viernes, 21 de octubre de 2016

LA CEIBA DE GUAMAL


Alfredo Cardona Tobón


En la pequeña plaza de Guamal  se levanta  una coposa ceiba sembrada hace treinta años  para remplazar otra agobiada por las vejaciones y los años-

La  primera ceiba  se plantó el 21 de mayo de 1851  en el centro del caserío para conmemorar la libertad de los esclavos decretada por el presidente Hilario López; el árbol creció majestuoso,   arropando  con su sombra a los vecinos  de Guamal y a los caminantes que se guarecían del sol inclemente de la tierra caliente.

Esas dos ceibas hacen parte de la historia de esta comunidad negra, que pese a la proximidad con Supía y Riosucio y su relación con  comunidades mestizas e  indígenas ha conservado su identidad y resistido los embates para quitarles su tierra.

Guamal es un  pueblo de panela y arequipe,  con un pasado trillado por las guerrillas patriotas y realistas  durante la guerra independista y tristes recuerdos de las tropas de colores en nuestras guerras fratricidas.

Las raíces de Guamal se  remontan a  1717;   por ese entonces, según cuenta Jorge Eliecer Zapata, llegaron a  ese sitio  cuarenta  esclavos traídos por Josefa de Franco y Borda para explotar las minas de El Molino; en 1794  el amo es Simón Pablo Moreno de La Cruz, gobernador de las Tenencias de Toro, Cartago y Buga y    Justicia Mayor de su Majestad. Al morir Simón Pablo Moreno de la Cruz deja los guamaleños a su hija  Josefa y a su hijo Sebastián Moreno, quienes los liberan quizás porque se agotan las minas de oro  o porque es costoso  alimentarlos y  atenderlos.

Los  libertos permanecieron  en el caserío dedicados a la agricultura y a la explotación de los aluviones auríferos cercanos; desde entonces los guamaleños han  ejercido posesión  pacífica  sobre los terrenos adyacentes que ahora pretenden los indígenas de Quiebralomo y Lomaprieta.

En la escritura del  10 de julio de 1876,  consultada en el archivo de la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Riosucio,  libro 1, página  53,  en el artículo sexto de esa escritura  se establece claramente lo siguiente: “ La comunidad de indígenas y los distritos ( de Supía y San Juan de Marmato) reconocen las siguientes propiedades territoriales de antigua adquisición: 1- Guamal, 2- Benítez, 3- Del Peñol, 4- de Roldán o Panderón, 5- Del Arenal, 6- del Aguacatal, 7-De Marmato, 8- Cerro Loiaza o  Chabarquía, 9-De Moraga 10-  Cualquiera otra reconocidas o que se reclamen con títulos”.

Pese a dos siglos de posesión y a la escritura protocolizada y legalizada por los distritos de Supía y de San Juan de Marmato  junto con el administrador de la parcialidad de indígenas  de Supía y Cañamomo;  los indígenas de Riosucio  pretenden ahora  unas tierras que no son suyas  como lo aseguran los documentos y lo refrenda la posesión ininterrumpida de los guamaleños.

Para   enredar las cosas, algunos vecinos de Guamal , que no son indígenas sino negros,  se han registrado dentro de  la parcialidad de Cañamomo y hasta tienen un comunero en el Cabildo, lo que ha dado pie para que los nativos riosuceños intervengan en los asuntos de la comunidad negra.

En tiempo reciente el  Estado  reconoció la comunidad negra de Guamal como  ente de carácter especial con territorio colectivo, con potestad para manejar un presupuesto y tener representación ante el gobierno de Caldas. En esta forma  los vecinos negros de  Guamal esperan independizar su territorio, no depender del Resguardo indígena y defender una identidad amenazada.

 MEMORIA DE LA PRIMERA CEIBA

Durante  136 años  la  ceiba sembrada en tiempos de Hilario López sobrevivió  pese a las fogatas prendidas  en sus goteras,  los orines de los perros y los borrachos y  la basura que indolentes vecinos del lugar acumularon  en las raíces...

En 1987 la ceiba estaba llena de cicatrices, plantas parásitas  e insecto; entonces algunos ciudadanos tratamos de salvarla, pero era  demasiado tarde,  nada se podía hacer con el árbol agonizante y entonces la motosierra  marcó su fin, antes que las ramas se desprendieran y causaran un accidente..

Al faltar la ceiba, Guamal quedó como si  lo hubieran desvestido, como si le hubieran arrebatado un trozo grande de su vida. Los vecinos notaron su ausencia, se pusieron de acuerdo y plantaron una nueva ceiba con la ilusión de su compañía por los próximos ciento cincuenta años, que es el tiempo de vida  de esos majestuosos árboles.

El nueve de febrero de 1987 Alberto Moreno, Pedro María Moreno, Wilson Moreno con  otros compañeros trasplantaron la pequeña ceiba que crecía en el solar de la casa de  Melba Isabel de Pulgarín  al  sitio  donde estaba la vieja ceiba.  Trataron al  arbolito  con cariño y cuidado sin que le faltara agua o abono, ni lo orinaron los perros

. Ya han pasado treinta años,  la ceiba niña se  convirtió en un árbol  lozano y frondoso que crece airoso en medio de la plaza como un símbolo de la pequeña población; con la ceiba nueva retoñaron las leyendas y el orgullo de esa raza de ébano  que Gonzalo Díaz exaltó  en los cuadros del Viacrucis  que adornan  la capilla de Guamal,  donde un cirineo negro ayuda a cargar la cruz y unas piadosas mujeres de piel africana con sus muchachitos oscuros, miran con dolor al Señor Jesús agotado y sangriento.

martes, 18 de octubre de 2016

MELQUISEDEC GÓMEZ MURILLO

UN PATRIARCA  EN  EL OLVIDO




 José María Zuluaga


 




En  los días soleados en la plazuela de la Pola, parte céntrica de la ciudad de Quinchía, se ve a un patriarca de 102 años de edad, rumiando vagos recuerdos; los más viejos del poblado lo miran con respeto y los niños con curiosidad. Creo que sea escaso, hoy encontrar personas de esa edad y especialmente que aun disfruten del pleno uso de sus facultades, Pe­ro es la verdad, personas allegadas a la vida municipal de esa antigua región del Occidente caldense así lo informan. Se trata de un valor de aquellos comarcas caldenses, de un hombre cívico en toda la extensi6n de la palabra por cuanto sirvió con desinterés a ese pueblo y forjó su destino y progreso en más de una oportunidad. Se trata de Don Melquisedec Gómez Murillo, nacido en la ciudad de Riosucio el 18 de febrero de 1881 hijo de Don Protasio Gómez F. y Estefanía Murillo. En los tiempos en que nació don Melquisedec, su señor padre don Protasio como constructor viajaba al naciente municipio de Quinchía inició la construcción del templo del pueblo que en esa época se llamaba Nazaret, pero falleció en Rio­sucio, sin terminarlo. Después de su muerte, su esposa dona Epifanía se trasladó con la familia a Quinchía en donde tenía la finca de Anchurria y la mitad de la mina de carbón de Encenilla que les había dejado don Protasio.


 


VIDA LLENA DE ANECDOTAS


 


Quedó don Melqui  como familiarmente se le llama al frente de la obligación, a la edad de 12 años y empezó a explotar las minas de sal y de carbón de Quinchía, y vendía capachos de sal en San Clemente, Guática, y Riosucio. Pronto se volvió un empresario que daba trabajo y hacia llegar dinero a Quinchía. Después de la guerra de los mil días, le toco organizar un to­pe para salir a saludar al General Rafael Uribe, que pasaba por allí hacia su tierra de Caramanta. Como San Clemente fuera la cabecera municipal y Quinchía su corregimiento, cuando se creó el Dpto de Caldas. don Melquisedec encabezó un movimiento de emancipación de su cabecera en compañía de los señores Crisanto Álvarez, Rafael Garcés, y otros. Por ello don Melquicedeq que era el más activo e insurgente fue apresado por las autoridades de San Clemente. Cuando goz6 de su libertad siguió la lucha hasta con seguir el triunfo con la ordenanza 32 de 1912 por la cual fue creada la municipalidad independiente el pueblo de sus afectos. Desde entonces se inici6 el progreso de Quinchía y en toda acción cívica encontramos a don Melqui en 1918, organiza una junta de Ornato y luego es nombrado tesorero. Cuando Ileg6 a la presidencia el Dr. Olaya Herrera el gobernador Jorge Gartner, lo nombra alcalde en cuyo desempeño estuvo cuatro años (1931 al 34) De 1942 al 46 ocupó el cargo de Personero, por ello pudo tanto en la alcaldía como personería vincularse a importantes obras locales, como la carretera a la Ceiba establecer la red eléctrica, alcantarillado Hospital, Matadero. En el año de 1946 el Concejo lo honro con la "medalla del mérito", por muchos de estos méritos y muchos otros que no se alcanzan a enumerar.



OCASO Y OLVIDO


 
Pasaron los años y don Melqui, fue tras de sus hijos a quienes educó y dio ejemplo de civismo e hidalguía y recorrió buen trayecto de la geografía patria, pero al regresar a la tierra de sus mayores efectos en donde parece quisiera tener su tumba, siguió dando luces de pro­greso como el proyecto de la carretera a Colmenas y otra que puede dar salida al Dpto de Risa­ralda, a Antioquia, entrando por el municipio del Jardín. Hoy cargado de años, muchas personas del poblado lo ven, pero ignoran que ese anciano de blanca barba es todo un símbolo de la historia de Quinchía.

ANEXO DE  ALFREDO CARDONA T.

Si las comunidades recordaran, si agradecieran los esfuerzos pasados, si no estuvieran guiadas por intereses mezquinos, esas comunidades rendirían  tributo a la memoria de sus próceres.
En la historia de Quinchía se han distinguido el capitán Zoilo Bermúdez, don Melquisedec Gómez, don Zócimo Gómez y don Johel _Trejos.  Ni una placa, ni un busto, ni un sencillo reconocimiento han señalado su paso por el pueblo.

Martí decía que " la ingratitud es el mayor pecado de los pueblos", por eso el pueblo de los
 Guapacha, los Tapasco y los Trejos es un pueblo en pecado mortal que en forma masoquista solo recuerda los muertos de la víspera. 




 


 

lunes, 17 de octubre de 2016

ELIECER ZAPATA BONILLA






Ángel María Ocampo C.





Nunca olvidaré la afortunada circunstancia en que conocí a Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Fue en virtud de una bien intencionada recomendación que me fue hecha por Antonio María Flórez Rodríguez. Corría el año 1982 y me encontraba cursando los últimos semestres de Lenguas Modernas en la Universidad de Caldas. Influido positivamente por las palabras de aliento de mi profesor Octavio Hernández Jiménez, había tenido la avilantez de participar en dos concursos internos de ensayo lingüístico promovidos por la Universidad, en los que a la postre tuve éxito y recibí el primer premio.


En el primero de esos certámenes había triunfado con un modesto trabajo sobre el folklore del oriente caldense, que se constituyó en el germen de la investigación que condujo a la escritura de la primera monografía de Marquetalia, mi pueblo natal. Flórez Rodríguez cursaba a la sazón, la carrera de medicina en la misma Universidad y participaba activamente,  no sólo en la vida política y social de Marquetalia, como miembro del Concejo Municipal, sino también en el escenario intelectual y artístico de Manizales y de Caldas. Fue él quien me motivó a ampliar mi trabajo sobre el folklore del oriente caldense y convertirlo en una monografía de Marquetalia. Y fue él también, quien para estimular la que consideraba mi promisoria disciplina intelectual, me recomendó hacer contacto con quienes por aquellos años lideraban el movimiento intelectual y cultural de Caldas.


Entre ellos me señaló a Jorge Eliecer Zapata Bonilla, quien descollaba en el medio literario caldense, con obras y premios ya reconocidos, y además aparecía con inusitada frecuencia en la prensa regional, como corresponsal de La Patria en Supía y como colaborador de la Revista Dominical del mismo diario, así como asiduo colaborador y columnista del Diario del Otún,  importante vocero de la opinión risaraldense.


Fue por aquella época que Jorge Eliecer trabajaba para la Contraloría General de la Nación, y tenía su oficina en el tercer piso del Edificio de la Caja Social de Ahorros, en la carrera 23 de Manizales, por detrás de la catedral. Yo iba con frecuencia allí, porque en ese mismo piso funcionaban también las oficinas del Icetex, entidad que yo debía visitar regularmente, realizando trámites relacionados con un crédito educativo con el cual pude adelantar mis estudios universitarios. Un día fui allí y me le presenté a Jorge Eliécer, dándole a conocer mi incipiente trabajo monográfico sobre Marquetalia, mi pueblo natal, que sólo hasta 1991 vino a conocerse públicamente.


A diferencia de los críticos literarios de la época que fungían de jueces implacables, Jorge Eliecer acogió con generosidad mis humildes bocetos y nunca tuvo una palabra para descalificar mis primeros pasos por los predios de la investigación. Muy por el contrario siempre me mostró el camino de la excelencia, que se recorre con lentitud, pero con la firmeza que se requiere para andar los caminos que nos han de llevar a las metas esperadas. Recuerdo que desde ese momento, Jorge Eliecer siempre me llamaba o me buscaba para regalarme o recomendarme aquellos libros que en su sabiduría, eran las fuentes en las que yo debía abrevar si quería ser alguien conocedor de la cultura y de la historia caldense.
También recuerdo que al lado del escritorio de Jorge Eliecer, tenía el suyo, el poeta Fernando Mejía Mejía.

Jorge Eliecer me presentó a su compañero de jornada laboral, haciendo énfasis en que más que colegas de trabajo, se sentía orgulloso de compartir espacio con el bardo más celebrado del momento, no sólo en Caldas sino en todo el país. Comenzó así mi amistad con Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Amistad que he valorado como pocas, mediada por la admiración, y por el espíritu. Ese espíritu que conecta a los seres humanos emparentados por alguna afinidad mental. Estas palabras que escribo hoy son un homenaje a esa amistad y están inspiradas en la valoración sustantiva de la calidad humana, intelectual y literaria de un hombre que ha dedicado toda su vida a darle significación a las letras y a la cultura de la región caldense.


Es deber de quienes hemos sido sus pupilos en la faena intelectual y académica, exaltar las virtudes de un intelectual que ha hecho de la historia, la literatura y la cultura regional, el pan diario de su vida, no sólo en cuanto significa su producción individual, sino lo que es más significativo aún,  en cuanto se refiere a su entrega desinteresada a la tarea de formar sucesivas generaciones de intelectuales caldenses, para mantener el hilo del recuerdo colectivo y del permanente homenaje a nuestra idiosincrasia.


En el lenguaje del cristianismo, sacerdote es quien dedica su vida a indicarles a los hombres el camino que lleva a Dios, acercando al ser humano, desde su más profunda necesidad, a la fuente del Supremo Bien. Y profeta, quien por su parte dedica su vida a llevarles a los hombres el mensaje del conocimiento de Dios. El sacerdote intercede ante Dios por los hombres y el profeta hace posible el acercamiento de la realidad del amor de Dios a los seres humanos. Si con todo el respeto debido a la doctrina espiritual del cristianismo, pudiéramos trasplantar estas definiciones al lenguaje profano de las letras y de la cultura regional de Caldas, encontraríamos en Jorge Eliecer Zapata Bonilla, a un real sacerdote y a un auténtico profeta de nuestra identidad. Quienes de una u otra manera nos hemos querido vincular con el estudio y la construcción de lo caldense, ya desde la historia, desde el ensayo, desde la novela, desde el cuento, desde la poesía, desde el drama, desde el arte en general, o aún desde la simple curiosidad y afecto por lo caldense, nos hemos visto convertidos, queriéndolo o no, en sus discípulos, en su seguidores.


Jorge Eliecer Zapata Bonilla nació en la dulce y musical Supía, población del norte de Caldas, llena de leyendas y de episodios históricos, el amanecer del 7 de agosto de 1950, la misma fecha en que tomó posesión de la presidencia de la República el Doctor Laureano Gómez Castro. Un gobierno que marcó el inicio de una de las épocas más tormentosas de la historia nacional. Hacía sólo dos años -el 9 de abril de 1948-, había caído asesinado en Bogotá el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán y desde entonces, se había desatado la violencia en los campos y ciudades de Colombia. Supía Caldas, una población de raigambre liberal, con grandes simpatías por los movimientos sociales alternativos durante toda la historia del país, habría de ser uno de los epicentros de esa región estigmatizada por el sectario gobierno conservador de Gómez Castro.


La infancia de Jorge Eliecer Zapata Bonilla estuvo así rodeada de esa atmósfera enrarecida de violencia política y de persecuciones ideológicas. No será gratuito por tanto, encontrar en sus primeros trabajos literarios, la huella de ese ambiente militarizado y oscurecido por el luto de los muertos pergeñados en la noche. Primera infancia de un intelectual nacido para iluminar el panorama, con las luces de la inteligencia, de las letras, de la poesía y de la historia, paradójicamente gestada en un oscuro escenario de sectarismo y violencia.


Intuimos que no fueron los primeros maestros de las bancas escolares ni los de las sillas del colegio de secundaria en Supía, los que marcaron la vocación intelectual de Jorge Eliecer Zapata Bonilla. En la década de los 60, en Colombia y el mundo se había empezado a desarrollar un movimiento crítico en torno a las prácticas pedagógicas institucionales. Solían decir los intelectuales que orientaban este movimiento, que “la escuela tritura la inteligencia y tritura la personalidad”.

También predicaban que sólo podría cambiar la educación, quien tuviese el coraje de pensar y actuar libremente. Se combatía con firmeza el autoritarismo de los maestros, las escuelas encerradas en cuatro paredes, los salones dispuestos en filas de estudiantes que sólo tenían al frente el rostro severo de los educadores en franca imposición vertical de sus pontificados, así como los currículos centrados en el timbre de la campana, que era la llamada “voz de Dios”. Por eso creemos que Doloritas, la abuela de Jorge Eliecer, compartió con la abuela de Margaret Mead su rechazo a la institucionalidad escolar, que amenazaba con malograr toda la vocación humana e intelectual de sus nietos. Podría pensarse que Jorge Eliecer Zapata Bonilla, junto con Margaret Mead, tenía en efecto, argumentos para exclamar: “Mi abuela quería que yo me educara, por eso no me dejó ir a la escuela”.

Por fortuna para la cultura caldense, el potencial intelectual de Jorge Eliecer Zapata Bonilla no sucumbió en el ambiente autoritario de los claustros escolares de la primaria y la secundaria de esos años. Más bien podríamos decir, que a pesar de ese ambiente de exclusión y dogmatismo ideológico que predominó en las escuelas en la época de su juventud, Jorge Eliécer Zapata Bonilla hizo caso omiso de ese oscurantismo escolar y en gesto de irreverencia intelectual empezó a dar los pasos de fe que lo llevarían a la consagración literaria en el panorama regional. A ello contribuyó el entorno familiar, y sobre todo la influencia de su padre Arturo Zapata Restrepo, quien cada domingo, reunía a sus hijos para leerles en voz alta los editoriales de El Tiempo y los ponía a leer las Lecturas Dominicales.

De esa manera, Jorge Eliecer Zapata Bonilla y sus hermanos, se acercaron a los hechos culturales, tanto de su pueblo natal como de Caldas. Por eso, ya desde la época de las bancas escolares de primaria, Jorge Eliecer Zapata hizo sus primeros intentos de creación literaria, con los que él llama “unos pequeños cuentecitos”, que constituyeron sus primeros escritos.


Luego en el bachillerato, era apenas un estudiante en el Instituto Supía, en el año 1966, y ya empezaba a dar muestras de su vocación humanística, fundando el periódico “Pregón Juvenil”, en una gesta intelectual en la que contó con la compañía de Héctor Osorio Cardona y Diego Villegas Cardona.

Luego en 1971 fundó el periódico “La Opinión”, que posteriormente se denominó “El Rayo”, y el cual alcanzó 24 ediciones. En este mismo año de 1971, comenzó a escribir en La Patria, ejerciendo como corresponsal, columnista y promotor cultural en este diario caldense, en una práctica inagotable de gestión literaria que aún en la actualidad mantiene con la misma vitalidad de los años 70. En el año de 1976 inició sus publicaciones en el suplemento literario del mismo diario, que inicialmente se denominaba “Revista Dominical” y que hoy subsiste con el nombre de “Papel Salmón”. Fue también en los años 70 del siglo XX que aparecieron sus primeros artículos en la ya consagrada “Revista Manizales”, fundada por los poetas Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza de Jaramillo Meza. 


Así pues, quienes forjaron en sentido estricto, la vocación de Jorge Eliecer Zapata Bonilla, como gestor cultural y de creador literario fueron los grandes divulgadores de la identidad antioqueña en general y de la caldense en particular. Él siempre tuvo desde su primera juventud, la mirada puesta en el firmamento de las grandes estrellas de la inteligencia, no motivado por la vana soberbia personal, que no es el rasgo propio de su carácter, sino por el contrario, motivado por su filantropía espiritual, por su genuina pasión por la cultura, por su arraigado deseo de compartir y divulgar las tesis de la cultura popular. Porque ha entendido que su talento y su talante deben abrevar en los más conspicuos pozos de la inteligencia colombiana en general y caldense en particular: Otto Morales Benítez, Adel López Gómez, Gilberto Garrido, Juan Bautista Jaramillo Meza, Humberto Jaramillo Ángel, Antonio Álvarez Restrepo, Guillermo Duque Botero, Javier Ocampo López, Fernando Mejía Mejía e Iván Cocherín, entre los más destacados.


Haber nacido justamente en la fecha que partió en dos el siglo XX le permite a Jorge Eliecer Zapata Bonilla, posar de testigo excepcional de los acontecimientos de toda la centuria. Y lo que es más trascendental: poder testificar también, en vida, con lucidez excepcional, lo que llevamos del nuevo milenio, en materia de desarrollo social, cultural, intelectual, artístico y científico. No hay espacio en este lugar para resumir al menos la magna obra de gestión cultural, académica y literaria de Jorge Eliecer Zapata Bonilla. Baste por ahora destacarlo como uno de los fundadores y columnas vertebrales de la Academia Caldense de Historia y como el mejor animador intelectual de las nuevas generaciones de escritores, poetas e historiadores de todo el llamado Viejo Caldas.