lunes, 21 de diciembre de 2015

LOS SIMBOLOS NAVIDEÑOS




En una fría noche de invierno varios campesinos de la aldea de Creccio en Italia, se adentraron en la montaña cercana para escenificar, en una gruta llena de musgo, el nacimiento de Jesús de Galilea.

A las doce de la noche los vecinos de Creccio dormitaban cuando el tañido arrebatado de las campanas del templo sobresaltó a los habitantes del caserío.

 ¿Un incendio?- ¿Una catástrofe?-

No. Era el llamado  de Francisco de Asís, que apoyado por el párroco y varios lugareños, convocaban a una Misa de Gallo en la gruta de la montaña.

Allí estaba una campesina con ropajes nazarenos, un joven vestido como San José…. los pastores, un buey, un asno y un bebito que hacía las veces del Niño Dios.

Así nació la hermosa idea del pesebre que se propagó por Europa y por los dominios ultramarinos de España. En Nápoles reprodujeron las escenas de Navidad con figuritas de barro y en el Renacimiento aparecieron los talleres belenistas donde crearon obras de singular belleza.

Cuando Inglaterra adoptó la religión anglicana se prohibieron  los pesebres, en tanto  el rey Carlos III de España ordenaba la construcción en  sus dominios en Europa y los misioneros introducían la costumbre  en todos los rincones de América.

La Sagrada Familia junto con el burro y el buey han sido desde los albores de la cristiandad los personajes centrales del pesebre;  pero desde hace unos siglos se le agregaron  los reyes magos, que fue una invención popular, ya que no figuran en la Biblia ni como reyes ni como magos. Fueron, quizás, si existieron, unos astrónomos que llevaron algunos regalos al recién nacido.

Los villancicos surgieron en el siglo XIII y llegaron a América en el siglo XVII. Inicialmente fueron tonadas campesinas; al pasar el tiempo se les adosaron  motivos de Navidad  y se cantó al Niño Dios, a la Virgen María, a los Reyes Magos y hasta al burro y al buey.

LA NOVENA DE AGUINALDO

Es una costumbre fuertemente arraigada en Colombia y Ecuador y conocida como Posadas en Méjico y Centroamérica.

Por petición de Doña Clemencia de Jesús Caicedo, fundadora del colegio La Enseñanza de Bogotá, Fray Fernando de  Jesús Larrea, fraile quiteño, escribió la novena que rezamos durante los nueve días previos al Nacimiento.

La novena se publicó por primera vez en 1743 y desde entonces repetimos: “Benignísimo Dios de infinita caridad que tanto amasteis a los hombres...”   con el resto de los textos escritos con lenguaje florido y arcaico y  muy pocos cambios como el de adoptivo por putativo al referirnos a San José.

Pocos años después de aparecida la novena, la madre Bertilda Samper Acosta, también de Bogotá,  agregó los gozos que cantamos con diversas entonaciones y melodías y se rematan con un “Dulce Jesús mío, ni niño adorado, ven a nuestras almas, ven no tardes tanto…”

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

El  catolicismo tomó el árbol de navidad de las festividades paganas del norte de Europa, celebradas en honor a Frey, dios del sol y la fertilidad.

San Bonifacio y los conversos alemanes tomaron la idea para celebrar el nacimiento de Cristo; la costumbre tardó en difundirse por el resto de Europa  y al fin llegó a España hacia 1870.

Como por aquí ya no dependíamos de la Madre Patria y los radicales liberales le habían montado la perseguidora al clero, el árbol de navidad no se aclimató en nuestro medio y tardó en arraigarse entre nosotros.

A  mediados del siglo pasado se decoraban unos chamizos con algodones y festones. Con la llegada de Santa Claus y la ofensiva mediática de empresas comerciales el chamizo se remplazó  inicialmente por un pino y luego por un árbol de plástico con una estrella en la parte más alta.

SAN NICOLÁS Y SANTA CLAUS

Es una figura mutante con  diversas facetas y personalidades. Empezó como San Nicolás, luego fue Papá Noel y ahora es Santa Claus.

El primitivo San Nicolás nació en Licia, Turquía, en medio de una familia acaudalada. Se caracterizó por su caridad y desprendimiento, en tal forma que,  al morir sus padres repartió la herencia entre los pobres y se internó en un monasterio.

Alcanzó la dignidad de obispo y su fama llegó hasta Europa donde el seis de diciembre en muchos lugares se repartían regalos a los niños  en nombre de San Nicolás. Los holandeses llevaron esa costumbre a los Estados Unidos, donde idealizaron a San Nicolás presentándolo sobre un carro halado por un caballo volador que le ayudaba a repartir los obsequios.

En 1809 el escritor Washington Irving caracterizó al santo obispo como un hombre mayor, grueso y sonriente que arrojaba presentes por las chimeneas desde un trineo arrastrado por un portentoso caballo;  en 1823 el poeta Clement Moore  lo transformó en Santa Claus:  un  hombre robusto que silbaba alegremente mientras atravesaba las nubes en un trineo halado por renos.

En 1863 el dibujante Thomas Nast lo vistió de rojo con ribetes blancos y le puso un gorro de invierno; luego una empresa de agua mineral lo utilizó en su propaganda y en 1931 la fábrica Coca Cola lo convirtió en un símbolo publicitario, le encimó las carcajadas, el brillo pícaro de sus ojos y las mejillas  rosadas.

A la América Latina llegó Santa Claus con dicha gaseosa y la publicidad norteamericana  lo puso a competir con los Reyes Magos y con el pesebre. Santa Claus nada tiene que ver con San Nicolás, es una invención comercial como el árbol de Navidad y los festones.

Pese al modernismo el  pesebre, la novena con los gozos, la natilla y los buñuelos, el manjar blanco y los traídos bajo la almohada  no han pasado de moda. En cuanto al San Nicolás decembrino o navideño hay que darlo por perdido, pero podemos apropiarnos de Santa Claus; solo tenemos que ponerle un carriel y un poncho, cambiarle el gorro por un sombrero aguadeño y los renos por cuatro mulas como la Conchita de la Federación de Cafeteros.