sábado, 23 de julio de 2016

EL ARTE DE JUNINIAR




Por Álvaro Cadavid M.


 



 

De vez en cuando, y sólo por urgente necesidad, llego al centro de la ciudad y más especialmente a la zona de Junín entre La Playa y el Parque de Bolívar y no puedo dejar de añorar el Junín de mi época. Y esta añoranza no es solamente una cuestión de la transformación física que sufrió el entorno, sino el cambio social y cultural de lo que antes fuera una verdadera zona rosa para los “pipiolos”,“piernipeludos” o “cocacolos” de nuestra generación. Allí llegábamos todos los estudiantes de San José, San Ignacio, Calasanz, Marco Fidel o Pascual Bravo engominados con Glostora, Anzora  o Lord Cheseline y olorosos a Pino Silvestre o a Vetíver y con nuestros bluyines Wrangler con pretina brillada con pomada Brasso y mocasines apaches o tenis Croydon blanqueados con Griffin, a pararnos como garzas en El Cardesco o en la puerta del exclusivísimo Club Unión, hoy un centro comercial más, a mirar y a suspirar por las uniformadas chicas de La Presentación, de La Enseñanza, de María Auxiliadora, del CEFA o del Marymount  (con la falda por debajo de la rodilla) y a echarles piropos como: “parece que dieron vacaciones en el cielo porque se les voló un angelito”, o los más atrevidos: “ si como camina cocina, me le como hasta el pegao”.

 

Indudablemente que esa desvanecida conexión paisa quedó relegada al plano de los recuerdos, pues ahora lo que fue el Doña María donde íbamos a comer papitas a la francesa con Coca Cola se convirtió en un restaurante más, el teatro María Victoria en otro centro comercial, el extraordinario teatro Junín donde vimos las mejores zarzuelas españolas, a la declamadora argentina Bertha Zingermann, a la Orquesta típica Tokio, a Bill Halley y sus Cometas o a Campitos y sus Tres Reyes Vagos se volvió el inexpresivo edificio Coltejer, el Salón de billares y Academia de ajedrez Metropol, centro obligado de intelectuales y vagos de Medellín y de propiedad de don Harry Gainer, padre de Aura Cristina Gainer , es hoy una venta de artesanías y camisetas. El pasaje La Playa – Parque de Bolívar evolucionó en  un completo mercado persa lleno de vendedores, donde lo pensable y lo impensable se enfrentan en una lucha mercantil sin tregua, como la venta de discos y libros piratas, loteros, gente entregando papelitos con propaganda de adivinas, palacios del colesterol llamados El Tragadero, El Embuchadero o El Meloneadero “todo a $500” y hasta la grotesca y nauseabunda chunchurria tiene un gran palco de honor. Y lo que una vez fue la zona más exclusiva de Medellín se convirtió en un paraíso para rebuscadores,  atracadores, prostitutas y travestis. ¡Qué pesar!

 

Juniniar, para los que tuvimos la dicha de experimentarlo, era una experiencia casi religiosa donde se conjugaban la inocencia y la malicia en un contubernio falaz, pues las imposiciones morales de la época no permitían la libre expresión sexual de la que hoy en día gozan las nuevas generaciones de “sardinos y sardinas” llenas de tatuajes y de piercings . Para nosotros el reto de la conquista empezaba en Junín, pues era allí el sitio de encuentro obligado de los jóvenes ávidos de acercamiento y cargados de hormonas. El teatro Lido, recién restaurado, era cómplice incondicional de encuentros furtivos entre chicos y chicas que se escapaban de los colegios, nunca mixtos, para encontrarse a ver a Sissy Emperatriz , a Pili y Mili y sus comedias rosa, a La Novicia Rebelde, Los Diez Mandamientos, El Bombero Atómico, Tuya en septiembre, Nunca en domingo o al Doctor Zhivago y salir luego a comer conos de ron con pasas a la heladería San Francisco o, si la mesada era buena, al Salón Versalles a comer sánduches de queso derretido, al Astor a comer “moritos” con jugo de mandarina o al Sayonara y su ensalada de frutas con helado. Era en estos lugares donde se formalizaban los noviazgos de las Santamaría con los Mora o de las Echavarría con los Lara, la élite de la sociedad medellinense. 

 

Luego de una tarde de infantil acercamiento y de una ocasional “chupada de piña” en el teatro, era normal salir como dos tortolitos tomados de la mano recorriendo parsimoniosamente a Junín para regresar a los respectivos colegios e inventar las excusas-mentiras del porqué de la ausencia a las aulas escolares.  Esa misma noche no faltaba el tío alcahueta que financiara la serenata, no con mariachi ni mucho menos con un conjunto vallenato, sino con un trío de guitarras como Los Romanceros cantando Chacha Linda o Bendición Celestial, el Trío América, Los Albinos o el trío Ensueño de Roger Jalil, el apuesto ecuatoriano-árabe por el cual se derretían las novias de uno. Los sitios de reunión de los músicos eran El Escorial, El Crillón o el Primero de Mayo, a la vuelta de Junín con La Playa frente al teatro Metro Avenida.

 

Al llegar a la ventana de la amada ella tímidamente encendía la luz después de la segunda canción para manifestar su aceptación y su presencia.  Por supuesto que no faltaba el amigo borracho, que en voz alta pedía silencio para que no se despertara la novia, le indicaba al trío el orden de  las canciones y luego se orinaba en la llanta del taxi. ¡Qué pena con la chica! Al final de la serenata aparecían como por arte de magia sitios como el Bar Argentino, El Pakistán  o Marta Pintuco, Cándida Rivillas, La Nena o alguna de las casas de lenocinio de Lovaina o El Fundungo y sus alrededores, todas con música en vivo y bombillito rojo en la puerta. Dentro de estos lupanares siempre había un gobelino con una escena de caza de un príncipe y su séquito, lo mismo que  una araña gigante con un bombillo rojo intermitente debajo del arácnido. ¡Ah!, y ya en las horas de la madrugada no podía faltar la arepa con carne asada de El Ventiadero, el bisteck a caballo en El  Cañaveral o los tamales de El Capitán López. ¡Ah bueno que pasábamos!... Y el que niegue que estas fueron unas deliciosas experiencias  miente como una vil sirvienta cartagueña.

 

Como quiera que sea, de la mística del “juninazo” sólo quedan fragmentos de imágenes de aquella era dorada de ilusiones y alborada de nuestros primeros amores, donde lo más importante era el respeto por la mujer y la delicadeza del hombre en su trato hacia ella. Era la maravillosa época de las poesías , donde todos los jóvenes escuchábamos al Indio Duarte o a Rodrigo Correa Palacio y nos sabíamos de memoria El Duelo del Mayoral, El Brindis del Bohemio o La Canción de la Vida Profunda, escuchábamos en la radio las voces de Mario Lanza,  Ferruccio Tagliavini, Mario del Mónaco, Charles Aznavour o Edith Piaff, las orquestas de Mantovani, Frank Pourcel o Raymond Lefevre y también las  canciones de Nat King Cole,  Alfredo Sadel, Eddie Gormé y Los Panchos, Nicola di Bari y Gigliola Cinquetti. No era extraño que en nuestras tertulias juveniles comentáramos acerca de libros como La Metamorfosis de Franz Kafka,  Los Miserables de Víctor Hugo, La Guerra y la Paz  de Fiódor Dostoievski y hasta Lolita de Vladimir Navokov. En fin, era un período de cultura general muy vasta el que nos tocó a todos los de esa privilegiada generación de adolescentes en la “veya biya” de esos años.

 

Fue también una época inocente y ”montañera”, donde el equivalente a Disneylandia era una tarde entera montando en las escaleras eléctricas del almacén Caravana (“El gigante de los precios enanos”) y en la cual florecieron las “heladerías” de la 70 como La Careta, El Coche Rojo, El Dino Rojo y sitios elegantes como el Fujiyama y El Fantasio y “grilles” más oscuritos como El Buho, La Ballena de Jonás o el grill La Montaña con sus “hermosas meseritas”  para llevar a los “numeritos” de aquel entonces, hoy llamadas “prepago”, a “bailar amacizao el botecito”. Las chicas “bien”  tenían una libreta de autógrafos con dedicatoria de todas las compañeritas de colegio y de sus amigos más cercanos (“Un autógrafo me pides, un autógrafo te doy, nunca cambies a tus padres por los jóvenes de hoy”, etc…), papelitos  guardados  entre los libros  con  acrósticos  que  el novio o un amigo “muy sabido” elaboraba con el  nombre de  ellas, álbumes con fotos y  también “grazitos” en blanco y negro con el borde recortado con tijera de pico y pegadas al álbum con esquineros Además fue el período romántico del pañuelo con el nombre del novio bordado con uno de los cabellos de la novia y de un respeto profundo hacia los mayores, que eran quienes mandaban.

 

A las chicas no les podía faltar el inseparable “neceser”  Mesacé cuyo contenido era siempre el mismo: billetera Buxton, cepillo Fuller, botellita de plástico de Kleer Lac para retocarse “la toga”, un frasquito miniatura de Channel Nº 5, cigarrillos Parliament  o Chesterfield y “candela” Ronson o Colibrí. Y por la noche, de 7 a 10,  no faltaba  la visita con “candelero”, el hermanito menor que siempre pedía plata para evaporarse por diez minutos o, en el peor de los casos, una suegra malencarada que fingía estar tejiendo algo pero que de vez en cuando manifestaba su rolliza presencia con una molesta tos protagónica. ¡Qué pereza!...

 

Las fiestas de quince años eran en la casa de la chica, con orquesta, meseros y llorada de la quinceañera pues el día anterior había peleado con el novio (el pobre no tenía plata para el regalo). Unos cuantos años después, cuando por fin se formalizaba la relación, los preparativos para la boda empezaban en Parisina donde se escogía la tela para las damitas de honor, después Saraflor donde se compraban los muebles, luego  en Mora Hermanos para los electrodomésticos y, si la novia era “de modito”, se alquilaba el Club Unión y se contrataba a Lucho Bermúdez o a la Italian Jazz para que amenizara la fiesta. ¡Qué tiempos aquellos!.

 

Pero de aquel delicioso  y respetuoso entorno hacia las mujeres y hacia los ancianos sólo nos quedan los recuerdos, a los que ya “borramos el primer fichero” y somos abuelos de los sardinos “emos”, “metrosexuales” o “gays”, a quienes no se les puede reprender y mucho menos disciplinar o “darle una pela” si roban en un almacén o despedazan el carro de un vecino, pues como la ley los protege pueden hacer lo que les venga en gana impunemente  pero, eso sí, nos exigen a “los cuchos” que los mantengamos y les compremos tenis de $250.000 y que les demos dinero continuamente para “la rumba” o de lo contrario entablan una demanda “por intromisión en el desarrollo de la libre personalidad”, y nos pueden quitar la patria potestad y hasta nos pueden “encanar”. Parece una telenovela, pero es la realidad actual.

 

Aseguran que cuando uno dice que todo tiempo pasado fue mejor es porque ya está viejo. En ese caso abiertamente me declaro un fósil del Cretáceo Superior, puesto que el Junín que vivimos sí  fue un millón de veces mejor que el de ahora y los jóvenes de la actualidad  ni se imaginan lo que era ese Medellín , sano y pícaro, vivaz y rezandero, santo y pecador, todo al mismo tiempo. Pero todo evoluciona, y ese Junín romántico no pudo escapar a la metamorfosis comercial que lo transformó en una calle fría, sin alma y llena de desechos físicos y humanos, donde los únicos testigos que sobreviven son el Salón Versalles y el Astor, como dinosaurios que se resisten a morir ante el cataclismo tecnológico e informático que robotizó el pensamiento humano del siglo XXI alrededor del planeta y al cual no somos ajenos. Y si es verdad que recordar es vivir, ¡yo soy inmortal!...












lunes, 18 de julio de 2016

BOLÍVAR Y EL 20 DE JULIO DE 1810

JAIME LOPERA



  

                               Bolívar diplomático- Pintura de Rita de la Peñuela
 
En alguna calle de Londres hay una placa de mármol negro con la siguiente inscripción: “En honor de Simón Bolívar el Libertador quien, debidamente acreditado como primer representante hispanoamericano, fue recibido en este palacio el 17 de julio de 1810 por el Marqués Wellesley, Primer Secretario de Estado de su Majestad en la Cartera de Relaciones Exteriores”.
 
Esta es una primera respuesta a un amigo quien me sorprendió recientemente al preguntarme si sabía dónde se hallaba Bolívar el 20 de julio de 1810.  Este episodio de la vida del Libertador, como su breve paso por la isla puertorriqueña de Vieques, es usualmente desconocido por la gente por lo cual se hace oportuno recordarlo.
 
José Bonaparte, entronizado como Rey de España por su hermano Napoleón, ya había ocupado a Madrid y por lo tanto los franceses eran dueños de toda la provincia de Andalucía. La Junta Central de Sevilla, que manejaba desde allí todas las Juntas de ultramar y por supuesto la de la Nueva Granada, es acosada por todas partes por la fuerzas de ocupación; entonces esa Junta Central decide renunciar en masa el 29 de enero de 1810 porque, como cuenta Mancini, “España ha caducado”. En forma simultánea corrió la voz en el Caribe de que los franceses irían en pos de Jamaica, reducto de los ingleses en esa zona. Ese rumor fue recogido por los venezolanos quienes, ante esta presunta amenaza, decidieron enviar de inmediato una comisión a Inglaterra con el ánimo de ayudarse mutuamente ante la amenaza francesa.
 
Bolivar es nombrado a la cabeza de esa delegación para buscar que los ingleses sirvieran de escudo a los americanos que pugnaban por la independencia de España. No obstante, oh sorpresa, cuando la comitiva llega a Londres ya los ingleses habían formalizado su alianza con los españoles! La alianza Inglaterra-España contra Francia ya se había materializado.  Al mismo tiempo la comitiva americana llegó a ese país y, para evitarse problemas diplomáticos, Lord Wellesley, Secretario de Estado de Inglaterra, recibió al cortejo americano en su palacio particular de Apsley House, donde se encuentra la placa de mármol, ofreciendo un tímido apoyo político aunque reforzando el aspecto comercial de intercambio. La delegación había fracasado.
Como no se alcanzaron todos los objetivos políticos de la delegación, parece que el mejor producto del viaje fue la manera como convencieron a Francisco de Miranda de regresar a Venezuela y ponerse a la cabeza de los patriotas.
 
El caraqueño Miranda en efecto estaba bien conectado en la City. Como fundador, en 1797, de la Logia Americana, tenía en la capital londinense un vasto caudal de seguidores que le acompañaban bajo la idea de los principios igualitarios que la francmasonería predicaba. Los “caballeros racionales”, como solían llamar en el continente a los amigos de Miranda, se empezaron a fortalecer en muchas partes, en especial en Cádiz donde eran numerosos sus partidarios hacia 1808.
 
Por el “taller” o logia de Miranda, en Grafton Square, habían pasado todos los que anhelaban una tierra americana independiente. Por allí desfilaron el ecuatoriano Rocafuerte, el chileno O’Higgins, el mexicano Servando Teresa de Mier, el argentino San Martín, el granadino Nariño y, desde luego, el venezolano Bolívar.
 
En consecuencia, fueron las excelentes amistades de Miranda con los masones ingleses las que le facilitaron a Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez, sus acompañantes, poder ser recibidos por el Marqués de Wellesley, Secretario de Estado de Inglaterra, a quien le entregaron una nota en la cual solicitaban la mediación de los ingleses para el mantenimiento de la paz en los países del Caribe. Ya se sabe que, en esos momentos, la respuesta fue insuficiente para la expectativa de los americanos.
 
Según el libro del padre Emiliano Londoño, Bolívar Paso a Paso, ese 20 de julio de 1810, fecha de la mencionada e inoficiosa nota, Bolívar estaba pues en Londres, a la edad de 27 años, gestionando con Miranda y Bello la ayuda a la emancipación americana. Daniel A. del Río, otro historiador del Libertador, señala que la visita a Wellesley se realizó tres días antes (el 17 de julio) como lo muestra la placa aludida y no exactamente el 20. Con todo, la historia sobre la visita londinense queda confirmada para dicha época y Bolivar estaba en el exterior.
 
18 de julio de 2016


Amigos,
Hace unos días publiqué una nota sobre el lugar donde se encontraba Bolivar el 20 de julio de 1810. La versión brindada es que se hallaba en Londres, pidiendo una cita a la Corona británica para solicitar ayuda a la causa de los patriotas. Como en esa fecha ya los ingleses se habían comprometido con los españoles para ayudarlos a combatir a Napoleón (y la lucha americana era precisamente con los hispanos), el Rey de Inglaterra no recibió a Bolivar, ni a su comitiva (donde andaba Andres Bello) y los remitió hábilmente a que hablaran con el Marqués de Wesley, Ministro de Relaciones Exteriores (1810). Como es obvio, no pasó nada más que unas genuflexiones y unas formalidades.
Por iniciativa propia dos colombianos, Jaime Naranjo y Rafael Deogracias, se dieron a la tarea de buscar una placa conmemorativa que existía en Apsley House, sede de ese Ministerio donde fue recibido Bolívar con cortesía pero sin promesas.
Así dice nuestro corresponsal londinense: “El edificio, tanto exterior como interiormente es grandioso con una colección de arte impresionante. Busqué la placa conmemorativa del encuentro en Apsley House de Simon Bolívar con el Marqués de Wesley (Ministro de Exteriores en 1810 y hermano mayor del Duque de Wellington, vencedor de Waterloo) pero no la encontré. Pregunté en recepción y me dijeron que hace dos años renovaron el Hall de la entrada y removieron la placa porque querían que toda la casa estuviera en consonancia con la obra y carrera del primer Duque de Wellington; la casa está aún en Hyde Park Corner (ver foto anexa) en el # 194 de Picadilly. Pero me aseguraron que la placa había estado allí”.
Hasta ahí llegan nuestras indagaciones, aun cuando queda por constatar en los archivos de Londres la correspondencia oficial con los británicos para confirmar que la cita se produjo realmente y que los mensajes fueron conocidos entre las partes. Finalmente fue Miranda quien –con sus roces con la masonería europea y en especial la inglesa—logró alguna ayuda británica. Pero es harina de otro costal.
Cordial saludo, Jaime Lopera