viernes, 18 de noviembre de 2016

LA VEREDA EL AGUACATE EN PEREIRA




Alfredo Cardona Tobón




Es una vereda con un centro poblado de 24 casas donde a falta de una capilla los vecinos cuentan con una  discoteca. El  caserío de  “ El Aguacate” está a la vera de la carretera que comunica a Pereira con Alcalá, en un  callejón  que se descuelga desde un alto hasta  la portada de una hacienda..

La principal edificación  de “El Aguacate” es la discoteca  “Fuente Azul” de Mario Pescador, un riosuceño afincado en la zona desde mediados del siglo pasado, quien con esfuerzo y sacrificios  levantó ese negocio  que se extiende a una tienda y a su casa de habitación, ocupando la  quinta parte del caserío.

                                

El Aguacate es  un conjunto  de casas de una y dos plantas pintadas de diferentes colores,  unas humildes y otras que no deslucirían en un barrio exclusivo de Pereira. Las edificaciones se levantan a un lado del callejón, limitado al frente por los potreros de la hacienda “Los Arreboles” dedicada al engorde de ganado.

Como otros núcleos poblacionales del corregimiento Estrella- La Palmilla,  la pequeña localidad de El Aguacate es un dormitorio de personas que antes trabajaron en  las fincas de la región y hoy, con sus hijos y sus nietos,  laboran en Pereira.

La historia de “El Aguacate”  es reciente  y  está estrechamente ligada a la  familia Quesada Toro.

 Cuenta Jaime Quesada  que en el año de  1958  llegó su padre Alberto a trabajar en la carretera; dice que por ese entonces vivía en ese punto  Agripina Toro , considerada por todos como la pionera del caserío. Doña Agripina se alegró mucho  con la llegada de su yerno Alberto, su hija Lucila y los tres nietos, a quienes generosamente cedió una parte de su extenso  lote para que  construyeran allí su vivienda.

          

Esa fue la segunda casa levantada en  “El Aguacate”, ese fue el  embrión del caserío que se consolidó como tal  cuando en los años sesenta del siglo pasado el administrador de la finca “La Selva”, Eduardo Rivillas, compró un lote que colindaba con doña Agripina, lo fraccionó y lo vendió a trabajadores de las fincas vecinas

Entre los primeros  pobladores, además de los Quesada, se recuerda  a Francisco Valencia, a Luis Alzate, a Pio Pineda y León Cardona. Entre todos los vecinos  fue  notable  la presencia de Alberto Quesada  en los destinos de “El Aguacate”:   María Consuelo Quesada Toro habla de su padre Alberto  con orgullo y no es para menos pues en las veredas aledañas  se le recuerda con gratitud y cariño, ya que ese  líder con el apoyo de  Oscar Vélez Marulanda llevó el alumbrado público al corregimiento, consiguió auxilios para viviendas, la instalación de los teléfonos y fue uno de los promotores del acueducto Cestillal- El Diamante.


LOS RECUERDOS DE LOS QUESADA

Jaime Quesada Toro llegó a El Aguacate cuando tenía apenas cinco años de edad; de esos lejanos tiempos recuerda la hacienda “La Isla” de Andrés Mejía con sus extensos cultivos de café y caña y la enorme finca “La Selva” de café, caña y ganado de leche perteneciente a Omar Trujillo.

En la mente de Jaime quedaron grabados indeleblemente los yipes que levantaban  nubes de polvo en la carretera destapada y  una chiva que realizaba dos viajes al día a las galerías de Pereira.

La familia Restrepo, propietaria de la hacienda “Buenos Aires” cedió el lote para la escuela  y en ella estudió Jaime con una maestra de nombre Elvira, no recuerda el apellido, pero era muy querida por todos. Un día enseñaba a los muchachitos y otro día enseñaba a las niñas en una sola aula, en una casita de guadua con corredores y chambranas de chonto.

Después de terminar la educación primaria Jaime Quesada salió a trabajar y a recorrer mundo; aprendió a manejar maquinaria agrícola y  llegó hasta las bananeras de Urabá donde luego de muchos años de ausencia, la violencia desatada en esa zona antioqueña lo hizo regresar  al grato alar de” El Aguacate”.-

Para María consuelo Quesada Toro son indelebles los recuerdos  de Adiela  Santa Serna, una meritoria educadora que formó durante 54 años la niñez de El Contento y El Aguacate y dejó plasmado el paso de varias generaciones de niños en un mural de la escuela Buenos Aires, que fue  tapado con pintura por un arbitrario rector de la Institución Educativa de la Palmilla.

 


                                              Alberto Quesada y familia


Al igual que su padre, María Consuelo es una persona empeñada con el trabajo comunitario y con el bienestar de su gente. Al  morir Alberto Quesada a la edad de 96 años,  María Consuelo recogió sus banderas y continuó luchando por la vereda.

 Consuelo  no olvida las  fiestas del corregimiento; dice que en ellas El Aguacate “tiraba la casa por la ventana”, pero que a raíz de un hecho lamentable se suspendieron y ahora trata de revivirlas con el apoyo de los vecinos.

El Aguacate es una vereda tranquila donde el tiempo pasa sin que se sienta; no ha habido guapos ni peleadores, ni hay aparecidos o espantos, tampoco, por fortuna, los ha tocado la violencia que como plaga exterminadora ha llenado de luto a Colombia

Quizás el  único hecho extraordinario en “El Aguacate”  fue el hallazgo  de una guaca en  una de las pequeñas quebradas  de la vereda que no quedó en manos de la descubridora sino de un cura avivato que se aprovechó de la ingenuidad de la parroquiana.

Esta es la historia resumida del valioso hallazgo:

Un día Aleida Quesada estaba lavando ropa y al levantar  una piedra de la quebrada  vio  que  en la oquedad de otra piedra brillaban tres muñecos de oro  de unos quince centímetros cada uno. Con cuidado los desenterró y los llevó a su casa, pero como temía que se los robaran los llevó al sacerdote que oficiaba en el Contento hasta averiguar  donde  podría venderlos.

Al regresar a reclamar su tesoro, el sacerdote no estaba y no lo volvió a ver por los contornos. En su ingenuidad no acudió a la curia ni le contó lo sucedido a nadie y así perdió esa fortuna.  A los muchos años  conoció el paradero del levita  que impunemente estaba disfrutando de una riqueza ajena, pero ya nada podía hacerse, así que Aleida siguió lavando la ropa en la quebrad, con la esperanza de ver otros muñecos de oro bajos las piedras..

 

lunes, 14 de noviembre de 2016

EN LA FINCA "EL PORVENIR"


Alfredo Cardona Tobón

 
                                                         Turistas de Tampa- USA




Desde  hace  más de cuarenta años el doctor Rigoberto Valencia con su esposa Ofelia Yepes  se han dedicado al cultivo del café en la finca “ El Porvenir” ubicada en la vereda La Selva en el municipio de Pereira ; en  la crisis cafetera de los años 2012 y 2013 numerosos cultivadores del grano vendieron sus parcelas, tumbaron el café o dejaron enrrastrojar la finca; pero el médico Rigoberto Valencia con su esposa  y  el apoyo de su hijo Eduardo, con tesón y fortaleza buscaron nuevos caminos para seguir adelante con  su finca  “El Porvenir".

Los Valencia Yepes son una familia que lleva el café en sus venas, de esos que respiran  tinto, sueñan plantando colinos, ven a Dios en la vaguita asombrada por los quiebrabarrigos y  dan palmaditas cariñosas a los guamos que sirven de contrabarrera  a las platanares.

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Por lo anterior, cuando hubo que enfrentar ese futuro incierto,  Eduardo indagó sobre todo lo dicho y escrito con relación a los cafés  especiales y los nichos de mercado; hizo cursos de barismo, estudió los procesos de transformación y puso toda su inventiva en pos del sueño de hacer rentables los cultivos del grano.

No fue  tarea sencilla,  es un asunto de ligas mayores competir en  un mundo  con la mitad de los países pobres produciendo café y con  unas firmas   trasnacionales  y locales  adueñadas del mercado, pero Eduardo tenía las armas para hacerlo, pues como diseñador de profesión  tenía la mente abierta y muchas ideas para salir adelante.

                                                       Secadero al sol


Para  dar a los paladares exquisitos las glorias de la taza y entrar a los recintos de los cafés especiales, los Valencia Yepes adoptaron estrategias que empiezan en los  germinadores, siguen en  los surcos, en el beneficiadero y culminan con la tostión del pergamino, el empaque y la comercialización del producto.

Eduardo Valencia  implanó en “El Porvenir”  las mejores prácticas de acuerdo con las normas internacionales que buscan la armonía entre el suelo, el cultivo, las personas y el ambiente. El secado se hace con el calor del sol para no afectar las propiedades del grano; se cuida el agua,  se protege el suelo  y la tostión  se hace en equipos diseñados por Eduardo para darle el punto que  permita la obtención de las  propiedades  organolépticas  exigidas en las más exigentes  pruebas de taza

DE VUELTA AL CAFETAL

La producción  en la finca “El Porvenir” se complementa  con la comercializadora Villa Jazmín  dirigida por Diana Valencia Yepes  y con  un portal  en el aeropuerto Matecaña de la ciudad de Pereira,  donde se exhibe, se degusta y se vende el “Café Granate”.

A todo  lo anterior se agrega la “Vuelta al Cafetal” como  una actividad turística  cultural  que presenta a propios y turistas los pormenores de la caficultura tradicional, la vida en el campo, los valores campesinos y el proceso desde los almácigos hasta la prueba de taza; es  una pasadía, o pasada,  por  los terrenos  de “El Porvenir,” con visita guiada por los cultivos, la historia de la finca, los mitos y las leyendas de la región. En la “Vuelta al Cafetal” se reviven viejos tiempos. En esa pasadía los que  nacimos en el campo volvemos  a la niñez con corredores de chambranas, el canto del gallo, los revuelos de los toches,  las arepas asadas en callanas y el grato olor  de una taza de chocolate.

Los turistas extranjeros, por su parte, viven la experiencia de un viaje en yip “colinchados” como cualquier campesino, prueban el café cerrero, se refrescan con aguapanela con limón, prueban el dulce de papayuelas, se embarran y desafían los jejenes tomando fotos bajo la sombra de las matas de plátano.

La familia Valencia Yepez, “El Porvenir”, “La Selva”  son  versos de un poema que muestra la  fortaleza de los nuestros , su capacidad infinita de sacarle partido a todo y el poder de “ hacerle la capul  hasta a una  calavera”.

“La Selva” es uno de esos rincones de nuestro paisaje cultural enmarcado por el café y los recuerdos del carriel, la ruana y las cotizas, donde caficultores como los Valencia Yepez no dejan morir los valores ancestrales que hicieron grande esta tierra.