viernes, 9 de septiembre de 2016

LA VIRGEN DE LA POBREZA


Alfredo Cardona Tobón. *

 

                                             Virgen de la Pobreza de Cartago



En el año 1602 graves sucesos sacudieron  a Cartago, una ciudad fundada por Jorge Robledo entre los ríos Otún y Consota; los nativos  conspiraban contra los  españole motivados por el espíritu de Nobsacadas, una deidad indígena, que según cuentan, hablaba por boca de un ídolo, animando a los americanos a sacudir el yugo invasor y borrar de la faz de la tierra al Dios cristiano, a los animales traídos de ultramar y a todo aquello que representara la civilización  europea.

 

Los misioneros establecidos en el Quindío vivían con tal angustia, que, según narra Fray Pedro Simón, cargaban permanentemente una escopeta y aún en misa la tenían cargada y arrimada cerca del altar.

 

El 24 de junio de 1603 el Cabildo de Cartago se lamentaba del cerco impuesto a la ciudad por las tribus de los pijaos  y los putimaes, que impedía el cultivo de las tierras y el trabajo de los  aterrorizados indígenas de las encomiendas. Al sobresalto de los  nativos hostiles  se sumaba la erupción del volcán del Tolima cuyas fumarolas parecían lenguas infernales en la oscuridad de la noche que esparcían  cenizas candentes que arruinaban bosques y pastos.

 

 Además, para colmo de males, se agregaba el paulatino empobrecimiento de los filones y de las arenas donde yanaconas, esclavos y  mazamorreros extraían el oro.Los cristianos rogaban a su Dios por un milagro que les diera fortaleza ante tantas adversidades.

 

Cuenta la leyenda que por ese entonces vivía en el convento de San Antonio de Cartago una india  quimbaya que atendía a los monjes, aseaba la iglesia y lavaba  los ornamentos religiosos. Todas las mañanas  María Ramos se dirigía al río cercano con los manteles, las albas, las estolas para lavarlos con uno frutos conocidos por los naturales que los dejaban tan blancos como la nieve que en días despejados se contemplaba en los picos del Cumanday.

Cuentan que al  ndio pijao llamado Juan Guabio le desagradaba el fervor sumiso de María Ramos y por ello decidió asesinarla en una de sus tantas idas al río Otún; pero siempre que se acercaba y la acechaba desde los matorrales, la presencia de una señora blanca, con porte imponente,  que parecía no desamparar a la india, impedía la consumación del delito.

 

Una mañana de 1608  María Ramos  llevó   una manta hecha jirones que se utilizaba para limpiar los candeleros, al lavarla y extenderla descubrió en el retazo deshilachado algo parecido a la imagen de La Virgen; asombrada ante tal hecho la mujer corrió a mostrar el portento al  Padre Guardián del Convento.

 

Cuando extendió la manta ésta se fue resanando de las grandes y muchas desgarraduras, hasta que apareció la imagen bella y armoniosa que hoy admiramos en el moderno Cartago del río de La Vieja.

 

En el año de 1690 Fray Tomás Sierra divulgó  el suceso milagroso; cuarenta años después el provincial  franciscano Fray Dionisio del Camino, reunió el testimonio de quince testigos del caso extraordinario que confirmaron la  existencia de Juan Guabio, que en una de las entradas de Martín Bueno a territorio hostil lo puso preso y en cautiverio se  convirtió en un cristiano fiel  aliado de los vecinos de Cartago.
                                            Virgen de la Pobreza de Pereira

 

El historiador Juan Friede dice que no existió María Ramos sino la devota encomendera De Coche y Soitama  que velaba con solícita piedad los intereses del  Convento y en cuyas  manos  la arruinada manta se convirtió en un portento. Otros autores dicen que no hubo presión de los nativos y las noticias de rebeliones contra los españoles fueron mentiras inventadas para poder trasladar a Cartago al sitio de Las Sabanas.

 

Los vecinos de la vieja ciudad poco a poco se trasladaron a orillas del rio La Vieja y al final trastearon las campanas y los ornamentos junto con la imagen de la Virgen de La Pobreza que actualmente se venera en el templo de San Francisco de la ciudad de Cartago.
Al fundarse la Villa de Robledo en el sitio donde Jorge Robledo fundó la primera población de Cartago, las damas dela aldea lideradas por doña Bárbara Robledo Vélez encargaron una copia de la Virgen de La Pobreza al pintos  Joaquín Jaime Santibáñez, que es la que acompaña a los pereiranos.


Algunos no creen en el milagro de la restauración de la pintura y dicen que es obra de un pintor anónimo; no importa si fue un hecho prodigioso o no lo fue; las dos imágenes, una original y otra copiada son   y una luz de esperanza y un rayo de sol en estos tiempos de tinieblas.
El pueblo necesita en que creer y a cartagüeños y pereiranos no les cae mal sentir la presencia de la Madre de Jesucristo en estas tierras.

 

 

 

domingo, 4 de septiembre de 2016

DON LIBARDO FLOREZ Y AGUADAS Y SU CLASE OBRERA


Alfredo Cardona Tobón*


El  insigne institutor  Libardo Flórez fue  uno de los creadores de las Fiestas del Pasillo;  se desempeñó como rector de  varios colegios en el Viejo Caldas y trabajó algunos años en la  Secretaría de Educación del Departamento.

En Julio de 1997 la Cámara de Representantes distinguió a don Libardo con la  Orden de La democracia, como testimonio de gratitud para un personaje que modeló muchas generaciones y las llevó por los caminos de la virtud y del trabajo.

 Dondequiera que estuvo,  don Libardo llevó consigo a su pueblo natal, tierra grata que le confió todos sus secretos. En el  vasto trabajo literario de don Libardo, se refleja  el pueblo raso de la “Ciudad de las Brumas”  cuya esencia quedó sintetizada en “Crónicas de Aguadas”.

Revisando viejos papeles encontré  una página inédita  carcomida por el tiempo y las polillas que alguna vez me confió don Libardo. Sólo quedaban unos fragmentos que armé como un crucigrama, respetando la esencia del escrito sobre los artesanos de Aguadas.

Dice así este  artículo basado en las memorias de don Libardo Flórez:

De regreso a las Fiestas del Pasillo, en la pendiente adornada con piedras colocadas como puntos suspensivos, se escuchaba quedamente el eco de Luisito, el sastre, cuando tatareaba “El coro de los martillos”:  ¡Oh… ¡Oh! Desde que surgió la luz/ vamos entre el dolor/ tras un florido amor…”

En el estrecho cuchitril que servía de taller, el “Viejo” alumbraba  la imagen descolorida de  San Cayetano con la esperanza de un trabajo   o al menos el pago de cuentas atrasadas de unos clientes  de Las Encimadas y Caciquillo para poder comprar arroz y panela y ahuyentar las hambres atrasadas.

Calle abajo de la sastrería de Luisito estaba la  fragua del  “Cabezón”, donde doblaba el hierro al rojo vivo para dar forma a las herraduras y  los recatones, mientras refrescaba el gaznate  con aguardiente amarillo y calmaba a punta de trago el dolor de  los juanetes y los callos.

 En la calle de salida al corregimiento de Arma tenía su  lugar de trabajo el Maestro Gildo, un carpintero “ateo y comunista”, con una cachucha que hacía juego con el lápiz que  llevaba sobre la oreja. Gildo era  un intelectual de su oficio para quien los arquitectos modernos, por ahorrar dinero, no tenían en cuenta los ángulos y las alturas en las construcciones  y de ahí la cantidad de borrachitos desnucados en los  hogares y de matronas destortilladas en las escaleras.

Cura y carpintero no rimaban, pero   acosado por la necesidad  el párroco contrató a Gildo para un trabajo en el templo. Un día el sacerdote, conociendo la vena del carpintero, le preguntó con sorna: “Don Gildo, sabe por qué  a los aguacates los llaman curas?-

“Por dañinos señor cura”- contestó Gildo, que   impertérrito continuó  echando serrucho.

Cuenta don Libardo Flórez que por lo general los artesanos  alumbraban las imágenes de su devoción  y empapelaban sus talleres con figuras de mujeres desnudas. Según  Misael Llano,  zapatero remendón,  en esa forma   lograban la bendición del Altísimo con los cuadros de  los santos y ahuyentaban con los cuadros obscenos al sacristán, a las cantarilleras y demás pedigüeñas de oficio.

En la funeraria de Jesús Ramírez, alias el ”Chulo”, los trabajadores dormían la siesta en los ataúdes, en tanto que Don Isidro, el ebanista, trabajaba sentado a causa de la artritis y sus operarios, al igual que en la funeraria, en los días de pago  dormían la rasca en los sillones y muebles en construcción..

 “El Garrapatero” enseñó a su hijo el oficio de la zapatería. Al  terminar de prestar el  servicio militar, el retoño  se quedó en Manizales. El progenitor lo llamó para que le ayudara  en el taller;  a los pocos días el “Garrapatero” recibió el siguiente telegrama:  “Hambre allá con neblina punto hambre acá con divisa punto mejor me quedo en Manizales”.

Don Julio  Henao alternaba su oficio de guarnecedor con la política. Para atender a clientes y seguidores puso tres bancas, una forrada en cuero para los clientes, la del electorado recubierta en  lona y la tercera embadurnada en barro destinada a los vecinos chismosos que le hacían perder el tiempo.

Para incentivar sus negocios, los peluqueros   fiaban el trabajo y encimaban pintadito con pandequeso. Don Libardo recuerda que todos ellos guardaban congolos en un frasco de alcohol para inflar los carrillos de los viejitos sin dientes. Anota que en el gremio sobresalía don Bonifacio en cuya peluquería lucía un aviso que decía : “Puede rajar del cura pero no me hable de política”.

¡Tiempos aquellos los de Aguadas!, cuando  los   tiples  fabricados por Zamora  terminaban  la puentezuela con  enroscados que imitaban el bozo  de Salvador Dalí. Las ruanas de don Ignacio tenían solapas y las botas de José Arango  tenían carramplones para sacar chispas en las calles empedradas.

En la década de los años treinta alguien ofreció unos pesos a  quien se atreviera a clavar una puntilla en la lápida del último suicida, por cada campanada al filo de la media noche del viernes santo.  Un  personaje enigmático que no creía en espantos y aparecidos aceptó el reto, saltó la tapia del antiguo cementerio y en la última campanada clavó sin darse cuenta el borde de su ruana en el ataúd del suicida. Al retirarse creyó que lo estaban agarrando y lleno de pavor corrió  sin que nadie pudiera alcanzarlo para pagar la apuesta convenida.

Hubo otra situación que pudo enlutar  al gremio de los matarifes: Un día Gonzalo Duque mató de un tremendo martillazo a una marrana ladrona  perteneciente a Carlos Toro quien lleno de furia  se armó de un machete de dos filos y desafió a Gonzalo que le hizo frente con cuchillo patecabra.

 Al encontrarse para la pelea, Carlos se vio en desventaja y entonces dijo al  contrincante: “Dejemos las cosas así; otro  día que ocurra algo parecido, ponga mucho cuidado porque mi marranita pudo quedar loca o boba con ese golpe. ! Y eso sí no se lo  hubiera perdonado!”