lunes, 10 de agosto de 2015

JOSÉ VICENTE ESTRADA Y SUS MEMORIAS DE GALICIA


                                      Alfredo Cardona , José Vicente Estrada y Walter Benavidez

En los vuelos sobre Pereira se ve una larguísima franja que correspondió en décadas pasadas al ferrocarril de Caldas. Ya no hay rieles y tampoco pasa el tren; ahora es una calle estrecha con viviendas a lado y lado de la antigua ferrovia, poblada por miles de habitantes que, infortunadamente, son invisibles para una gran parte de la sociedad pereirana..

Para tener  una visión más clara de Galicia, empecé el recorrido desde el punto donde estaban los corrales de la hacienda Esperanza  en compañía de Marco Aurelio Ramírez, juez de Paz del corregimiento  de Cerritos y de José Vicente Estrada; el primero un líder popular  que se las  conoce todas y el otro un noble anciano que figura entre los primeros ocupantes de la zona.

Los caseríos establecidos a lo largo de la vía ferroviaria  constituyen la zona de  Galicia, que a su vez se divide en Esperanza Galicia, La Colonia y Estación Villegas; es una comunidad de gente pobre en  la parte más antigua y de gente aún más pobre en la parte recién colonizada; los lideres comunales afirman que  los habitantes de Galicia pasan de  veinte mil, pero  las estadísticas oficiales bajan la cifra a la cuarta parte.

A primera vista se palpan las enormes necesidades de Galicia y su infinita diferencia  con los condominios, las casas de campo, los hoteles y los  estaderos de Cerritos cuyo lujo y ostentación son una afrenta ante la falta de vías, de techo digno, de alcantarillado, de  trabajo y de futuro  de  los vecinos de Galicia .

LOS PASOS DE JOSÉ VICENTE

Para seguir la pista a José Vicente Estrada cuya vida está entreverada con el pasado de  Esperanza Galicia,  debemos remontarnos al año de 1935,  cuando lo trajeron en brazos desde una vereda de Fredonia. En ese tiempo de la República Liberal dirigida por Alfonso López Pumarejo había trabajo para todo el mundo; así que su mamá y los abuelos consiguieron coloca por los lados de Morelia  en la finca La Cristalina de don Roberto Escobar. Era una propiedad enorme: con un salado y siente mayordomos donde circulaban vales en lugar de billetes y con ellos se compraban alimentos  y mercancías en el economato de la finca.

Sin haber pisado el umbral de una escuela, el mundo fue la universidad de José Vicente y los barbechos fueron las aulas;  empezó de garitero en La Cristalina, luego fue cotero de caña en la  finca La Albania, más tarde cogedor de café, se graduó de arriero en las fincas de San Joaquín y se aposentó al fin por los lados de la finca La Esperanza de don Ernesto Latorre  en un pedacito de tierra  aledaño a la via del ferrocarril.

José Vicente vive en una casa amplia que luciría en cualquiera de los barrios de estrato cuatro de Pereira; atrás está el potrero de una hacienda y adelante la calle estrecha que en tiempos idos fue una arteria vital en la economía del Viejo Caldas  y ahora envuelve  todo el carrete de su vida.

Es grato hablar con José Vicente y ver como desbarata mitos mientras camina por el corredor de su casa lleno de flores y de cantos de pájaros.   Cuando vine a vivir por estos lados, por allá en los años cincuenta, esto estaba muy despoblado- dice José Vicente-  Había llegado Pedro Ramírez de Pácora a trabajar en una  finca y como no tenía donde vivir armó un rancho en la franja del tren y al lado sembró unos palos de café y unas matas de plátano. Yo creo que fue el primer colono o uno de los primeros  junto con Jesús  Garzón, un tolimense que decía a todo el mundo que la tierra era del que la trabajaba y Vicente y Mercedes Ramírez, que construyeron la primera vivienda de material en Esperanza Galicia.

En esos tiempos- agregó José Vicente-  la zona estaba llena de fincas grandes y productivas;  Pereira era un emporio de café, de caña, de plátano y ganado; recuerdo “La Lorena” por la Plaza de Ferias, “ Egipto”, La Alsacia”, “Castilla”, “La Esperanza”, “Galicia”, el trapiche de “Dinamarca”,  “San Felipe” de café, caña y ganado, “Gavilanes” de caña y café, “El Rubí”, “El Diamante”, “El Tigre” también de caña, café y ganado, “ La Palmera” y “La Comuna”. Los pobres vivían en el campo y por eso  hacían sus casas en los caminos, en los barrancos de las carreteras y  a  lo largo de las carrileras, cerca de los cosechaderos  o de las haciendas donde jornaleaban.

 Al principio  venía la autoridad y desalojaba a los colonos,  pero más tardaban en irse que la gente en regresar y volver a armar su vivienda. En 1959 dejó de funcionar el tren, la fuerza pública no volvió a molestar y entonces más personas ocuparon los  sitios baldios, arrendaron las posesiones o compraron las mejoras.

Muy pocos exilados por la violencia llegaron al Callejón de Galicia; uno de ellos fue Jaime Castañeda que  en 1951  vino de Santuario junto con su mamá  y consiguieron trabajo en la Hacienda Gavilanes. Por ese entonces  el caserío de Volcanes tenía cuatro casas y en Estación Villegas había como catorce.

Como casi todas las comunidades pobres de Pereira han tenido un protector que capitaliza sus votos, le preguntamos a José Vicente por el mecenas de Galicia, que supusimos había sido Camilo Mejía Duque por su proximidad con los campesinos.
- Ni Camilo ni ningún otro nos ayudaron mayor cosa- nos contestó -  En los primeros tiempos  tuvimos que defendernos solos.

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domingo, 9 de agosto de 2015

LAS DOS ÚLTIMAS CARTAS DE AMOR DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

La plebe bogotana que siguió a Carbonell y recibió  con arcos de triunfo a los españoles de la reconquista y a las tropas patriotas  despidió en la mañana gris del 8 de mayo de 1830  al Libertador Simón Bolívar a los gritos de: ¡Muera Longaniza!  Fue un baldón que marcó para siempre a una ciudad capaz de grandes sacrificios  y también de las más viles traiciones.

Ese día Bolívar dejó para siempre el altiplano y  tomó rumbo Magdalena abajo. Atrás quedó   Manuelita Sáenz, su “adorable loca”,  haciendo frente a las  hienas   que querían destrozar  la memoria de su amado.

Al llegar a Guaduas el Libertador escribe la  última carta a Manuelita. La enfermedad, la decepción, el cansancio y la tristeza no le darán tiempo para comunicarse con esa mujer admirable que lanza en ristre destrozó los monigotes que hicieron los enemigos para mofarse de Bolívar:

  “¡Mi amor!: Tengo el gusto de decirte que voy muy bien y lleno  de pena por tu aflicción y la mía por nuestra separación. Amor mío: mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos, perdiéndote tú. Soy siempre tu más fiel amante. Bolívar”  (Escritos del Libertador,t.III, Vol.II, p.262).

Esa fue la   última carta con fecha 11 de mayo de 1830 enviada por el Libertador a Manuelita  que esperó  una seña para viajar a  encontrarse con Bolívar  y al fin tuvo que alejarse de una ciudad  hostil y  refugiarse en la costa peruana.

LA CARTA A FANNY DE VILLAR
 

El seis  de diciembre de 1830 una leve mejoría en su estado de  salud permitió al Libertador  incorporarse de su lecho, tomar una sopa de sagú y escribir unas cartas;  en  el horizonte se veía el mar de Santa Marta mientras  el raudo vuelo de las gaviotas se   perdía entre las espumas de las olas

Ya no revoloteaban a su derredor las ninfas que en cada ciudad, estancia y campamento  ofrecían a Simón Bolívar  sus besos y  sus caricias, atrás quedaban esos recuerdos y  a su lado algunos amigos y el médico Próspero Reverand que velaba día y noche tratando de alejar la muerte.

Una suave brisa se coló entre los cocoteros y secó la tinta de la última carta de amor de un hombre atormentado, que echaba marcha atrás en el tiempo para  despedirse de la mujer que siempre ocupó un lugar en el corazón generoso del  Genio de la Gloria:

“Querida prima:

¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?

Ha llegado la última hora; tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños de 1805.

Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz.

Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.
¡Adiós Fanny! Esta carta, llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó las tuyas en las horas del amor, de la esperanza, de la fe.
Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; esta es la letra escrita del decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.
¿No la reconoces, verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con su dedo despiadado la realidad de este supremo instante.
Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.
Muero miserable, proscripto, detestado por los mismos que gozaron mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.

¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda? Estuviste en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos del gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena ví desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; porque tu flotabas en mi alma mostrada por las níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.

Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad. Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío”.

Encorvado y macilento el vencedor de mil batallas se recostó en  un sillón y  cerró los  párpados; como  en aquella despedida en Paris en el año 1806,  volvió a oír  la voz de la bella Fanny de cabello rubio, ojos azules y  con la  burbujeante picardía de la mujer francesa: “ Adiós mi querido amigo, lo amo a usted y creo que no es porque lo he amado que le amo tanto..”

El sueño venció al Libertador… Lejos, Manuelita esperaba noticias con impaciencia y en el lejano París Fanny de Villar apretaba contra sus labios el retrato en miniatura que  muchas años atrás le obsequió Bolívar.
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