jueves, 4 de febrero de 2016

DE MANZANARES A MANIZALES


-          UN VIAJE A  PIE-

-          TOMADO  DE “ ESTAMPAS INTERIORES”  de  Nestor Villegas Duque-

 


La despedida fue rápida. Hubiera sido muy duro alargarla. Y, al salir a la calle, oyó la voz de su madre que le preguntaba:

-¿ Y en que va a montar usted?

- Aquí en la salida, vamos a ensillar señora.  No quiso él que su madre supiera que no tenía cabalgadura, que tendría que auxiliar a don Rafa en su oficio de arriería y que, por ratos, solo podría montar en una mula enjalmada.

- ¡Don Rafa- gritó la anciana,  cuando las mulas se alejaban. Este retrocedió. Lo que ella quería era recomendarle hasta lo más a su muchacho.

Finalizando las vueltas de Romeral, Jorge vio por última vez a Manzanares. El dolor de la partida, que le sacudió todo entero, pero que ni por un momento le hizo flaquear en su determinación, le sucedió un estado de firmeza tranquila, incomparable.  No le arredraban ni lo oscuro, ni lo arriesgado, ni lo contingente. Y no era él  propiamente el viajero. Eran los de atrás, sus abuelos, cuyo ímpetu, prolongado en él, seguía trasponiendo las montañas. No había tenido sino muchachez, con desgarramientos de pobreza. De la vida no conocía más. Tal vez había tenido intuiciones de sus hechizos y hermosura.. Ahora, por este camino,  iba a buscarla, a encontrarse con ella, a conocerla, a pedirle lo que pudiera darle. Quería que su torturado ser, extenuado por las carencias, se volviera vigoroso y alegre, y que su espíritu se libertara de la sumisión al mendrugo diario. Había que alejar las urgencias materiales, frecuentes y menudas, que morían desgarrando, así como los suplicios del ánimo, que marchitaban su niñez y sus promesas. Un  hondo aliento lo empujaba. Iba adelante cumpliendo una orden, ya no de un jefe, como en la oficina, sino propia,  del hombre que llevaba en sí; y  su alma, como en un día de otra creación, entraba en el mundo encantado de los sueños. No  lo preocupaba la estrechez absoluta de dinero, porque llevaba un tesoro de inquietudes, arrestos y esperanzas.

Ese día llovió copiosamente y al par de los arrieros, por lo liso y fragoso del camino, no  pudieron hacer la jornada prevista, sino que tuvieron que quedarse en una casa pobre, ya casi a boca de la noche.

El sitio se  llamaba Los Sauces”. Sobre la extensa ladera que desciende al río Perrillo estaba la posada. En el paisaje, dilatado y plomizo, la luz era cada momento menos.  En lo hondo del cañón se precipitaban las sombras y, bajo el cielo anubarrado, la niebla iba cubriendo las casitas lejanas.  Al trasponer la cerca de guadua  se atravesaba un patio pantanoso. Un corredor viejo y totalmente desmantelado estaba al frente. A un extremo, dentro de la cocina abierta, que custodiaba un perro ladrando, chisporroteaba la leña, bajo una olla.  Al centro y al otro extremo, dos puertas daban entrada a unos cuartos de tablas toscas, con quemados de velas, uno de ellos desocupado. Los viajeros penetraron en éste, lóbrego y oloroso a enjalmas, colocaron las cargas y dispusieron en el suelo,  a modo de camas rústicas, sendos tendidos  de algunos costales y ruanas. Comieron en la cocina, oyéndole a la dueña sus historias, junto al fogón crepitante, cuyas llamas les tornaban rojizos los rostros, y lamían, por momentos, el renegrido bahareque; luego se acostaron a dormir, por ratos y a oir el viento, la lluvia, el rumor del rio y el ladrido del guardián.

Al día siguiente, muy de madrugada, reanudaron la marcha. Pocas horas después estaban al pie de la falda de la Moravia. Esta célebre falda, una de las más largas y empinadas del país, ofrece un camino voladero, que es un gigantesco  trazo del empuje antioqueño, sobre el costado de la cordillera. El camino asciende casi vertical, serpenteando por la  pura roca en estrechas vueltas, que contornean enormes salientes de piedra y esquivan numerosos precipicios sin fondo. Pocas veces lo ilumina el sol, porque una niebla casi perpetua anda por él y se desfleca en el chusque, el frailejón, el musgo y los filos negros y mojados  de las peñas. Cuando era la vía para Manizales, la oscuridad, el frio, la humedad acompañaban al caminante en la subida lenta y fatigosa.  El silencio de las alturas y de las profundidades cada rato se rompía,  como frágil telón, con el grito de los arrieros, que al mismo tiempo que avivaban sus tardos animales, prevenían al que por allí viajaba del peligro de las recuas. Quien se encontraba con ellas tenía que acercar su cabalgadura al talud de la roca, para no ser empujado a tenebrosos abismos por la carga de los bueyes.

En esa falda conoció Jorge a los verdaderos arrieros de Antioquia. Esos eran héroes de   gratísima presencia, robustos, quemados por los vientos de los páramos y por el fuego del llano, inteligentes, alertas,  simpáticos y amigos de charlas y gracejos. Su indumentaria en el camino era un sombrero aguadeño, viejo y deteriorado, una camisa de liencillo embarrada, sudada y olorosa a hombre;  unos pantalones de diablofuerte, remangados; mulera y delantal de lona; albarcas de cuero, carriel colgado del hombro y una peinilla al cinto. Y cuando estaban en el pueblo lucían sombrero de Suaza nuevo; camisa blanca; aplanchada; ruana negra, de paño;  pantalones de dril fino;  y zapatos lustrosos de becerro. Su labor en la arriería era de titanes. Con que agilidad y destreza corrían por entre las recuas, para enderezar alguna carga que se ladeaba, o para defender algún buey expuesto a despeñarse por la orilla: No eran de salón sus pujantes expresiones.  Eran palabrotas y reniegos. Sus silbidos perforaban la  montaña y los golpes de los zurriagos eran acompañados por gritos y resuellos largos y ruidosos

Al fin subieron a la cresta de la cordillera; de ahí en adelante el camino se desenvuelve en suave descenso,  que va mitigando el frío  de las alturas, y al atardecer encontraron una tolda, donde amigos de don Rafael  le comprometieron a que pasaran la noche, porque tenían un trato para conversar.

Con estacas recién cortadas  habían levantado la tolda. Alrededor de ella y con un recatón se le había hecho una zanja angosta y poco profunda, para evitar que el agua de posible lluvia penetrara en el espacio cerrado por las estacas, las cargas y las enjalmas, dispuestas en tres hileras. Allí fumaban tabaco y charlaban alegremente dos de los arrieros, extendidos sobre sus cueros y muleras, mientras otro, senado en el suelo, torcía hilos de cabuya sobre la pierna doblada, para remendar las enjalmas.. Los demás que eran tahúres, jugaban tute, en animada rueda, echados en la sabana no lejos de la tolda.

Esa tarde la comida fue de los arrieros. En platos lociados , llenos de peladuras por el uso y los golpes, comieron sancocho de yucas, papas, arroz, ración de carne  y fríjoles calentados, con trompezón de marrano. El sangrero lo había preparado todo en un fogón de tres piedras, al lado del camino. Después dos arrieros, con una dulzaina y un tiple, echaron a volar sus coplas y cantares  por el Guacaica abajo, en la cercanía de la Rocallosa.

 

lunes, 1 de febrero de 2016

EL CORREGIMIENTO DE MONTEBONITO


Alfredo Cardona Tobón
 
 
Por la carretera entre Manizales  y Honda,  una vía destapada antes del sitio de Mesones nos lleva al corregimiento de Montebonito en jurisdicción de Marulanda.

Es un pequeño poblado con menos de mil habitantes y una historia de arrieros cosida al  viejo camino de Perrillo adosado a las laderas de Cerrobravo. En su pasado no hubo empresarios ni vecinos notables, fueron Arroyave y Ospina, Arango y Bedoya de pie en tierra, de ruana, machete al cinto  y sin pergaminos, quienes  levantaron  ranchos al lado de una fonda e hicieron brotar un caserío  montado en los barrancos.

Al repasar la existencia de Montebonito, dos sucesos  trágicos quedaron grabados en la mente de los vecinos:  uno fue  en las elecciones del 24 de mayo de 1938, cuando en plena  República Liberal, el corregidor y un policía asesinaron vilmente a dos hermanos  de apellido Gálvez. En el otro con fecha del  5 de marzo de 2005, el poblado se vio en peligro de desaparecer al ser atacado por un grupo de las FARC comandado por Elda Nelly Mosquera, alias Karina

En la noche de ese día los antisociales hostigaron con cilindros y granadas al cuartel de policía defendido por doce uniformados. Fueron cuatro horas de terror y espanto, en medio de las explosiones y el tableteo de las armas de fuego. En  el combate perecieron  un agente del orden y un guerrillero  y un artefacto explosivo que cayó sobre una casa de familia   mató a José Luis Valencia  y a un bebé de seis meses de nacido

En la madrugada   se oyó el ruido del avión fantasma que venía reforzar a los valientes policías y ante la amenaza de sus ametralladoras y sus bombas los sediciosos desocuparon el pueblo  y solo entonces  la gente pudo salir de sus casas  a sofocar el incendio que consumía catorce viviendas y a  dar atención a los numerosos heridos.

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

En  1973, bajo la gobernación de  Oscar Salazar Chávez, la Caja Agraria aprobó una oficina en la vecina localidad de Padua desatendiendo las reiteradas solicitudes de la gente de Montebonito que aspiraba a tener su propia sucursal. Se aducía la imposibilidad de llevar los equipos hasta el caserío, pues carecía de carretera de acceso. En vista de ello se acudió al departamento de Caldas para que  suministrara un helicóptero para transportar la caja fuerte, pero  no se atendió la solicitud de  la comunidad.

Entonces los vecinos de Montebonito esperaron el camión que llevaba la   Caja Fuerte  de Padua y con la experiencia en el trajín en medio de tremedales y ciénagas, la bajaron en la trocha que llevaba a Montebonito  donde previamente habían adecuado un local para  instalar la sucursal bancaria.

Arrieros, tenderos, labriegos y funcionarios de la corregiduría adecuaron  con picas y palas  el piso del camino donde extendieron troncos sobre los cuales colocaron tablas que hicieron deslizar lentamente  junto con la caja fuerte. Fueron varios kilómetros de recorrido al lado de profundos  abismos en cuyo fondo bramaba el río Perrillo. Para que las mulas pudieran halar la carga hubo necesidad de ensanchar las  curvas,  cercar las orillas de los precipicios con palos clavados entre las rocas y rellenar los pantaneros que impedían el avance.

Fue una tarea titánica; los gritos de júbilo estallaban al coronar cada tramo y acercarse a Montebonito; las mulas relinchaban sudorosas y las señoras se echaban la bendición cuando la carga de acero se balanceaba hacia al vacío. Las horas pasaban y para mitigar el cansancio y reponer las fuerzas  unas entusiastas voluntarias encendieron fogatas al lado del rio para preparar tinto y  aguapanela.

 Después de un corto descanso y el almuerzo con un suculento  sancocho se cruzó el rio  y  empezó el ascenso. Al caer el sol,  la caja fuerte llegó a la oficina que el corregidor tenía acondicionada como sede para la Caja Agraria. Las campanas sonaron alborozadas y en medio de abrazos la comunidad  celebró la proeza que elevó a Montebonito de un caserío  con capilla al de una localidad con importancia económica que hablaba de tú a tú con la cabecera del  municipio de Marulanda.

 UNA FUNDACIÓN CAMINERA

Cuando a fines del siglo XIX  don Pantaleón González abrió el camino de La Moravia parte del tráfico de mineros y colonos se movilizó por la Cuchilla de la Picona y las laderas del rio Perrillo y en el trayecto aparecieron tambos y posadas.

Un colono  hizo su rancho al lado de una de esas fondas clavadas en el camino, después otros hicieron lo mismo y en esa forma, sin papeles ni pergaminos,  nació el caserío de Montebonito en jurisdicción del municipio de Herveo, Estado Soberano del Tolima. Las familias Torres, Velasquez, Castro, Valencia, García y Galvis, oriundas de Salamina,fueron el embrión de Montebonito, que de  Pronto el incipiente rancherío se convirtió en corregimiento de Herveo   y al crearse el departamento de Caldas, el gobierno  nacional lo
 anexó al municipio de  Marulanda.

Montebonito  creció sin orden ni planeación a  espaldas de la alejada  cabecera municipal. En  1947 don Marcos García, descendiente de los primeros pobladores, quiso construir una casa al final del caserío y como no existían niveles ni paramentos que definieran la línea de la calle, don Marcos y   el padre  Campos  con la   colaboración de los vecinos  la aplanó y en esa forma empezó a organizarse urbanísticamente  el pequeño y rústico caserío.

el  Obispo de Ibagué, monseñor Pedro María Rodríguez ,  envió en 1950 al sacerdote Miguel Bedoya Arboleda, oriundo de Marulanda,  para que atendiera a Montebonito y al Brasil en Herveo y luego al sacerdote  Daniel Echeverri.

La carretera llegó en noviembre de 1979 y la pavimentación de sus calles se hizo por convites.
 

CARACTERISTICAS

Montebonito es un pueblito lindo con una temperatura promedio de 19 ° C; produce excelente café, arracacha y verduras y posee un gran potencial en el área del turismo ecológico con sus paisajes, la variedad y profusión de flora y fauna, el verdor de sus laderas, los caminos de aventura, los sistemas hídricos, la proximidad de los nevados,  las tradiciones y el folclor que se ve en todo su esplendor en las  Fiestas de La Tolda. Es uno de los últimos reductos de montaña que permiten evocar el pasado y que  vale la pena rescatar, antes que el modernismo desplace  las últimas casas coloridas de madera parada  donde entre margaritas y afrecheros se  levantaron los abuelos del arrugado territorio del oriente caldense.