jueves, 21 de enero de 2016

EL ESCULTOR JORGE VELEZ CORREA Y LUZ MARINA ZULUAGA


ESCULTURA EN HOMENAJE A LUZ MARINA ZULUAGA

 

Estará en el Parque de la Mujer. Encargo del Instituto de Cultura y Turismo. Se termina a finales de este mes. Valor.
 
 


 

Alba Nelfy Bernal O.*

LA PATRIA | Manizales

 

“Nadie es profeta en su tierra”, dice la sentencia popular, y hasta hace poco esa parecía ser la frase aplicable al escultor de la tierra Jorge Vélez Correa, quien con carpetas llenas de bosquejos y proyectos, ha trasegado durante más 30 años las calles de Manizales, los municipios caldenses y algunas jurisdicciones aledañas, en busca de seres sensibles que apalanquen alguna de sus ideas.

 

Ha sido un duro camino. Cuenta en su haber, por ejemplo, la ejecución de la maqueta ‘Los barranquillos’, que serían un homenaje al agua, presentado a Aguas de Manizales; ‘Oda al vuelo, al amor y al viento’, que tendría morada en su pueblo natal Risaralda (Caldas); un proyecto a la memoria del músico y compositor pereirano Luis Carlos González, otro como reconocimiento al escritor y político riosuceño Otto Morales Benítez y en meses recientes uno más como testimonio de gratitud para el portero del Once Caldas Juan Carlos Henao. Estas referencias para solo hablar de unos pocos, que lastimosamente se han quedado en eso, en solo proyectos.

 

Sin embargo el año anterior, la historia dio un giro a su favor y la Sociedad de Mejoras Públicas, por intermedio del gestor cultural Gilberto Cardona, lo requirió para la elaboración de la obra ‘La mirada de Atenea’, la cual hoy saluda a los paseantes de la Avenida Santander y da la bienvenida a profesores y alumnos de la Normal Superior de Caldas.

 

Llega a finales del mes

 

                                                         Jorge Vélez Correa


            Y también en el 2015 fue llamado por el exdirector del Instituto de Cultura y Turismo de Manizales, Juan José Silva, con la anuencia del nuevo alcalde José Octavio Cardona León, para que presentara un proyecto que inmortalizara a uno de nuestros íconos, recientemente desaparecido, Luz Marina Zuluaga Vélez.

 

Muy acucioso el escultor Vélez Correa elaboró una resina o bronce frío, la cual además de ser aceptada como proyecto, fue presentada en el Centro Cultural y de Convenciones Teatro Los Fundadores, en la semana de la Feria, para rendirle un pequeño homenaje a quien llevara los nombres de Colombia, Caldas y Manizales, allende las fronteras.

 

En fin, la escultura en bronce a la cera perdida recibe los últimos toques y será traída a esta ciudad antes de finalizar el mes para su instalación y posterior inauguración en el parque Rafael Arango Villegas, llamado también ‘Parque de la mujer’. 

 

Podríamos afirmar que el 2015 fue el año para el artista formado en la Universidad de Caldas y quien ha batallado durante más de tres lustros para ganarse un nombre en su terruño y a fe que lo está logrando.

 

*Periodista - Lic. Filosofía y Letras – Investigadora 

 

De un editorial

            Así hablaba de Luz Marina Zuluaga el editorial de LA PATRIA del 27 de julio de 1958:

 


“...Nadie ha logrado una más copiosa tarea de prestigio para Manizales, Caldas y la República que Luz Marina Zuluaga, la verdad es que, también, nadie como ella ha sabido con su gracia, con su sonrisa, su gracia sencillez y su limpio ademán congregar en torno de su figura clarísima, las voluntades de todo un pueblo, los deseos de toda una raza, las aspiraciones de fraternidad de toda una generación. Frente a la silueta de Luz Marina, frente a su estampa de miel, no puede haber odios ni rencores, ni discriminaciones puede haber odios ni políticas, ni fronteras sociales, sino la unión perfecta, la fraternidad inequívoca”.

 

 

martes, 19 de enero de 2016

OTTO MORALES BENITEZ Y LOS PÉTALOS DE PIEDRA


Alfredo Cardona Tobón

                                     Carlos Lleras Restrepo y Otto Morales Benitez


El 28 de marzo de 1949 se conmemoraba  en Quinchía el primer aniversario de la masacre que abrió las puertas del infierno en una aldea  que desde la Guerra de los Mil días no conocía la violencia; era un sábado de sol brillante que no rimaba con  las banderas enlutadas y las tristes notas de un tango, que al igual que los cinco ciudadanos asesinados un año antes, hablaba de un paisano sacrificado por sostener una opinión.

Gilberto Cano, “Cachaco” y Zócimo Gómez  mantenían vivo el fervor liberal desde los altoparlantes del Teatro Gobia, las consignas se repetían y una multitud vestida de rojo bajo la dirección de Emilio Chica y Johel Trejos estremecía la plaza central. A las diez de la mañana se anunció la entrada de las directivas nacionales del partido, que en gesto gallardo y temerario venían a dar aliento y esperanza a una comunidad cercada por las fuerzas sectarias  azuzadas por  Gilberto Alzate Avendaño, Silvio Villegas y otros dirigentes irresponsables de la oposición conservadora..

Vibró la marejada anónima. La gleba de tapascos y aricapas, de mápuras y guapachas no pedían poder ni siquiera la presencia del Estado, tan solo clamaba por el derecho a vivir en paz en una tierra que guardaba las  cenizas de sus ancestros desde tiempos inmemoriales, mucho antes de  la llegada de los españoles y de los advenedizos de Antioquia.

Desde las  primeras horas de la madrugada miles de  campesinos brotaron  de las serranías, de las orillas del Cauca y de Opirama, de Guaspaya, de Sausaguá y de las laderas del Batero en una marea que cubrió la zona urbana de Quinchía.

Una enorme bandada de palomas remontó vuelo a la llegada de los jefes máximos Carlos Lleras Restrepo y Darío Echandía, de Uribe Márquez y Alfonso Palacio Rudas, acompañados por Alberto Mendoza Hoyos, Jefe del partido en Caldas y del representante a la Cámara Otto Morales Benítez, un fogoso y joven abogado riosuceño, con sonido de clarín nuevo, color y sangre de pueblo y la garra de los radicales liberales del antiguo cantón de Marmato.

LA MARCHA HACIA RIOSUCIO

Al caer la tarde, retazos de nubes negras bajaron de la cordillera  y aceleraron la salida de la  comitiva liberal hacia el municipio de Riosucio; atrás quedaron los cerros de Cantamonos y Puntelanza y por una carretera estrecha, llena de enormes guijarros, la caravana alcanzó la troncal de Occidente y se adentró en un territorio hostil, donde  sujetos carcomidos por el odio ocultaban changones y puñales bajo las ruanas.

En el sitio conocido como “ El Tabor” un vehículo sobrepasó la caravana y el polvo que levantó en la carretera envolvió el carro  donde iban Carlos Lleras Restrepo y Otto Morales, de inmediato una  explosión hizo cimbrar la vía y retumbó en los bosques al lado de la vía; desde un barranco los antisociales habían lanzado un taco de dinamita que rebotó sobre el carro que los había sobrepasado y por fortuna había explotado en la cuneta sin mayores consecuencias.

Sin detenerse la columna continuó la marcha hasta el sitio conocido como  “Los Tanques”  en la entrada a Riosucio; donde los esperaban las delegaciones de Caramanta, Bonafont, Marmato, Supía y San Juan  con chirimías, banderas y pancartas para entrar en marcha triunfal al centro de la Perla del Ingrumá.

Hubo música y voladores y una guardia de honor presidida por los Cañaverales, los Pinzones y por don Olimpo , padre de Otto Morales Benítez; el tumultuoso desfile llegó a la Bomba y torció hacia el  parque de San Sebastián, donde una chusma reclutada en Ansermaviejo, en Guática y Risaralda los esperaba en el atrio de la iglesia; una nube de guijarros ennegreció el cielo y la sombra de los pétalos de piedra cubrió  la columna liberal.

¡Duro con el de gafas!- gritaban- ¡Duro con el gafufo!- ¡Acaben con el gafufo!- Vociferaban los antisociales que fijaban su puntería  en Lleras Restrepo, que se quitó las gafas y la corbata y corrió calle abajo para ponerse a salvo de la pedrea. La intervención del ejército y del Secretario de Gobierno de Caldas evitaron una enorme tragedia; no obstante resultó herido de alguna consideración el doctor Alfonso Palacio Rudas, el famoso “Cofrade”, que al no quitarse las  gafas se convirtió en el principal blanco de los antisosociales.

Fue un día muy duro, primero el taco de dinamita y después el ataque a piedra; sin embargo los dirigentes liberales y las delegaciones continuaron la manifestación bajo la protección del ejército y desde un balcón en el costado norte de la plaza de San Sebastián resonaron las palabras de Carlos Lleras, de Echandía y de Otto Morales.

Al caer la tarde los jefes liberales se recogieron en casas amigas bajo estricta vigilancia militar y las delegaciones regresaron a sus pueblos. Los vehículos de Marmato, San Juan, Caramanta y Supía cruzaron raudos por Tumbabarreto  y pasaron sin novedad por Quiebralomo, pero en Guamal un gran estruendo sacudió el camión que cerraba la caravana; un taco de dinamita segó la vida de Octavio Grisales, un jovencito de trece años, e hirió a Luis Arcila, a David Montaño y a Alfredo Rivera

La demostración liberal en Quinchía hizo creer a sus habitantes y a los extraños que existía una enorme fortaleza para resistir los embates generalizados de violencia conservadora; pero no era así: los quinchieños estaban solos contra “ pajaros”  y chulavitas, contra los alzatistas y  contra Gerardo Arias , un gobernador pusilánime, que  restó importancia a los desmanes crecientes de los antisociales amparados bajo la bandera azul.

Los líderes campesinos propusieron la creación de autodefensas, pero la dirección liberal, al igual que lo ocurrido en los Llanos Orientales, aconsejaron la paz y  dejaron a los quinchieños en manos de los bandidos .

Eso lo vio claro Cándido Aricapa, cuando de regreso a su parcela le dijo a Luis Angel Cardona: “Nos jodimos, Guis, ahora si nos llevó el putas, porque como dijo don Alejandro Uribe, el jefe de Santuario, cuando nos están echando plomo no podemos responder con discursos y serpentinas.”

 

domingo, 17 de enero de 2016

MANIZALES EN 1885


MANIZALES EN 1885.

Alfredo Cardona Tobón*

 

Esos tiempos no fueron buenos; en realidad no hubo tiempos buenos  para los vecinos de  Manizales en la  dura época comprendida entre  1862 y 1885, tiempo de langosta y tifo, de terremotos y guerras.

Al empezar el año  1885 muchos viejos  laboraban solos en sus terruños,  sus hijos se habían internado en el monte para huir de las levas militares y   gran parte de  los hogares habían rendido el tributo a un Estado menesteroso y cruel  que solamente  establecía impuestos y contribuciones y convocaba al campo de batalla: Valiosos jayanes nacidos para el surco y el trabajo murieron al enfrentarse a Mosquera en 1862, otros cayeron en la batalla del 5 de abril de 1877 defendiendo a Manizales de las montoneras caucanas, perecieron en la rebelión de 1879  o en  las innumerables escaramuzas  azuzadas por la iglesia y atizadas por el radicalismo liberal que intentó a toda costa doblegar las creencias antioqueñas.

En 1885 Manizales estaba  envuelta en el torbellino de la guerra pues el gobierno radical de   Antioquia impuesto por los caucanos desde 1876, se sumó  a la rebelión contra el presidente Núñez

Las autoridades de la Provincia del Sur, con capital en Manizales, anunciaron  por bando las  victorias en Ansermaviejo y en Quiebralomo y el envío de una columna a tierras tolimenses para frenar el ataque de las fuerzas del poder central.  Como las bestias no eran suficientes,  la comandancia del ejército  echó mano a las caballerías de Manizales y poblaciones vecinas de las que pagó apenas la cuarta parte de su valor y comprometiéndose a cubrir el resto  “cuando las circunstancias lo permitieran”.

El erario estaba exhausto y  Antioquia arruinada. Medellín declaraba las guerras y Manizales y las provincias  las peleaban y las financiaban, por ello el   gobernador de la Provincia del Sur estableció préstamos forzosos a quienes consideró indiferentes o enemigos del radicalismo liberal, echó mano al ganado de los particulares y  monopolizó la venta de la carne de res.

Las noticias coladas por las  trastiendas y  los solares hablaban del avance por el sur de las tropas nuñistas comandadas por el general Payán y de la victoria del general Mateus sobre los radicales en cercanías de Salamina. Se comentaba que los días del dominio liberal estaban contados y pronto los sacerdotes podrían volver a predicar la palabra de Dios sin pedir permiso, se acabaría  el ateísmo y un nuevo régimen volvería a encarrilar los destinos de Antioquia. Por eso don Pedro García, un cultivador minifundista de La Cabaña, se animó a viajar al pueblo donde pretendía vender la panela que había sacado en el trapiche de un amigo.

Cuando las primeras luces aparecieron detrás del nevado del Ruiz, don Pedro  enjalmó su mula carateja, cargó la panela, amarró a Titán de la  baranda del corredor y con su esposa, doña Clementina Alzate,  tomó el camino que conducía de La Cabaña a Manizales. Al llegar al pueblo cambiaron los alpargates llenos de lodo y doña Clementina lució su mantilla de flequillos que cambió días antes por uno de sus lechones.

 El ruido de los cascos sobre el empedrado rebotaba en las tapias;  Manizales estaba  desierto y también la plaza de mercado, pues pocos vendedores de víveres habían llegado en esa ocasión por temor a las encerronas de reclutamiento.

 Al acercarse a la plaza se toparon con un grupo de soldados que venían de Cartago. En su  rostro se notaba el cansancio y la derrota:  eran los sobrevivientes de la  columna de Manuel Antonio Ángel,  el “Pato Ángel”, arrollados por las tropas de Payán y por los negros del Bolo en las orillas del río La Vieja.

LA CAPITULACIÓN DE LOS LIBERALES RADICALES

Pese al control del coronel Rafael Uribe Uribe  sobre el norte del Cauca, los radicales antioqueños estaban derrotados y  la tenaza nuñista se cerraba día a día  sobre Manizales. La guerra era una causa perdida; por eso el  gobierno radical de Antioquia celebró el convenio de Neira que daba por terminadas las acciones en la región

El gobierno nacional indultó a los radicales comprometidos que entregaron las armas y  Antioquia quedó de nuevo en manos de los conservadores y del clero católico. Sin embargo, aunque se pactó la paz y se indultó a los rebeldes, varios grupos  alzados en armas no aceptaron el cese de hostilidades y continuaron sus acciones  a lo largo y ancho de la provincia del Sur

Para conservar el orden,  atender el servicio postal y recoger las armas en poder de los radicales, el prefecto del Departamento del Sur estableció una fuerza de gendarmería de cien individuos, vestidos y racionados con fondos de las contribuciones de los vencidos y de los indiferentes a la causa conservadora.

Para someter a los sediciosos, catalogados ya como malhechores, en junio de 1885  el Prefecto Marcelino Arango dispuso una fuerza especial, pues según sus palabras, era desdoroso para una sociedad civilizada, dejarse imponer por unos hombres sin amor al hogar, ni al trabajo, ni a la paz. Se nombró como Jefe de Guarda al Sr. Félix Álvarez con el grado de sargento mayor, capitán ayudante al  Sr  Horacio Palacio y como Alférez ayudante al Sr.  Ángel María Carvajal

En la tropa figuraba don Pedro García, que pese a su edad se ofreció de voluntario y con su mula carateja, su perro Titán y una escopeta de fisto se  unió a la tropa especial que sometió los focos revoltosos en Villamaría  y en el Alto de las Coles. No podía ser de otra manera, pues como conservador y católico no dudaba en ofrecer su vida en defensa de los caros principios antioqueños