sábado, 12 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD-. EN LA ALDEA DE BASTOGNE-


Alfredo Cardona Tobón*


Desde el jardín de una vieja casona de la aldea de St Laurent en la costa del Mediterráneo  se veían los veleros cabalgando sobre las olas y la espuma de los grandes petroleros que surcaban el mar. La edificación era de piedra, con escudos nobiliarios en la entrada, convertida en el  agradable refugio de viejos friolentos  que en las primaveras buscaban el tibio abrigo del golfo de León.

Por tiempo de Navidad, llegaban a la hostería Chateau du Perpignan  el alemán  Hermann Blumer y  el belga René Peiten, dos caballeros de aventura, empresarios quizás, que año tras año retornaban a St Laurent como las golondrinas a sus viejos aleros.

Hermann era un hombre menudito, rubio, ágil y tenía  una cicatriz en la frente; Monsieur René, en cambio, era macizo, pesado y usaba un bastón para equilibrar una pronunciada cojera. Aunque apenas conocían  sus nombres y solamente cruzaban  escasas  palabras en un idioma que mezclaba el francés y el alemán, los dos veteranos  se habían convertido en grandes amigos de temporadas; pasaban horas en los mullidos sillones de la terraza, donde entre jerez y jerez llenaban las  horas mirando el mar, viendo la danza de los cipreses cuando los zarandeaba el viento y el raudo paso de los coches por la carretera al lado del acantilado.

 Indefectiblemente, sin que faltaran un solo año desde 1950,   Herr Hermann y Monsieur René viajaban al empezar diciembre al Chateau du Perpignon; traían más canas, menos cabellos, el paso más cansado y  surtidos vinos   de las mejores viñas  como regalo de  Navidad para el anciano sacerdote vasco, cura de la parroquia, que había anclado  en St Laurent desde los tiempos de la Guerra Civil Española.

La capillita del padre Aurelio Olloqui se perdía entre los  pinares de la serranía que  se desvanecía en la orilla marina; el pequeño templo  parecía  flotar en medio de la niebla en las noches de luna y para los dos amigos era una ventana que los acercaba a Dios y revivía las navidades de la infancia lejana.

El veinticuatro de diciembre de ese año la municipalidad ofreció un vistoso espectáculo pirotécnico  con lucidos castillos de luces y voladores que  se elevaban y  estallaban en colores que se reflejaban en las olas. Desde el altozano de la capilla se observaba el esplendoroso  acontecimiento.

Pese a los  abrigos y las bufandas el frio arreciaba; el eco de las explosiones rebotaba en la marisma cercana y  hería los oídos. Al empezar a caer  espesos goterones tanto René como Hermann retrocedieron a la  fría Navidad de 1943, cuando en la Campaña de las Ardenas el uno luchaba en las filas aliadas y el otro era sargento de las fuerzas alemanas.

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El recuerdo de esa fría Navidad volvió con la ventisca y el estallido de los voladores;  René Peiten pareció regresar  al poblado de Bastogne con la  101 División Aerotransportada de los Estados Unidos, viendo nuevamente los pinos destrozados adornados con guirnaldas y los boquetes de las bombas en la calle central.

 El  23 de diciembre las defensas de Bastogne resistieron heroicamente la embestida del V Ejército Panzer; el  24, el cielo despejado permitió la acción de la aviación aliada que atenuó el ataque enemigo; pero en la noche, una segunda oleada enemiga se precipitó sobre la aldea.

René Peiten, abrió fuego, desde una trinchera cercana al monasterio, contra un grupo de soldados alemanes, que comandado por el cabo Hermann  Blumer, avanzaba por la calle principal protegido por un tanque Panzer.

Cuando el tanque estalló envuelto en llamas, los atacantes se dispersaron esquivando las balas, Blumer  rebasó las trincheras aliadas y se topó  de frente  con Peiten. En ese momento un proyectil  alcanzó la torre del monasterio y las campanas empezaron a sonar como llamando a la Misa del Gallo. Con la claridad del fogonazo René Peiton vio el rostro del  alemán  bañado en sangre y se paralizó. No fue capaz de apretar el gatillo de la ametralladora, algo le decía que no era el momento de matar, que era tiempo de villancicos y de vida. Una  granada cayó sobre la trinchera;  todo se borró hasta que  despertó en un hospital de campaña.

Al igual que a Peiten, el frio y la pólvora hicieron retroceder los recuerdos de Hermann Blumer hasta la noche del 24 de  diciembre de 1943 cuando en medio de la ventisca avanzó con la División Panzer sobre las defensas aliadas en Bastogne: se repitió el sonido de las campanas, el encuentro con un enemigo petrificado de miedo y la explosión que lo sacó de una trinchera enemiga dejándolo aturdido y con el pie izquierdo hecho pedazos.

Se acabó el espectáculo; el padre Olloqui se despidió de los feligreses resguardados  del frio bajo el alero del templo. Los dos amigos regresaron a la hostería, el uno con una boina que le cubría una cicatriz en la frente, el otro con una muleta que le ayudaba a caminar por el camino de lajas;  ambos con sus propios recuerdos y con los pensamientos que nunca compartieron.

Ni Blumer ni Peiten supieron que por uno de esos  raros designios del destino, ese 24 de diciembre de 1943, la Providencia divina les concedió  la  vida  y la gracia de una amistad que llenó las últimas navidades de su existencia.