domingo, 13 de marzo de 2016

LA LEYENDA DE LA QUINTRALA


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

En la iglesia de San Agustín en  Santiago de Chile se venera un  Cristo con una  corona de espinas  que se deslizó hasta su cuello en el terremoto  de mayo de 1647. Nadie lo toca, nadie lo mueve, pues dicen que al hacerlo la tierra temblará  y dejará  en ruinas  a todo el territorio.

Esta imagen colonial del Cristo de la Agonía está ligada a la leyenda de  Catalina de los Rios Lisperguer, una poderosa estanciera del  siglo XVII, cuya vida es fiel retrato de la sociedad de ese tiempo: cruel, fanática e inmersa en la guerra.

Catalina  era  mala, muy mala, manipuladora, criminal y abusiva. No era  la excepción: era  similar a muchas mujeres solitarias de los primeros años de la colonia española, que debieron sobrevivir en un territorio hostil y alejado, lleno de peligros y acechanzas,  tal como le sucedió a  la amante del  conquistador Pedro de Valdivia, Inés de Suárez, que decapitó a siete caciques prisioneros en el asalto  dirigido por Michinalco el 11 de septiembre de 1541

Ese tipo de mujeres sanguinarias y enigmáticas surgieron  entre el caos y  la barbarie, rodeadas por la servidumbre de negros e indígenas, presta al ataque aleve  Fueron mujeres convertidas en padres y madres mientras los maridos luchaban al sur del río Bio Bio contra las tribus mapuches o hacían frente a los malones de los nativos en el centro chileno. Eran capitanas y guerreras en un ambiente donde la compasión era debilidad y la ternura un signo de cobardía.

Quizás lo anterior explique la conducta cruel de Catalina de los Ríos, aunque no justifique sus actos reprobables que se convirtieron en leyenda negra.

LA QUINTRALA

La quintrala  es una enredadera de flores rojas; por eso le dieron ese nombre a Catalina, una bella mujer de tez blanca, cabello pelirrojo, elevada estatura y ojos verdes. En lo físico era la conjunción de sangre mapuche, con española y alemana y espiritualmente fue  un torbellino donde confluyó lo peor de Europa con lo más malo del Nuevo Mundo. Ella fue, sin duda, la antítesis de las damas de mantón y encajes que frecuentaban los templos y conventos de Lima, Santa Fe o Nueva España.

La Quintrala nació en 1601 del matrimonio  de un encumbrado terrateniente, General del Real Ejército y de una dama, aficionada a la hechicería que asesinó a latigazos  a una hija bastarda de su marido e intentó matar al gobernador Alonso de Ribera. La Quintrala  jamás acató la autoridad paterna,  quizás por ello envenenó a su progenitor con un pollo que le preparó cuando estaba enfermo; aunque se reportó el crimen y todos los indicios apuntaban a Catalina, la muerte de Gonzalo de los Ríos quedó en la impunidad por falta de pruebas y por la intervención de la familia que quiso encubrir el escándalo.

Al  morir su hermana, la Quintrala se convierte en la mujer más poderosa se Chile: hereda haciendas a un lado y otro de los Andes, es ama de centenares de esclavos, y maneja encomiendas indígenas. A los 22 años  de edad  contrae matrimonio con un soldado de fortuna que se convierte en juguete de sus caprichos y en cómplice de sus crímenes. Catalina juega con sus amantes como el gato con los ratones, asesina por lo menos a dos de ellos y cuando un fraile denuncia sus abusos con los indios también lo manda matar.

Bajo el influjo de una bruja mapuche, la Quintrala practica la hechicería y sin ninguna  humanidad explota a los negros y a los indios de sus estancias y encomiendas a quienes maltrata, tortura y elimina  sin que nadie la detenga, porque teniendo muchísimo dinero era pródiga con los jueces.

En el año 1660 la Real Audiencia inicia una investigación oficial  ante la magnitud de las denuncias y comienza un proceso en su contra; se le acusa de 39 muertes y se le condena por catorce de ellos; no se encarcela pero debe pagar mil pesos por cada negro  y  quinientos pesos por cada uno de los indios asesinados.

COMPRANDO EL CIELO

Un día azotó a una esclava y derramó mercurio ardiente sobre los latigazos, entonces se desprendió el Cristo que pendía de una pared y la Quintrala sintió su mirada de reproche.

-       Yo no permito que ningún hombre me mire con mala cara- dijo- y arrojó el Cristo a la Calle donde lo recogieron unos religiosos y lo ubicaron en un altar de la iglesia de San Agustín-

Cuando enferma sintió que se le iba la vida, la Quintrala acudió al Cristo, por remordimiento, tal vez, o aterrada por la inminencia del infierno. Se postró a sus pies e imploró su misericordia.

Para borrar las culpas y ganar el cielo la Quintrala ordenó la celebración de veinte mil misas, entre ellas quinientas por los nativos que fallecieron por sus malos tratos. Además estableció una capellanía para sufragar una procesión anual en honor al Santísimo y donó cuantiosos bienes a los jesuitas.

La Quintrala falleció a la edad de 61 años. Sus funerales fueron fastuosos, se encendieron mil cirios y con hábito de San Agustín se le sepultó en  el templo.

Catalina de Los Ríos Lisperguer  fue la figura femenina de Chile en el siglo XVI;  su historia permaneció por siglos perdida en los  archivos coloniales hasta que el historiador Benjamín Vicuña M.  los desempolvó, la imagen de la Quintrala saltó al cine y a la televisión y la leyenda se sumó a la historia.