jueves, 3 de diciembre de 2015

DEL OBISPO DE BANGASSOU


Monseñor Aguirre: "¡Gracias Papa Francisco por haber venido!"


 


http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/11/30/monsenor-aguire-gracias-papa-francisco-por-haber-venido-iglesia-religion-dios-jesus-papa.shtml


 

(Juan J. Aguirre, obispo de Bangassou).- ¡Gracias Papa Francisco por haber venido! Al principio no nos lo creíamos: ¿Cómo todo un Papa viene a pisar la tierra roja de este país ensangrentado por la sangre también roja de tanta pobre gente?
Sin embargo, querido Papa Francisco, te saltaste a la torera las recomendaciones de los más cautelosos, no quisiste chaleco antibalas, te subiste en el Papa móvil sin blindar, para que todos te vieran mejor y te pusiste a hablarnos de paz y reconciliación.


Que con la paz todo se gana, mientras que con la guerra todo se pierde. Cosas sencillas pero que necesitábamos mucho volver a oírlas. Que la violencia no conduce nunca a la paz sino que genera más violencia hasta crear un remolino de violencia que engulle inocentes y pecadores.

Recién llegado, arropado por una multitud entregada y 2.800 scouts que ponían orden, pasaste por el mismo lugar en la avenida Combatant en el que, hace poco menos de un mes, 4 representantes de un grupo radical que venían a Bangui a negociar fueron linchados con palos y machetes.

Tocaste a los niños desplazados, que han perdido casa, familia, escuela, niños noqueados por la violencia, niños heridos por las balas, niños de casas quemadas que miran el horizonte sin ver ya nada más porque les habían robado su inocencia, de tantas maldades de las que han sido testigos.

Hijos del miedo, hijos del hambre, niños musulmanes y no musulmanes en dos campos de desplazados distintos, sin hacer diferencias, niños de mirada perdida a quienes les han saqueado el alma en Bangui. Te paseaste entre ellos, con los zapatones negros que trajiste desde Argentina... Gracias porque te pusiste en su lugar y denunciaste sin paliativos que muchos de aquellos niños y jóvenes habían sido utilizados por criminales como carne de cañón y esclavas sexuales.


¡Entraste el mezquita de Koudoukou sin miedo a las balas! El Imán Layama Kobina no estaba allí porque se la tienen jurada incluso muchos de los suyos, pero la habían pintado y aderezado sólo para ti Papa Francisco, porque decían que era un gran honor que pisaras sus esteras con tus pies desnudos y les hablaras de paz. 5 minutos quisiste rezar donde suele predicar el Imán, sin decir nada, en silencioso recogimiento.

Sólo después les saludaste con una gran sonrisa. No sé si los violentos te escucharán, pero sé que aquellos que te escucharon quedaron sobrecogidos. Lo mismo cuando hablaste en la escuela de Teología protestante. Lo mismo cuando, rompiendo el protocolo (horror para tu gendarmería, la Minusca y para todo tu séquito) y te acercaste a la escuela musulmana para escuchar los lamentos de mujeres que lloran con lágrimas de dolor, del mismo color por cierto que las lágrimas de las madres no musulmanas que viste el día anterior.

Un Papa en Bangui sin chaleco antibalas cuando dos días antes los kalasnikof no dejaron de tronar durante toda la tarde, allí mismito, a dos tiros de piedra de la Nunciatura, por la avenida Boganda abajo, en el P.K. 5 en donde hasta por respirar te juegas la vida.

Tuviste un recuerdo (te lo habíamos dicho los Obispos cuando comimos contigo el domingo en la Nunciatura) para los combonianos de la parroquia de Fátima, que no pudieron verte por no abandonar los 500 desplazados sentenciados a muerte si salían de la verja de la misión. ¡Dijiste que te hubiera gustado ir a Fátima, insuflar ánimos allí! No pudo ser, por motivos de seguridad.

Gracias por recordarme durante la comida solo con los Obispos (yo estaba sentado enfrente de su Santidad, comiendo pescadito del río Oubangui con habichuelillas verdes), que San Ambrosio decía que el nombre de Dios es misericordia y que donde hay misericordia, allí está Dios.


Estuviste "sembrao" Papa Francisco cuando sugeriste entre líneas que los que mueven los hilos para que nada funcione en Centroáfrica, curiosamente, no viven en Centroáfrica, y que nadie tiene que huir de Centroáfrica por ello, porque tuviste valor de decirlo todo sin pelos en la lengua, hablaste con arrojo a los jóvenes de Centroáfrica, confesaste a algunos y te paseaste en medio de los pobres como cuando te llamaban Padre Jorge por los arrabales de Buenos Aires.

Gracias porque nos has dado valor y esperanza, porque no te callaste, porque miraste a la cara a los pobres, porque abriste la Puerta Santa de la Misericordia enseñándonos un carril prioritario, diferente del del resto de la Iglesia, para ir más rápido hacia Sus Manos, experimentar su amor, y nos pediste que lo repartiéramos después, en forma de gestos de reconciliación.

Nos enseñaste un camino, nos mostraste cómo salir de hoyo, del laberinto en el que estamos... Cuando, después de la foto ritual en la Nunciatura, te cogiste a mi brazo para subir los escalones, sentí tu fuerza, no tanto física, sino sobre todo humana y espiritual. Bromeamos contigo en la comida con los Obispos cuando te enseñamos dos palabras en sango: ndoyé y siriri. Las repetiste a los jóvenes de la vigilia de oración 3 horas después: "Empapad vuestra vida de amor y paz"

La multitud del estadio de 20.000 plazas te sobrecogió, se te vio en la cara, porque rugían de amor y respeto cuando les dijiste de "pasar a la otra orilla" es decir pasar página y empezar de nuevo en la sociedad centroafricana. Cuando 25 almas gritaron a una el ema popular cristiano, sonreíste de oreja a oreja. Cuando me diste un regalo, (una custodia) me dijiste en español que rezara por ti y me guiñaste un ojo...

Luego, querido Papa Francisco, subiste al avión sobre las 12'30h de esta mañana, el segundo día de tu visita a Bangui, sin haber ni siquiera comido aún, con tu séquito de monseñores y periodistas, y nos quedamos mirándote y mirándonos, huérfanos ya de de ti, como embobados despertando de un sueño, oyendo en sordina el ruido del Boeing de Alitalia que te trajo hasta nosotros y que te llevaba de vuelta a Roma, porque mientras has estado, las armas se han callado unas horas, por respeto a ti.

¡Ojalá que te quedaras para siempre! Te fuiste a tu quehacer en Roma y en el mundo, a tu vatileaks, a bregar con asuntos de corrupción y a tu Santa Marta querida. Y nosotros, sin paz ni pan, a nuestra lucha por estar junto a los pobres por decirles que mañana será mejor, que después de la tempestad viene la calma.

¡Mi gente de Bangassou han recogido en unos botecitos tierra en donde tu pisaste! Dicen que está bendecida por tu huella. La llevarán a Bangassou como testigos de lo que han vivido en Bangui, de la inmensa esperanza que has sembrado en sus corazones porque por una vez en sus vidas, demonios negros armados de violencia se trocaron en un ángel blanco vestido de Papa Francisco. Que tus palabras de perdón y de paz, a fuerza de repetirlas, se nos metan en la piel, en el vientre y en el corazón.

Y gracias corazón a Dios Padre que nos ha permitido que nadie nos agüe la fiesta, que ningún retorcido nos estropee el encuentro, que ningún descerebrado haga daño a nadie. Y gracias sobre todo a Dios Padre que ha querido regalarnos dos día de ensueño, teñidos de paz porque incluso aquellos dos jóvenes que raptaron en Fátima ayer por la mañana para degollarlos, (RD publicó la noticia, pero 5 horas más parte fue desmentida por los mismos padres de Fátima y las familias de los dos jóvenes), los devolvieron sanos y salvos, (¿por milagro de quién?) al final de la tarde, vivitos y coleando, después de haber tenido la muerte rozándoles las gargantas.

domingo, 29 de noviembre de 2015

BOLÍVAR Y FANNY DE VILLARS


 

Alfredo Cardona Tobón*

 

El 22 de enero de 1803 la fiebre amarilla tronchó la vida de María Teresa Rodríguez del Toro dejando inmerso en  la mayor depresión a Simón Bolívar, un joven teniente de la Sexta Compañía  de Blancos Voluntarios del Valle de Aragua en Venezuela.

Fue entonces cuando Bolívar solicitó  al rey Carlos IV licencia para viajar a España y residir en la metrópoli durante dos años con el fin de arreglar asuntos familiares. El caraqueño llegó a Cádiz a fines de diciembre y tomó camino hacia Madrid, donde a los pocos meses tuvo que salir ante la posibilidad de una hambruna debido a la escasez de trigo y a la orden del rey de que abandonaran la ciudad todas aquellas personas que no residiesen habitualmente en ella.

El viudo millonario de apenas veinte años de edad llega en plena primavera a Paris y se instala en un cómodo hotel, cuya edificación aún existe y tiene una placa que recuerda el paso del Libertador por ese sitio.

Fanny Louise Troubiand Aristagueta, prima segunda de Bolívar, ayuda a instalar al recién llegado y se convierte en el bálsamo del desolado joven  que de la mano de su pariente entra a los altos círculos sociales de Paris. En el torbellino de su ardiente edad Simón Bolívar se entrega al juego y a devaneos con  bailarinas y coristas, que difícilmente controla Fanny, convertida en hermana mayor, en su guía y en su amante.

Fanny fue una mujer seductora, siete años mayor que Bolívar,  de belleza altiva, afable, elegante, con cutis de porcelana, cabellos negros y ojos azules que armonizaban con su boca y su hermosa cara. Había nacido  en junio de 1775 en Bretaña, donde cumplidos catorce años su padre la desposó con el conde de Villars que le doblaba la edad y parecía estar más interesado en la Botánica que en su mujer y el resto del mundo.

Fanny amaba las ideas de la Revolución Francesa y al igual que otras notables damas parisienses,  auspiciaba un Salón  donde se reunían  intelectuales, científicos, políticos y altos funcionarios  franceses.

 Bolívar se embelesó con su prima; la acompañaba en el día, la llevaba al teatro y a los mejores sitios parisinos en las horas de la noche y en los intermedios le escribía cartas plenas de romanticismo. La  coqueta y liberada Fanny correspondía a Bolívar, sin que a una  y a otro les importara lo que pensara el resto del mundo.

Fanny  modeló en gran parte el carácter del joven venezolano  que ignoraba adónde lo llevaría el destino. Por intermedio de  Fanny,  Bolívar conoció a Humboldt y a Bonpland,  al lado de los revolucionarios bonapartistas se impregnó de las ideas de independencia y libertad y en los salones con su mezcla de clases sociales, donde las mujeres representaban un papel preponderante,  el futuro Libertador de Suramérica se acercó al pueblo y se bajó del pedestal de los mantuanos caraqueños.

Al conde de Villars le tenían sin cuidado las actividades sociales de su esposa, pero  le inquietaron las peligrosas confrontaciones verbales  de Simón Bolívar  con encumbrados personajes franceses como Eugenio de Beauharnais,  hijo de Josefina, esposa de Napoleón y con Charles Oudinot, futuro mariscal de Francia, que también pretendía a Fanny de Villars. El conde de Villars temió por la vida de Bolívar y le aconsejó salir de Francia; el belicoso joven no atendió el consejo pero presentó  sus disculpas a Oudinot, quizás por la presión de la misma Fanny.

El inquieto Bolívar tuvo tiempo de estudiar en la Escuela Politécnica y en la Normal Superior y de asistir de vez en cuando a los Salones de Madame Recamier, de Madame Amelie Suard y de Madame Talleyrand, donde se debatían, como en el Salón de Fanny, los acontecimientos que estaban transformando a Europa.

EL REGRESO DE BOLÍVAR

En 1805 Simón Bolívar decide regresar a América y Fanny desconsolada le suplica que permanezca a su lado; Bolívar le jura amor eterno y le entrega como prenda de su pasión un anillo grabado con fecha  6 de abril de 1805.

Bolívar siempre amó a Fanny de Villars, pese a sus devaneos y su infinidad de aventuras amorosas, pero inexplicablemente solamente contestó una sola de más de doscientas cartas enviadas por Fanny a su primo.

Fanny fue la más fiel admiradora de la gloria del Libertador en los escenarios europeos y guardó con unción los retratos obsequiados por el héroe suramericano.

Para Fanny fueron los últimos recuerdos en San Pedro Alejandrino: el 6 de diciembre de 1830 en los postreros días  de vida, Bolívar le escribió: “Querida prima: ¿Te extrañará que piense en ti al borde del sepulcro?... Tú estás conmigo cuando todos me abandonan… tuyos son también mi último pensamiento y mi pena postrera...”

Fanny tuvo tres hijos, uno de los cuales se presume fue de Bolívar. La bella y descomplicada mujer, que despejó el camino hacia la gloria de un joven casquivano, murió el 21 de  diciembre de 1837 cerca de Lyon en Francia.

De todos los amores del Libertador, que fueron muchos y muy variados,  el de Fanny de Villars  ocupó el corazón de Bolívar desde sus tiempos de mozuelo hasta el borde del sepulcro; nunca olvidó a su prima  y la memoria de Fanny lo acompañó por sus largos y espinosos caminos llenos de gloria y también de tristeza ante la ingratitud y la mala leche de los americanos.

Si Manuelita fue la pasión, Fanny, “El elixir de la vida”, como la llamó Bolívar;  fue el espíritu que catapultó el  Genio hacia la gloria.