sábado, 4 de julio de 2015

CARTA A PABLO TOBÓN VARGAS



"Carta a un habitante del otro mundo
Por EDITH DE CARDONA T.
Enero 6 de 1985- La Patria- Manizales


 

Tus ojos se cerraron para siempre el 27 de noviembre de 1984; y aunque estuviste presente, querido Pablo, no pudiste saber lo que ocurría a tu alrededor porque estabas muy ocupado encontrando argumentos para  que te remitieran al cielo.
Había mucha gente en la iglesia. Muchos amigos y muchos curiosos. Unos fueron porque si, porque no tenían otro programa; y algunos porque de verdad sentían tu partida.
Alii estaban tus viejos camaradas. Los que se reunían contigo en aquel café a jugar cartas o dominó. Vi lágrimas en sus envejecidos ojos. Estaban también los galleros sobrevivientes. Los que todavía guardan las pitas y las espuelas junto al recuerdo del saraviado o del gallo canelo.
El peso de los años impidió que algunos retomaran el largo camino al cementerio. Acompañaron con la mirada hasta que, a lo lejos, el cortejo se perdió.
Otros de tus viejos amigos, con andar cansado, recorrieron ese camino tantas veces trajinado. Y vivieron de nuevo los recuerdos. Te veían, con clara nitidez, igual que en los tiempos mozos, cuando todos los domingos, en loca carrera, desbocabas tu caballo, y lo hacías rastrillar en los guijarros, desafiando a la caterva violenta que oprimía a tu pueblo.
También te acompañaron los curiosos, los indiferentes y unos pocos, poquísimos, de tu misma sangre para quienes significaste algo en su vida._
Estuvo Hugo con su esposa e hijos. Ese sobrino que te brindo una vejez tranquila y apacible. El que respetó tu voluntad de morir donde te diera la gana, en la aldea que no fue tu cuna, pero que tu quisiste que fuera tu sepulcro. Allí, junto a ti, estuvo ese sobrino que fue como un verdadero y noble hijo tuyo. Porque por desgracia, los que tu engendraste, no tuvieron la gracia divina de la misericordia y el perdón para un viejito solitario. Ellos no quisieron saber de tu partida.
Otro de tus sobrinos también estuvo a tu lado. Ese que te respetaba y amaba desde niño. Vi sus lágrimas furtivas que se escapaban mientras sellaban el nicho.
Ya no podría volver a acompañarte en la banca del parque, ni volverá a preguntar por la fundación de la aldea del Rosario, ni por tus pasos con los colonizadores del Jardín o de Envigado.
Pero había mas parientes: uno que se emborrachó a tu salud", y otros sin dolor disponible porque ya lo habían gastado con sus hijos.
Una vez dijiste que cuando abandonaras esta vida, lo harías sin importunar a nadie, que no invitaran a dolientes o conocidos. Tus sabias, con la sabiduría de los viejos, que a los entierros la gente va como a los estadios o a las corridas de toros. Só1o les falta llevar el fiambre o la bota de manzanilla.
Por eso Hugo, cumpliendo tu voluntad, a muy pocos  les dio la triste noticia.
Los curiosos, esos que fueron porque si, hablaban a tu lado de mil cosas: del costo de la vida, del mal tiempo, del vestido de la amiga. Y mas atrás alguien preguntó: "Tu conociste al muerto?" Siquiera no los oíste!!!
Llegamos al cementerio. Un borrachito no pasó de la puerta del camposanto; algunos  regresaron al pueblo, habían cumplido con el deber cívico  de acompañar al muerto.  Cruz Helena, la Samaritana de tus últimos pasos, rezaba recogida una oraci6n por el eterno descanso de tu alma, Pablo Tobón Vargas, de los Tobones de Sabaneta y de los Vargas de Rionegro: gallero, tomatrago, liberal, colonizador y buscapleitos.
Al fin quedamos solamente unos pocos al frente de tu última morada, muy cerca del abuelo Germán y de la abuela Clotilde. Estábamos   los que sentimos tu partida y la soledad de tu ausencia.
El sacerdote rezó las últimas oraciones y alguien intentó hablar de tu paso por este mundo. Nada habías hecho en realidad, ni siquiera tuviste la valentía de sacar adelante una familia.

 Al fondo nos arropaba el cerro Gobia y al pegar los últimos ladrillos de la bóveda, Quinchía sintió que se  quedaba sin  el viejito tuerto que en tiempos de la violencia salía los domingos de los cañaduzales de  Opiramá  a tomar aguardiente y a  desafiar a la policía Chulavita y el  fatídico 28 de marzo cayó herido al hacer frente a los pájaros que atacaron al pueblo.

Al fin dejamos a Pablo y a las cenizas de los viejos y nos  separamos para siempre: tu continuaste  el camino  hacia la eternidad y nosotros continuamos  otro rato en el carnaval de este mundo.




 

domingo, 28 de junio de 2015

EL CONGRESO SOBRE COLONIZACION ANTIOQUEÑA


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

La Academia Antioqueña de Historia tiene su sede en una amplia casona situada en el centro de Medellín; es un sitio lleno de recuerdos de la vieja ciudad,  con placas recordatorias, cuadros de próceres, un amplio auditorio, valiosa biblioteca y oficinas con elementos modernos.

 La Academia Antioqueña recibe cumplidamente  un auxilio monetario, lo que no ocurre en Caldas ni el  Quindío donde los académicos se  reúnen en sitios prestados y tienen que hacer milagros para que la institución continúe funcionando; la situación en Risaralda no es tan crítica, pues la  Academia Pereirana de Historia cuenta con instalaciones cedidas en comodato, pero no recibe auxilio alguno y tiene que atender los archivos notariales que por ley son responsabilidad del Estado  y debe sobrevivir con exiguos contratos  con el Instituto de Cultura y Turismo que tiene dinero para  festivales del despecho, pero no le alcanza para darle apoyo a entidades que afirman la identidad del Departamento..

VARIAS  VOCES

El 12 de junio pasado acudieron a Medellín los   delegados de  las Academias de Historia de Antioquia, Risaralda, Caldas, Quindío, Valle del Cauca, Tolima, Huila  y miembros de varios centros de historia para hablar de la Colonización  Antioqueña.

Aunque no estaban en la lista de participantes, los  indígenas de los Resguardos de Riosucio, Caldas, se hicieron presentes con un documento donde demandaban,  en aras de la verdad y de la historia, la presentación de las facetas de la colonización paisa que arrinconó a los nativos y los despojó de su tierra y de su cultura.

En  la mayor parte de las exposiciones  los conferencistas volvieron sobre la leyenda rosa de la colonización, cerraron los  ojos ante el colosal crimen ecológico de sus ancestros, olvidaron  la explotación inmisericorde de los más pobres, no analizaron la entronización de las castas de Salamina y Manizales ni se refirieron el  desplazamiento de los negros y de los indígenas .

El comunicado de los Resguardos de Riosucio sirvió de  introducción a la ponencia de la Academia Pereirana de Historia sobre  “La ocupación antioqueña de los Resguardos indígenas” donde el autor de este artículo mostró las tretas, mañas y violencia de los antioqueños  para apoderarse de las  tierras a los nativos de los Resguardos de Tachiguí, Arrayanal, Tabuyo, Guática, Supía, San Juan de Marmato, San Lorenzo, El Chamí  y Pindaná de los Cerrillos y  arrebatar las minas y salados a  los resguardos de  Pirsa Escopetera, La Montaña, Quiebralomo y Quinchía.

LA PONENCIA DEL QUINDIO

Con base en su tesis de Maestría,  la historiadora Natalia Botero Jaramillo de la Academia del Quindío,  se refirió al papel de los vagos y las prostitutas en la ocupación de la región. Fue un valioso abrebocas sobre el tema, que aún no se ha estudiado a fondo;  baste decir que Manizales  en sus primeros años   fue el  destino de los vagos y prostitutas extrañados de los municipios de Antioquia, y conviene recordar  el reclutamiento en Medellín  de presos, vagos y hetairas con destino a las fundaciones del suroeste de Antioquia

Habría que agregar que   parte de ese lumpen del suroeste continuó su marcha  Cauca arriba y  se internó en las lomas del Tatamá donde se mezcló con los nativos y los caucanos y que aldeas como Arenales (hoy Belén de Umbría) fueron zonas de frontera  dominadas por bandidos  oriundos de  Antioquia.

LA COLONIZACIÓN CALDENSE

Un día de conferencias fue insuficiente;  hubo espacio para recordar  a Parson, pero no alcanzó para hablar de los empresarios que acapararon los baldíos de  Pereira, las lomas de Belalcázar y del Valle de Risaralda, como tampoco hubo un minuto para honrar la memoria del doctor Otto Morales Benítez recientemente fallecido

Hubiera sido conveniente  abrir el abanico de visiones como lo solicitaron los indígenas de Riosucio para agregarlas a la imagen presentada por  Parson y  Otto Morales, del labriego que con un machete, una escopeta, un perro, una mujer encinta y un bebé en los brazos se adentró en la montaña donde hizo frente a tigres, culebras y notarías para quitarle un pedazo  a la selva.

Quedó para otra ocasión la separación de caldenses y antioqueños, metidos en el mismo saco. Es justo repartir el mérito, ya que los caldenses, hijos de los antioqueños, poblaron la mayor parte del norte del Tolima, el norte del Valle, la cordillera occidental desde Balboa hasta Restrepo y Darién y ocuparon la cordillera central desde el Quindío hasta Ceilán y Fenicia.

LO QUE NO SE DIJO

Desde las primeras décadas del siglo XX la presión de la  gente sin tierra empezó a  fragmentar las propiedades de los empresarios que monopolizaron los baldíos. Inicialmente surgieron líderes que dirigieron las invasiones; luego  la Asociación de Usuarios Campesinos- ANUC-  canalizó la lucha agraria; y en el gobierno de Lleras Camargo, al Instituto Colombiano de Reforma Agraria- INCORA- no le quedó otro camino que legalizar las invasiones a numerosos predios descuidados o abandonados. Fue una colonización de tierras buenas pero improductivas que dio origen a numerosas comunidades campesinas.

Los delegados del Valle del Cauca volvieron sobre las raíces españolas cuando hubieran podido  referirse al encuentro de paisas y caucanos y al choque de sus culturas;  los del Tolima  pasaron por alto  la visión del librepensador Isidro Parra y los fundadores de El  Líbano y  los del Huila olvidaron las oleadas de labriegos paisas que a mediados del siglo pasado  abandonaron su terruño para salvar la vida y se internaron en los montes sureños.

El Congreso sobre la Colonización antioqueña dejó  más preguntas que conclusiones; ojalá pudiéramos convocar nuevamente a los estudiosos para  escuchar a los negros, a los indígenas y a los campesinos rasos, ver cómo la mano de clérigos y políticos se extendió a los resguardos; evaluar  el papel del hacha y de las quemas;  el exterminio de los animales de monte y la extinción de las maderas valiosas en nuestros bosques.

 Un análisis serio  de la gesta paisa nos mostraría  realidades que  ayudarían, en prospectiva,  a buscar el camino para ser  más tolerantes, justos y solidarios..
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