajadas” que agobiaron a los ancestros se curaban solos; en los casos de enfermedades venéreas era peor el remedio que la enfermedad, pues los tratamientos eran sumamente dolorosos, al igual que la extracción de una muela.

En lejanos años “entelerido” era uno de los mayores insultos, peor que una mentada de madre o una patada en el  bajo vientre: La palabreja incluía la condición de enteco, flaco y esmirriado y la connotación de un  muerto de hambre sin alientos para nada.

En esos tiempos de bárbaras naciones a las damas les llegaban las “novedades” y a las doncellas en vez de mareos les daban soponcios;  a la ictericia se le llamaba “buenamoza” y nadie dejaba de trabajar por los “totazos”, al ”coger un aire” o  abrírsele la muñeca”. Por  falta de yodo proliferaban los cotudos en el norte y el occidente del Viejo Caldas y  el número de leprosos fue tan alto en la región que hubo que acondicionar un leprocomio en una vereda de Pácora.

LOS EFECTOS DE LA MAGIA NEGRA

En un mundo de desaseo pululaban los llamados rezanderos que con sus “fórmulas mágicas” curaban el ganado, espantaban la langosta, enamoraban y  obligaban a regresar a los seres ingratos. Los rezanderos curaban los “pujos” de los recién nacidos, “los empachos  y el  “mal de ojo”, extrañas afecciones que no tienen equivalente en los textos modernos. Han pasado muchos años y corrido mucha tecnología, sin embargo en nuestros campos siguen los pujos, los empachos y el mal de ojo y en periódicos y emisoras reputadas como serias, los rezanderos siguen ofreciendo sus servicios.

Muchos términos han pasado a la historia y los recursos modernos han doblegado numerosos males, pero han surgido otros que los abuelos ni se imaginaron: el estrés, el síndrome del  túnel carpiano. la bulimia,  la anorexia y el sinfín de “ñañas” y alergias que vienen empacadas con los recién nacidos.