sábado, 26 de noviembre de 2016

UN VIAJE ACCIDENTADO


CUENTO DE NAVIDAD

Alfredo Cardona Tobón*

 


Había una vez una rubia, zarca y voluminosa dama a quien Dios le asignó el papel de tía, encimándole bondad y  la capacidad de contar historias donde era imposible separar la realidad de la ficción.

Ella decía haber visto volar las   brujas desde las rocas de  Palocabildo hasta el poblado de Bolombolo,   en Cañafístula conoció al Judío Errante, en Amalfi  la asustó la Patasola y en  el cañón del Cauca observó cómo el  tenebroso  “Calzones” se convertía en un perro de monte para escapar de los policía.

Doña Inés hablaba del desmantelamiento del caserío de La Libertad, de los emberas empujados en camiones para botarlos en cualquier camino desierto de la costa del Atlántica, del  primer almacén LEY en San José de Risaralda,  de un curita liberal de Pueblo Rico que rechazó el obispado de Manizales y de otro levita en San Antonio que puso a llorar la imagen de la Virgen con la pócima de un brujo riosuceño.

Entre tantas narraciones fabulosas estaba la del fallido viaje  de la lancha “ La Aurora”  en la Navidad de  1944:

El suceso   publicado por un diario de Cali empieza el   veinticuatro de diciembre   en las orillas del mar Pacífico, sin una nube en el cielo y el  horizonte lleno de gaviotas y pelícanos.  El destino era la playa de Ladrilleros donde se celebraría el nacimiento del Niño Jesús.

Según datos de la  Capitanía de  Buenaventura,  zarparon del puerto el capitán, un ayudante y diez pasajeros entre quienes iba doña Inés, su hermano, la cuñada, un sobrino de cinco años y una bebita de brazos

Las olas estaban tranquilas, una suave brisa jugaba con la bandera de la embarcación, el capitán negro agitaba su gorra blanca despidiéndose de alguien en el muelle y la felicidad embargaba a los pasajeros que por primera vez se internaban en la inmensidad del océano.

Todos recordaban esos detalles al igual que la navegación tranquila por la bahía, excepto doña  Inés, que además  habló del ataque de  los tiburones,  el encuentro con una ballena y de los remolinos que casi hicieron naufragar el barco.

Según informó  el ayudante del capitán  el  viaje transcurrió de maravilla hasta la mitad del recorrido; entonces sucedió lo peor: el motor dejó de funcionar y el” Aurora” quedó al garete en medio del océano. . ¡Terrible¡- ¡Terrible¡- dijo un paisa pecoso que iba en el paseo,  fue un momento muy trágico- agrega-.  Mientras el  capitán intentaba arreglar el daño las mujeres empezaron a llorar, los hombres se pusieron pálidos del miedo y doña Inés  sacó un rosario de un bolso y empezó a desgranar  avemarías, letanías, padrenuestros y la oración del Santo Exehomo para asistir a los moribundos.

El  paisa pecoso  continuó informando al periodista que escribió el artículo: Las horas pasaron, llegó el mediodía y la tarde,   el motor no arrancaba ni se veía otro barco en el curvado horizonte; el desespero fue creciendo, las sombras también y el mareo y la sed eran agobiantes.

Por fin, al caer la noche “Papá Dios”   oyó el clamor de doña Inés y demás pasajeros de “La Aurora”  y en medio de risas y de vivas al capitán, el motor  empezó a gorgotear  y en gloriosa explosión  dio rienda suelta a su potencia; infortunadamente la alegría duró poco, porque estaban perdidos en medio del inmenso  mar, en manos de una tripulación inexperta  que nada sabía de estrellas ni  de brújulas.

Doña Inés volvió a sacar el rosario y se reforzaron los rezos. De  pronto, en la lejanía, vieron titilar una luz   y hacia ese faro de  esperanza y salvación el capitán enrumbó la lancha.

El   resplandor fue creciendo  a medida que  se internaban en un laberinto de  manglares; tras un  rodeo llegaron a una playa con una gran hoguera que iluminaba una decena de ranchos.  Como era Navidad, la fiesta retumbaba con el   sonido de tambores y  marimbas, las velas alumbraban los frentes de las chozas de los pescadores  y las llamas perfilaban las siluetas de los bailarines cuyas sombras se proyectaban en los troncos de las palmeras.

Los recién llegados salieron de la oscuridad como si  fueran fantasmas. El asombro  petrificó a los pescadores: por un instante pararon los tambores y las marimbas mientras  doña  Inés avanzaba de rodillas hasta un tosco pesebre con los reyes magos hechos con cocos,  San  José y la Virgen recortados en cartulina y un Niño Dios desteñido. La matrona zarca, rubia y voluminosa iba  bañada en lágrimas agradeciendo el  milagro  de haber llegado a salvo a ese lugar desconocido.

No fue fácil conciliar las varias versiones del accidentado viaje: el  capitán no recordaba la fila de cocodrilos que, según doña Inés,  tuvieron que enfrentar para llegar a la playa y  nadie se acordó del recibimiento  apoteósico de los pescadores; sin embargo nadie olvida el sueño plácido  al lado del pesebre sin  que importara el viento ni el ruido de la parranda y  los  paqueticos de galletas que el Niño  Dios les llevó de aguinaldo,  sin que fuera obstáculo el mar ni la lejanía de ese rancherío perdido.

Ya ancianita, perdida en el tempo y el espacio, doña Inés contaba la historia de los duendes de Titiribí y de las guacas de Santuario, convencida que el enfermero moreno que la atendía era el capitán de ” La Aurora”, enamorado de su porte  gentil y de  sus ojos garzos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

LAS DOS ÚBEDA EN LA HISTORIA DE ANSERMAVIEJO


Alfredo Cardona Tobón
                                       Catedral de Úbeda en España


Un  día del año  1570  pisó tierra ansermeña un rústico vecino  con  oro y la ambición de un título. Para ello acudió a Andrés Valdivia, un leguleyo experto en tramoyas que lo envolvió en sus redes. Andrés Valdivia viajó a España por cuenta del incauto cliente y tras un año de intrigas en la Corte madrileña y en las dependencias  del Consejo de  Indias de Sevilla, regresó a Anserma con  el nombramiento de gobernador, no para su representado, sino  a nombre suyo, a nombre de Andrés Valdivia, traicionando a quien había puesto en él  su buena fe.

En 1572 el Consejo de Indias entregó a Valdivia una gobernación entre los ríos Cauca y Magdalena, sin fundaciones, con indios levantiscos y sin linderos definidos. Para ocupar tal gobernación Andrés  Valdivia  se las ingenió para interesar a 46 compatriotas que con veinte esclavos africanos y 500 indios cruzaron el río Cauca, tumbaron selva en la margen oriental y levantaron un rancherío  que llamaron Úbeda en memoria de la ciudad natal del conquistador de Anserma Jorge Robledo.

LA ÚBEDA ESPAÑOLA

Hay dos  Úbeda en nuestra historia: la  española y la ansermeña. Por ello al referirnos a la Úbeda  ansermeña por fuerza tenemos que hablar de la española.

En la actualidad Úbeda (en España) es un municipio de 402 kilómetros cuadrados con 36.025 habitantes que sobresale en  la Comunidad Autónoma de Andalucía por ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, debido a la calidad y buena conservación de sus numerosos edificios renacentistas. Úbeda es un centro comercial con numerosa población flotante, cuenta con varias universidades y es notable por sus olivares y la producción de aceite de Oliva.

En cuanto a  su fundación existen varias versiones: El Génesis de la Biblia registra  a Tubal Caín, hijo de Lamech y de Zillah,  a quien la leyenda lo identifica  como padre de los forjadores del bronce y del hierro y fundador  de Úbeda; si nos atenemos a la arqueología los primeros asentamientos  se remontan a la edad de cobre  hace más de seis mil años, lo que hace a esta población española como la más antigua de la Europa Occidental.

Los vándalos destruyeron la ciudad  y   los cartagineses y los romanos la dominaron durante largo tiempo.  En el año 781  d. C, con el nombre de Secura, la antigua Úbeda  quedó bajo el imperio de los árabes  que la fortificaron  y  defendieron contra los ataques cristianos.

En 1212 Úbeda era una ciudad cosmopolita de población mayoritariamente musulmana, con importantes minorías judías y cátaras  procedentes de Languedoc en el mediodía francés.

Los cátaros  o albigenses afirmaban una dualidad creadora entre Dios y Satanás, predicaban la salvación del alma mediante el ascetismo y pregonaban el estricto rechazo al mundo material, percibido por ellos como obra demoníaca.

La herejía de los cátaros chocó contra la iglesia y en 1208 el Papa Inocencio III enfiló baterías y organizó una cruzada para reducirlos y destruirlos “por todos los medios que Dios inspirara”.

Para redimir a los cátaros de sus pecados se acudió al asesinato y a la violación y después de la batalla de Úbeda, acontecida en el año 1212, la población  quedó en manos de los  Caballeros Templarios que acogieron la ciudad como parte de su vasallaje hasta que en 1312 perdieron la influencia en España y Úbeda quedó bajo el control castellano.

En 1500  la población de Úbeda,  con influencia musulmana, estaba en su máximo esplendor; en ese año nació Jorge Robledo en esa localidad andaluza en el seno de una familia noble pero pobre, por lo cual  solamente tenía como horizonte servir en la milicia bajo las banderas de la monarquía.

Seis años atrás los reyes católicos habían estado en Úbeda; a Jorge Robledo le contaron  que la reina Isabel había pernoctado en el convento de Santa Clara, le describieron los estandartes y las tropas reales y soñó con la gloria, con campos lejanos, con fama y fortuna.

Robledo se preparó para el combate en las guerras de Italia  sirvió como capitán y como soldado se alistó en las campañas de la conquista de México y Guatemala y posteriormente bajo las órdenes de  Belalcázar que lo distinguió como uno de sus lugartenientes.

EL FINAL DE LA ÚBEDA ANSERMEÑA

La Úbeda ansermeña, bautizada así en honor  a Robledo, a orillas del río Cauca, fue un mero espejismo, una pesadilla en medio de un territorio malsano y enemigo.  Por allí ya  no quedaba oro que robar ni tributos para cobrar. Así, en medio del calor y de los zancudos, el carácter de Andrés Valdivia se agrió  cada vez más hasta convertirlo en un dictadorzuelo odiado por todos los que lo rodeaban.

Por lo anterior, el 16 de octubre  de 1576 en plena temporada de lluvias, los  ruidos de los grillos velaban el sueño  de los vecinos de Úbeda, de pronto una algarabía se confundió con el  aullido de los perros de monte y una turba coaligada de esclavos negros y  de nativos irrumpió en el poblado. Ardieron los ranchos, las pavesas  encendidas se perdieron entre el follaje de la selva, la sangre española empapó los senderos enlodados y la Úbeda americana desapareció para siempre.

domingo, 20 de noviembre de 2016

TRISTE FINAL DE LA BIBLIOTECA DE UMBERTO SENEGAL




El escritor calarqueño Humberto Senegal figuraba en su comienzo literario, en los años 70, cuando lo conocí, como Humberto Jaramillo Restrepo, su nombre de pila.

Por: Gustavo Páez Escobar
Gustavo Páez Escobar
                                                    Umberto  Senegal

 

Desde 1974 eliminó la h, y pasó a ser Umberto Senegal. Extraño cambio, ya que la nueva grafía estaría bien para Italia, pero no para Colombia. No obstante, supuse que con dicho acto le rendía un homenaje a Umberto Eco.

Pero la historia es otra, y voy a contarla. La he sabido por él mismo, a raíz de un artículo que escribí hace poco sobre el escritor italiano con motivo de su muerte. “Se trata de una historia ácida, un poco amarga”, me dice.

Mi amigo quindiano es hijo de Humberto Jaramillo Ángel, ilustre escritor de la región. Lustros después, decidió suprimir los apellidos y utilizar el seudónimo de Senegal. Pasaba, pues, a llamarse Humberto Senegal (con h). Y luego, Umberto Senegal (sin h). Con este seudónimo ha publicado cerca de 20 libros. Me imagino que realizó esta metamorfosis para adquirir su propia identidad como escritor, ya que la semejanza de su nombre con el de su padre se prestaba para confusión.

En 1996, Senegal se separó de su primera esposa, Gloria Inés, quien, al quedar inconforme con esa decisión, amenazó con quemar la biblioteca y ocasionarle otros daños si no regresaba al hogar. Su biblioteca estaba integrada a la de su padre, en Calarcá, y este había fallecido en 1996. Eran cerca de 20.000 volúmenes.

Pasaron dos años sin que Gloria Inés cumpliera su amenaza, y Senegal supuso que el caso se quedaba así. No pasó a recoger ese material literario, creyendo que ella lo iba a respetar. Por otra parte, ella se mantenía en la tónica de no devolverlo. De pronto, el escritor se enteró de que Gloria Inés había quemado gran parte de su obra inédita (crónicas, poesía, haiku, ensayos, una monografía sobre el cacique Calarcá, correspondencia y otras cosas). De este modo, desaparecía buena parte de su obra de juventud.

La biblioteca se desmembró cuando la exesposa comenzó a vender y regalar los libros de ambos escritores. Desde antes, Mercedes, la mujer que vivía con Jaramillo Ángel, trasladaba a su casa en Armenia libros con dedicatoria que consideraba importantes, con la intención de sacar de ellos algún provecho económico. Aliadas las dos mujeres en el mismo propósito devastador, al paso de los días la famosa biblioteca Skyros (bautizada así por el escritor fallecido) quedó reducida a la nada.

“Fue una masacre bibliográfica”, dice Senegal. Desaparecieron valiosas ediciones acumuladas a lo largo de muchos años, y de aquel tesoro solo se salvó el recuerdo. No creo que fueran muchos los libros que ellas lograron vender –a precio mínimo, claro está–, y es fácil pensar que la gran mayoría de los 20.000 volúmenes fueron regalados, quemados o tirados a la basura.

Cuesta trabajo admitir que las mujeres de estos connotados escritores pudieran cometer una acción tan vil, tan soterrada y tan demencial. ¿Por qué lo hicieron? La de Senegal, ya lo sabemos, por un acto de venganza. La de Jaramillo Ángel, que en los últimos años estuvo muy cerca de él en su actividad cultural, tal vez porque los libros se le habían convertido en una carga y no sabía qué hacer con ellos para disponer del espacio.

Salta otra pregunta: ¿Y por qué no donaron la valiosa colección bibliográfica a una universidad, una biblioteca pública u otro centro de cultura, donde prestaría gran provecho para la comunidad? He aquí un ejemplo demoledor del triste final que pueden tener los libros de los escritores.

Habla Umberto Senegal: “Ante el insensato y reprochable acto, mi simbólica decisión fue borrar la h de mi nombre. Borrar, con tal letra inicial, ese oscuro e ingrato pasado. Iniciar un nuevo ciclo literario con el nombre de Umberto. La h se lleva todo lo ingrato. Al fin y al cabo no tenía sonido. Es decir, no quería que la quema de mis libros tuviera repercusiones sentimentales o de cualquier índole en mi vida. Cuantos libros nacieron luego de aquella quema, vienen sin la h. Una nueva época de mi vida, sin resentimientos, con aquello convertido en anécdota cruel. Este Umberto fue el que renació de mis libros perdidos”.

La máquina del escritor

En 1980, a Humberto Jaramillo Ángel le robaron en Calarcá, de la misma casa biblioteca Skyros que rescata esta crónica, su vieja máquina de escribir. Esta, al igual que los libros extinguidos, no tenía precio material, pero sí inmenso valor sentimental en el alma del propietario. ¿Quién iba a dar algo por una máquina vieja?

Yo, que conocí de cerca la honda pena que Jaramillo Ángel sufría por este hecho también demencial, escribí la nota titulada La máquina del escritor (El Espectador, 19-V-1980). En ella había escrito la mayoría de sus libros, lo mismo que los frecuentes artículos de La Patria que hizo famosos con el seudónimo de Juan Ramón Segovia.

Era de las personas más eruditas en el país sobre la obra de los clásicos españoles, y sobre ellos dejó sesudos ensayos en libros, revistas y periódicos. De tanto conocerlos, se mantenía en diálogo constante con Azorín, Unamuno, Baroja, Juan Ramón, Cervantes… Este material, que dejó como legado espiritual para su hijo y su tierra, y que era el testimonio de toda una vida dedicada al estudio y la creación, quedó destruido en manos de las dos mujeres pirómanas.

Sobre la máquina hurtada, yo decía en aquella nota de hace 36 años:

“Era, más que una máquina, un heraldo. Tal era el temperamento de esta noble herramienta de trabajo que desapareció, en la noche oscura, sin dejar rastro, y no por infidelidad, sino por ajena bribonada. No era una máquina cualquiera. Era el brazo derecho de Humberto Jaramillo Ángel, el escritor y el poeta.

“Para qué decir que era también su diosa protectora. La consentía como a la niña de sus ojos. La máquina del escritor ha muerto. Murió en manos sacrílegas. La máquina del escritor –de Humberto o de cualquier artista– va pegada a su propio estilo. Se anida en su alma, y con esto se dice todo. Cuando se cambia de máquina es como si se cambiara de piel. Me contó la noticia con pena. Seguirá escribiendo, sin duda. Y sabrá que algo ha muerto en él”.

Por fortuna, a Jaramillo Ángel no le tocó sufrir la pena y el desconcierto que afligieron a su hijo Senegal y lo llevaron a suprimir la h que lo ligaba al pasado, para resurgir a la vida literaria mediante un acto que él llama de “psicomagia”. ¿Qué sentiría hoy Jaramillo Ángel si supiera que su biblioteca fue reducida a cenizas?

escritor@gustavopaezescobar.com