sábado, 26 de septiembre de 2015

LA PAZ CON LAS FARC


Alfredo Cardona Tobón

 


Como colombiano  de una generación que no ha conocido la paz y ha sufrido en carne propia los horrores de la guerra, debo referirme en nombre propio y de muchos que no tienen voz,  a los anuncios hechos en la Habana por el presidente  Santos y  el comandante supremo de las Farc.

Para quienes no han pasado en vela oyendo el ladrido los perros y esperando el ataque aleve de los bandidos, para quienes no han visto el borboteo de la sangre que se escapa con la vida de un ser querido o no han aguantado hambre y frio desplazados de su tierra; es muy fácil criticar las conversaciones que traen la esperanza de una vida  sin  barbarie.

Es claro que el Estado es incapaz de vencer a la guerrilla.  Ni siquiera   Estados Unidos con todo su poder pudo doblegar la resistencia de los norvietnamitas.  Los guerrilleros tampoco son capaces de tomar el poder en Colombia. Ellos pueden tomar el control en los campos pero no podrían controlar las ciudades. Así, pues, estamos en tablas, todo lo cual han entendido los negociadores de las dos partes, que en estos últimos tres años intentan buscar una salida honorable.

Como el Estado no ha podido vencer a la guerrilla no puede pretenderse imponer una paz incondicional, es por tanto una negociación entre iguales con  concesiones de una  y otra parte.

Dicen los contradictores del presidente Santos que en el proceso de confesión y  reparación de los crímenes  no pueden  medirse con el mismo rasero los guerrilleros y la fuerza pública. Eso no es así porque tan víctima es  el  colombiano atropellado por los militares como  el colombiano atropellado por los insurgentes.

En uno y otro bando hay criminales, genocidas, secuestradores, violadores y verdugos…. Sobre todos ellos tiene que caer la ley y la justicia.

Nuestro sistema penal ha sido punitivo y vengativo… no ha dado campo al perdón, al arrepentimiento y a la rehabilitación de los delincuentes. Era hora de buscar otras alternativas distintas a la cárcel y dar oportunidad de compensar, en parte, si se puede, los sufrimientos de las víctimas.  Por eso debe darse la bienvenida a la justicia transicional, porque donde no hay perdón y olvido no se tiene la posibilidad de enderezar y recomponer el camino.

Varios presidentes han buscado la paz. Lo hizo Belisario Betancur,  Pastrana y el mismo Uribe Vélez. Por diversas razones no pudieron alcanzar ese don maravilloso, pero ahora, en vez de colaborar, algunos le están poniendo palos a las  ruedas del proceso. Uno de ellos por soberbia y egolatría, los otros por envidia y dolor ante  el éxito ajeno. Ellos están tranquilos en sus carros blindados, en sus apartamentos seguros, con dinero, fastuosidad y poder… no piensan en sus compatriotas  para quienes la vida es un don que arañan día tras día en medio de la inseguridad, las balas, las minas quiebrapatas, la pobreza y el resentimiento propio y ajeno.

Para lograr la paz cualquier sacrificio es pequeño. Colombia no puede seguir desangrándose. Ya lo ha hecho no en sesenta años sino en toda su existencia, manejada por  los caudillos del desastre, por dos partidos anacrónicos, corruptos, podridos, antipatrióticos y de conveniencia y de una Iglesia que ayudó a echar leña al fuego y apenas ahora, por fortuna, se está poniendo al lado de sus feligreses sin tener en cuenta el color y el distintivo que lleven.

Obviamente, la paz no será plena, porque  no solamente las FARC  atizan el conflicto; están los del EPL y ELN, las bandas de crimen organizado, la delincuencia común,  los intolerantes y los abusivos que continuarán sembrando muerte y lágrimas, hasta que el Estado los controle con mano dura, educación, posibilidades de trabajo, equidad y justicia.

Como en otras latitudes tendremos que  pensar en  borrón y cuenta nueva.  Habrá que cerrar los capítulos dolorosos de nuestra historia y no  recordarlos  sino cuando haya que mostrar lo que no se  debió  hacer.

Como dijo el Papa Francisco no podemos volver a fracasar en la búsqueda de la paz. Tampoco podemos escuchar las voces agoreras que solo hablan de desquite sin  presentar otras alternativas.

Que Dios arrope y coja confesadas a las próximas generaciones si ahora no le ponemos un torniquete a la violencia que nos apabulla porque se acabarán los caminos; debemos  buscar  la salida de la paz para  invertir en salud y en educación,  modernizar el Estado, combatir la corrupción y la inseguridad cotidiana en calles, comunas y hogares.  Solo con la paz podremos entregar una patria digna a nuestros hijos y a nuestros nietos.

jueves, 24 de septiembre de 2015

LA HISTORIA DE LA VEREDA LA COLONIA


Alfredo Cardona Tobón
 

Primero fue la selva, luego los nativos quimbayas, después   Valeriano Marulanda arrasó la selva y al empezar el siglo XIX  el plan de la Bella quedó convertido en la hacienda “El Porvenir”,  de Bernardo Santacoloma.

En  900 hectáreas en pasto, rastrojo y monte  Santacoloma estableció  un hato lechero y una casa con un  corral de piso en piedra, era todo un mundo con colas de monte en cañadas donde ocultos por  árboles centenarios  se fueron instalando los invasores con  pequeños cultivos; era una tierra descuidada, raramente visitada por el dueño, sin linderos precisos y frecuentada por abigeos que impunemente descuartizaban las reses.

Mientras Bernardo Santacoloma perdía la batalla en los rastrojeros de su hacienda  “El Porvenir”,  Gilberto Bedoya Casadiego, presidente de la Asociación de Usuarios Campesinos, abría haciendas  en el corregimiento de La Florida y buscaba la reivindicación de los labriegos sin tierra como presidente de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos- ANUC.

Gilberto Bedoya es uno de los grandes líderes rurales  de Pereira; durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo propuso tesis revolucionarias como el seguro de cosecha y el establecimiento de una Reforma Agraria que diera una oportunidad  a los campesinos más pobres y en su paso por el Concejo de la ciudad y por la Asamblea de Risaralda realizó valiosas obras en  el corregimiento de La Florida.

Walter Benavidez, Gilberto Bedoya, Asdrúbal Gonzalez y Alfredo Cardona

En 1968 siendo  La Bella una vereda de  La Florida  llegó a oídos de Bedoya el  clamor de los labriegos sin tierra  de su corregimiento; una mañana de  ese año Gilberto Bedoya con un grupo de campesinos salieron de La Florida y a punta de machete abrieron una senda que los llevó hasta la hacienda “El Porvenir. Fue una acción audaz que Gilberto  recuerda vivamente. Con   su voz que  es un susurro y  no es la fogosa oratoria que encendió los espíritus labriegos, narra la invasión al enorme predio desaprovechado de Santacoloma:

 “La ocupación la hicimos inicialmente doce personas- cuenta Gilberto- entre ellas   Oscar Torres, Enrique Garzón, Juan de Jesús Franco y Elías Chiquito.  Hacíamos trepar  al más  ágil a  un  árbol enorme para que nos avisara con  un toque de cacho si llegaba Santacoloma  o la autoridad, para ponernos a salvo y  evitar el arresto. Trabajamos de sol a sol y a veces hasta por la noche, levantando ranchos, preparando las siembras y plantando semillas.”

“Alguien avisó a Bernardo Santacoloma- continúa contando Gilberto Bedoya- y Santacoloma con el apoyo del alcalde y Octavio Marulanda y del comandante del Batallón San Mateo vino con tropas y policía y nos hizo poner preso junto con otros compañeros..

Afortunadamente n fue  mucho lo que estuve retenido en las instalaciones militares, pues el  presidente Lleras Restrepo envió un Procurador que no encontró méritos para arrestarme al no figurar como cupante de ningún lote ni aspiraba a nada, ya que tenía la hacienda  “La Selva” y otras vastas propiedades en La Florida.”[1]

Bernardo Santacoloma  me ofreció  $200.000  para que se hiciera a un lado y dejara de apoyar a los colonos que invadían su propiedad -agregó Gilberto Bedoya-. .”  Eso era mucha plata  pero mi compromiso era con la comunidad.”

  Tal vez para evitar una confrontación con los colonos  o por los oficios del   presidente Lleras, la intervención de la fuerza pública no  se prolongó por mucho tiempo; aún en medio del temor a ser desalojados, los invasores del  “Porvenir”  tuvieron tiempo de organizarse, delimitar los lotes  y construir sus ranchos.

La ANUC y su presidente Gilberto Bedoya movieron todo tipo de influencias en Bogotá y al fin lograron que el  INCORA comprara la tierra de Bernardo Santacoloma  y  legalizara 68 títulos de propiedad a los campesinos que la estaban trabajando.

LOS RECUERDOS DE  UN COLONO

Una mañana de 1968 Juan de Jesús Franco  llegó a la hacienda “El Porvenir junto con otros once compañeros. El monte bajo cubría gran parte de la enorme propiedad de Bernardo Santacoloma; por doquier se veían  yarumos y arrayanes entreverados en el rastrojo; en las cañadas sobresalían los árboles centenarios sobrevivientes de las talas y las quemas, parecía una tierra de nadie que estaba esperando un doliente que la aprovechara.  

Las noticias de la invasión se regaron por La Florida y las zonas aledañas a La Bella, motivando a otros campesinos sin tierra a asentarse en los predios de la hacienda “El Porvenir”. Una junta de vecinos limitó las propiedades con estacas y en cada lote, de aproximadamente tres cuadras, los colonos levantaron su vivienda con la madera del monte,  tejas de cartón alquitranado por techo y láminas del mismo material  como paredes, para proteger a la familia del frio y de la  lluvia.

A partir de entonces “El  Porvenir” tomó el nombre de “La Colonia”. En esta fundación no hubo animales de monte que llevaran carne a las mesas campesinas, ni se contó con la guadua ni aserríos de madera. Los ocupantes de los terrenos de Santacoloma estaban constreñidos a un pedazo de tierra  sin espacio suficiente para mantener ganado y  morían de sed  con un  hilillo de agua que venía por mangueras de plástico y se agotaba cuando hacía verano.

Fueron meses con enormes necesidades,   hasta que los vecinos de “La Colonia” sacaron al mercado las primeras cosechas de cilantro, de cebolla, de alverjas y habichuelas. Como no había carretera y los caminos eran lodazales, los productos se sacaban al hombro hasta el Plan de La Bella, donde el yip de don Octavio, venciendo barrizales y canalones, recogía los bultos en las madrugadas y los transportaba al  mercado de la  carrera décima.

LA VIDA EN LA COLONIA

En 1975 el bus escalera de un señor de nombre Octavio llegó a la vereda y una luz de esperanza iluminó a sus pobladores en las  épocas secas porque en tiempo de lluvias era imposible vencer los pantaneros.

Por gestiones de la ANUC y de Gerardo Bedoya el INCORA compró las tierras de Santacoloma y legalizó los predios invadidos, fue una labor acuciosa y difícil que tomó varios años de papeleos. Juan de Jesús Franco recuerda esos duros tiempos y el apoyo valioso de  Camilo Mejía Duque,  de Gabriela Zuleta y de Jaime Salazar Robledo que gestionaron auxilios para construir un tanque, instalar tuberías y bombear el agua de un quebrada cercana.

Los políticos y la administración municipal aportaron materiales,  El SENA  prestó asesoría técnica y agrupó a los vecinos en la  Asociación de Agricultores de la Bella  en tanto el doctor Alberto  Mesa Abadía recababa auxilios para la electrificación  de la zona.. En 1978 Daniel Florencio  Ortiz donó el lote para la escuela de La Colonia y en 1980 vino un profesor de Pereira a enseñar las primeras letras. Toda la gente estaba por ayudar- dice Juan de Jesús Franco. Hubo mucha solidaridad, todo el mundo asistía a los convites.  Caminos Vecinales nos suministró la maquinaria y el balasto y nosotros nos encargamos de hacer cunetas y regar el material en las vías.

De los colonos de los primeros tiempos quedamos muy pocos- agrega Juan de Jesús- Me acuerdo de Enrique Garzón del Tolima,  de Oscar Torres, de Omar Londoño que aún vive. Muchos murieron, otros vendieron. .. “La Colonia” ya no es la misma.

 

 

 




[1] Testimonio de Gilberto Bedoya julio de 2015.

lunes, 21 de septiembre de 2015

EL PALENQUE DEL NEGRO PRUDENCIO


Por: JOHN JAIRO VERA OSPINA*
 
                                                    Oleo de Edward Walhouse- 1845  

Desde los tiempos de la Colonia, se conoce como palenque al caserío de negros esclavos fugitivos, llamados “cimarrones”, ya que con ese nombre se denominaban los cerdos domésticos quefugados de sus porquerizas iban adoptando particulares dotes de salvajía”. Dichos esclavos establecían comunidades en parajes selváticos de difícil acceso, dedicándose a la recolección de frutos, cultivos de pan coger, la cacería y la pesca. Entre los estudiosos de los procesos de libertad de la raza negra en la América hispana, hay consenso, tal como lo señala el historiador Jaime Jaramillo, al definir estos palenques como sitios estratégicamente ubicados para la defensa, seguros y con terrenos cultivables. Se llamaban así por estar rodeados de empalizadas, púas envenenadas, fosas y trampas

En nuestro país existieron diferentes palenques, tantos como explotaciones esclavistas hubo en el interior y hacia los litorales del mismo. Algunos gozaron de mayor notoriedad que otros, como lo han consignado “los cronistas al reseñar el levantamiento del palenque de la Ramada, en Santa marta, en 1529, y en lo sucesivo por toda la Nueva Granada, siendo el más notorio el de La Matuna, organizado por el legendario Benkos Biohó, en los montes de la Sierra de la María, al sur de Cartagena, durante el siglo XVII”. Así como los de  Domingo Criollo y Pedro Mina (Bolívar) en 1694, Santa Cruz de Masinga (Valle de Upar), San Basilio (Cartagena), Guayabal (Cundinamarca), Tadó (Chocó), El Castillo (Valle del Patía), Nóvita (Chocó) y San Bartolomé (Mompox) en 1799, entre muchos otros.

El palenque del negro Prudencio adquiere notoriedad en nuestro entorno, debido a que las nacientes empresas agrícolas que ya se ubicaban en la confluencia de los ríos La Vieja y Cauca, demandaban cada vez más mano de obra de esclavos negros, y un hecho de estas características llenaba de temor a los propietarios criollos y españoles, por el mal ejemplo que podría ser imitado en distintas explotaciones, disminuyendo su capacidad de producción y poniendo en riesgo la integridad física de los dueños y familiares de éstos.

Los historiadores Orlando Fals Borda y Víctor Zuluaga Gómez, coinciden en afirmar la existencia de este palenque en cercanías al perímetro urbano de la actual ciudad de Pereira, aunque Fals Borda ubica dicho asentamiento en “Cerritos” y Zuluaga Gómez en lo que hoy conocemos como “Turín”.

Después de vivir algunos años en la región de las sabanas, el negro Prudencio adquiere cierto grado de liderazgo entre su gente, por lo que se aventura a abandonar los predios de sus dueños el 18 de agosto de 1781, acompañado de 27 esclavos (Zuluaga Gómez, 1998), los cuales remontaron el río La Vieja, hasta el sector de Cerritos, en donde el grupo cruzó en línea recta buscando las colinas selváticas del norte, hasta hallar el cauce del río Otún, por cuya ribera prosiguieron su camino “en dirección a su nacimiento, los esclavos llegaron hasta el punto en el cual la quebrada Egoyá desembocaba en el Otún, y ascendieron… Allí construyeron un rancho y alcanzaron a sembrar unas matas de plátano, de acuerdo con el testimonio dado por alguno de los vecinos que intervinieron en la captura posterior de dichos esclavos” (Zuluaga Gómez, 2004). Ambos autores, Fals Borda y Zuluaga Gómez, precisan que los fugitivos buscaron la colaboración de algunas tribus indígenas de la región, como los que residían en Pindaná de los Zerrillos y los del poblado de Vía, ubicado este último en las laderas que cruzaba el camino hacia el nevado del Ruiz, lo cual puede llamar a confusión.

Decir exactamente hasta qué punto llegaron los fugitivos en su ascenso por las orillas de Egoyá, es bastante difícil, debido a la fuerte pendiente que se levanta por más de 300 metros desde el cauce del Otún. Muy seguramente, dada la experiencia de quienes huían, el lugar escogido para levantar sus ranchos fue una pequeña explanada hallada antes de que la quebrada Egoyá comenzara su descenso brusco.

Como era de esperarse, los propietarios de los esclavos fugitivos solicitaron la ayuda de las autoridades de Cartago, quienes organizaron un grupo perseguidor para darles alcance y castigo merecido. “La comisión constaba de quince personas armadas, quienes partieron de Cartago rumbo al poblado de Cerritos, con el fin de obtener información de los indígenas sobre la ruta que habían tomado los fugitivos. La presión de los comisionados sobre el alcalde indígena de Cerritos, Juan de Rojas, logró su objetivo y fue así como este último fue obligado a acompañar a los expedicionarios para dar captura a los esclavos” (Zuluaga Gómez, 1998)

Podemos pensar que el desbroce de monte al ascender por la ribera del río Otún, sirvió de guía al grupo de perseguidores, quienes confrontaron a los “cimarrones” el 7 de septiembre, ante la sorpresa de éstos que ya se daban por libres y la resistencia que pudieron ofrecer fue bien poca, dado que no llevaban armas sino objetos de labranza. No obstante, dado el tamaño de la afrenta y la vileza de algunos de los perseguidores, varios de los esclavos fueron golpeados, como escarmiento para los que les acompañaban, y luego llevados a Cartago.

Debido a que las autoridades españolas consideraban una verdadera afrenta dichas actitudes dentro de las poblaciones indígenas y negras, los castigos siempre eran severos, ante la indisposición de los terratenientes esclavistas, quienes veían disminuida la producción de sus tierras y en riesgo la vida de aquellos que eran de su propiedad.
Entre los esclavos que participaron de aquella osadía estaban Prudencio, propiedad de don Mariano Matute, y quien fue el principal instigador de la misma; Atanasio, esclavo de don Antonio Mazuera;Simón, al servicio de don Jacinto Useche, así como la negra Manuela, Andrés y Juan Manuel, siendo la mayoría de ellos condenados a la pena de ser azotados públicamente y remitidos a trabajos forzados y en horarios extenuantes, a factorías de la ciudad de Cartagena, lejos de sus núcleos familiares y sin ninguna contraprestación salarial.

 
BIBLIOGRAFIA

·        DE LOS RIOS TOBON, Ricardo (1981). ORIGENES Y COLONIZACION HASTA 1850. Biblioteca de escritores caldenses. Manizales. 466 p.

·        JARAMILLO URIBE, Jaime, citado en http://html.rincondelvago.com/historia-de-colombia_1.html

·        ZULUAGA GOMEZ, Víctor (1994). CRONICAS DE LA ANTIGUA PEREIRA. Gráficas Buda, Pereira. Págs. 11-19.

·        ZULUAGA GOMEZ, Víctor (2004). LA NUEVA HISTORIA DE PEREIRA. FUNDACION. Universidad Tecnológica de Pereira-Empresa Telefónica de Pereira. Pereira. Págs. 33-36

·        ACUARELA DE NEGRO EN: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revistas/credencial/julio2010/esclavos.htm

*Academia Pereirana de Historia