domingo, 27 de marzo de 2016

LA OCUPACIÓN PERUANA DE PUERTO LETICIA


Alfredo Cardona Tobón *
 
 

Los españoles no delimitaron las enormes  extensiones deshabitadas del Amazonas, donde los portugueses se adentraron por ríos y caños   extendiendo su dominio sin respetar el Tratado de San Ildefonso que solamente concedía una faja costera a la colonia brasileña.

Durante el dominio español el virreinato de la Nueva Granada se extendía nominalmente hasta el rio Amazonas; sin embargo era nula su presencia en ese territorio, adonde llegaron  por primera vez los hermanos Reyes a fines del siglo XIX. En mapas confusos no se sabía hasta dónde llegaban las fronteras:  los colombianos pretendían un territorio difuso, en tanto que los peruanos ocupaban de hecho una vasta zona que iba desde Iquitos hasta el río Caquetá.

Tanto  Ecuador como Colombia  y el  Perú  reclamaban derechos sobre  parte de la Amazonia; en 1916, mediante el tratado Lozano- Salomón se fijaron  límites con Ecuador tomando como base el  divorcio de aguas entre los ríos Putumayo y Napo; esto  daba a Colombia una amplia faja al sur del  río Putumayo y  en contraprestación para Ecuador se quitaba la presión del Perú sobre su territorio. Pero en el año  1922 en un acuerdo  traicionero, Colombia entregó al   Perú el territorio que cedió Ecuador  recibiendo a cambio el  trapecio amazónico.

EL CASERÍO DE LETICIA

En 1867 el gobierno de Brasil había montado una batería de cañones en el punto de Tabatinga  en vista de lo cual los peruanos instalaron una base militar en un punto cercano que el ingeniero Manuel Charón denominó Puerto Leticia, en memoria  de la bella loretana Leticia Smith Buitrón, que Charón cortejó sin esperanzas. Los comunicados oficiales identificaban la instalación militar con el nombre de General Castilla, pero el caserío aledaño, fundado por dos comerciantes y varias familias peruanas, continuó conociéndose como Puerto Leticia.

A las cinco de la tarde del 24 de marzo de1922 con la firma del Tratado Suarez- Muñoz Vernaza,  Perú cedió a Colombia un territorio en forma de trapecio que conectaba esta nación con el rio Amazonas, en tanto que el Putumayo marcaría la frontera común a lo largo de 1626 kilómetros. Aquí empezó  un enredado proceso, pues habitantes de la provincia de Loreto, con capital en Iquitos, no  estaban de acuerdo con el recorte de su territorio; los habitantes de Leticia no querían cambiar de nacionalidad y un gran número de peruanos se oponían a que otro país conformara con Perú  y Brasil el condominio del Amazonas.

En el año  1927 el Senado del Perú  aprobó  finalmente el  Tratado Suárez- Muñoz Vernaza y en agosto de 1930 la bandera de Colombia ondeó por primera vez en Leticia, que por ese tiempo era un rancherío miserable sin edificios de gobierno, sin hospital ni escuelas.

Cerca de Leticia el ciudadano peruano Enrique Vigil había  establecido la estancia “Victoria”  que surtía de azúcar y mieles a Iquitos; con el cambio de nacionalidad  sus finanzas se resintieron notablemente al pagar derecho de aduana por sus productos.  En vista de ello, ofreció la hacienda al gobierno colombiano, pero no obtuvo respuesta; esta inversión de ochenta mil dólares que no se hizo, representaría a Colombia el gasto de millones de dólares en armamento y en suministros de guerra, porque fue en “La Victoria” donde se fraguó la ocupación peruana de Leticia.

VUELVEN LOS PERUANOS

A las cinco y cuarenta minutos de la mañana del primero de septiembre de 1932, el secretario de la alcaldía de Leticia oyó el paso acelerado de varias personas; abrió  la puerta, se asomó a la calle y vio doce civiles armados de carabinas. Al preguntar que sucedía le contestaron: “Somos peruanos  que venimos a tomarnos a Leticia.”  Al descubrir que era funcionario colombiano lo llevaron detenido al Resguardo de la Aduana junto con el intendente, el administrador de Aduanas, dieciocho policías, al telegrafista, un mecánico y varios  maestros.

Los invasores contaban con carabinas Winchester, fusiles máuser, una ametralladora y dos cañones. Hubo  un profuso tiroteo pero no hubo heridos ni muertos; a los retenidos los expulsaron a la localidad brasileña de Benjamín Constant, sin que se sepa de otros atropellos y maltratos.

Entre los promotores del asalto figuran el ingeniero Oscar  H. Ordoñez, el alférez Juan F. de la Rosa y Enrique Vigil. La toma de Leticia fue un hecho anunciado,  hasta los niños de la escuela estaban al tanto de la incursión, de tal modo que días antes pintaban la bandera peruana y decían a los maestros que no les enseñaran geografía de Colombia porque pronto volverían a ser peruanos.

Las autoridades  bogotanas también lo sabían, pero nada hicieron para prevenirlo, ni reforzaron la guarnición porque se sentían incapaces de hacer frente a un ataque peruano en esa zona tan lejana de cualquier base colombiana.

De inmediato la gente de Iquitos desconoció el Tratado   de 1922 y  respaldó a los invasores.  El  tres de septiembre llegó a Leticia  un hidroavión peruano  y la lancha cañonera “América”  con lo cual se reforzaron las fuerzas loretanas y se  empezó a oficializar la ocupación.

Los sucesos de Leticia se conocieron al día siguiente  en Bogotá: el presidente Olaya Herrera los consideró como un asunto de policía, mientras el presidente peruano, Sánchez Cerro  inculpó a los comunistas y The New York Times anotó en tono jocoso, pero realista, que las hostilidades empezarían cuando los gobiernos de Colombia y el Perú supieran dónde quedaba Leticia.

Mientras el gobierno de Lima apoyaba a los loretanos y trataba de engañar  al gobierno de Colombia que inútilmente trataba de conseguir que Lima desautorizara a los invasores, el  18 de septiembre unas sesenta mil personas se concentraron en la Plaza Bolívar  de Bogotá  mientras miles de colombianos marchaban por las calles de las capitales y poblaciones del país con carteles que decían “Queremos la guerra”, “Vamos a Lima”: Estaba fresco el recuerdo de la separación de Panamá y  no se quería otro recorte del suelo patrio.

En Manizales se conformaron  escuadrones de caballería, en todas partes los  ciudadanos  regalaron sus joyas y hasta sus anillos de bodas para comprar armas; en Pereira donaron  mulas y se compraron otras y hasta la parcialidad de Naranjal, en el Resguardo de Quinchía, se sumó al esfuerzo bélico y se puso a las órdenes del presidente  Olaya Herrera en la carta donde se lee:

“Su Excelencia en el Capitolio  o en el Palacio de la Carrera, tomando medidas de hir   abante  diacuerdo con todos sus ministros; y nosotros en las selvas del Caquetá brindándole proyectiles peruanos”. (sic)