sábado, 24 de diciembre de 2016

REGALO DE NAVIDAD




Alfredo Cardona Tobón



Aún se oía el canto de los grillos cuando José Jesús Naranjo Barreneche cargó los soñolientos mellizos y los encaramó en los cajones  que pendían a lado y lado del lomo de la yegua.

Otoniel, el hijo mayor de José Jesús, amarró la retranca y enderezó los bultos con el bastimento que aseguraría la supervivencia de la familia en el largo viaje hasta Fredonia. Atrás quedaban los helechales de Carmen de Viboral y los recuerdos de toda una vida.

A la salida del sol se vislumbró la trocha larga que serpenteaba por los flancos de la montaña y los llevaba a un sitio desconocido.

El labriego, su esposa Domitila y los tres hijos formaban la pequeña caravana que al caer la tarde cruzó la quebrada Santa Elena en las goteras de Medellín.  La familia pernoctó en Itagüí y a la madrugada siguiente reanudaron el recorrido. José Jesús iba adelante cabresteando la yegua con los mellizos, el menaje y las provisiones, en el medio estaba Domitila en el potro zaino y Otoniel marchaba atrás arreando las dos novillas que a paso lento seguían con resignación a los viajeros.

En la cuesta de Versalles los alcanzó una partida de hombres encadenados conducidos por guardias armados; eran presos según se supo después , que iban a tumbar monte en Jericó en las tierras de Santiago Santamaría.

Al tercer día de viaje llegaron a Fredonia, los mellizos ya no aguantaban la prisión en los cajones y la agotada mamá no  resistía una legua más sobre el potro trotón.

José Jesús iba de agregado a una propiedad de Cristóbal Uribe, donde con trabajo duro, frugalidad espartana y muchas ilusiones  juntó un capitalito para comprar unas mejoras cerca de Cerro Plateado. En 1850  la familia tenía su rancho de esterilla, sembrados de plátano y frijol y una pequeña roza. Pero esto no era suficiente para José Jesús que dos años más tarde vendió la finquita y siguió camino al sur, hacia tierras baldías con  manchas grandes de pasto y arroyos abundantes y cristalinos.

Un atardecer, cuando el sol de los venados iluminaba los picos de la Serranía de la China, la familia Naranjo llegó a la diminuta aldea de Oraida dentro del Resguardo indígena de La Montaña.

Las vastas soledades cubiertas de grama tenía dueño, pero a los Ramírez, a los Navarro, los Gómez y demás vecinos los tenía sin cuidado los derechos de los nativos. Ellos con sus animales y la tolerancia de las autoridades dominaban realmente esas tierras frescas, con arreboles propios y pepitas de oro en las cañadas.

La pequeña población de Oraida creció muy lentamente; en 1854 el gobierno de Buga La reconoció oficialmente y le cedió un gran globo de tierra del Resguardo de La Montaña.

Los vecinos vivían del oro que se explotaba en los aluviones y del ganado que surtía las minas de Supía y Marmato; a Oraida llegaban los indios del Chamí a cambiar polvo de oro por perros, chucherías y aguardiente y desde Oraida partían los paisas que venía del norte a colonizar el espinazo de la cordillera oriental.

En las afueras de la aldea paisa se instaló Jacinto Domicó con su familia. Era un indio guatiqueño que trabajaba en las fincas de los antioqueños. Una de las hijas de Domicó de porte esbelto y facciones finas encendió la pasión de Otoniel Naranjo. A los encuentros furtivos  en las oscuridad de la noche, siguieron las escapadas a las mangas cercanas y al fin Otoniel, jayán de sangre ardiente e impetuosa sacó a la joven indígena de su casa y se la llevó para un rancho de La Sierra.

-Habiendo mujeres blancas y bonitas como las Hoyos y las Giraldo, mi hijo se va con una india- decía compungida misiá Domitila.-

-Ese bellaco es un sinvergüenza- Qué ira a decir el padre Velazco_ tronaba José Jesús.

Ni Domitila ni José Jesús volvieron a dirigir la palabra a su hijo, era como si se hubiera muerto. 

Los meses pasaron. El resquemor fue dando paso a la nostalgia y Otoniel hacía falta en todos los rincones de la casa de los viejos. Mientras tango, en la Sierra, la cintura de María Domicó crecía y crecía.

Llegó la Navidad.  La despensa de la joven pareja estaba vacía; el invierno había acabado con el maizal, los cerdos estaban esqueléticos y no había gallinas para preparar una cena decente. En la madrugada del  24 de diciembre Otoniel se terció la escopeta, le dio un beso a María  y se internó en el monte con la esperanza  de cazar un guatín ,  una guagua o al menos un gurre para preparar un sancocho.

Ese mismo día Domitila salió tempranito hacia el rancho de la Sierra.  Pudo más el amor de madre que los prejuicios que le impedían aprobar el “amañe” de Otoniel.  De muy mala gana la siguió José Jesús con una canasta llena de presas de pollo, natilla, buñuelos y dulce de brevas. Su intención era saludar a su hijo, desearles feliz navidad y regresar pronto a Oraida.

Al acercarse al rancho de la Sierra oyeron lamentos bajitos, era el dolor ahogado de María, que sola en grima, traía al mundo su primer hijo. De inmediato Domitila hirvió agua y en un canasto improvisó una cuna con pedazos de costales.

José Jesús prendió un tabaco y espero en el dintel de la cocina; de pronto oyó un llanto recio que le recordó los primeros gritos de Otoniel en una lejana madrugada en los helechales del Carmen de Viboral; minutos después apareció Domitila con un jotico en los brazos; “Cargá mijito a tu nieto,es zarco y monito como vos”.

Mientras el abuelo cargaba al muchachito con infiinito cuidado, Domitila se acercó a María y le secó con cariño el sudor que perlaba su frente. A lo lejos  se oyó el silbido de Otoniel  y de su perro que  a trancos se acercaban con dos pavas.

Cuando Otoniel y María estrecharon entre sí al recién nacido, el sol se filtró entre las nubes del páramo y en medio de los tiestos de auroras iluminaron la modesta estancia de vara en tierra. 

Una enorme bandada de pájaros cubrió el techo de cascaras de madera y en ruidosa algarabía se mezclaron los trinos de mirlas, sinsontes y turpiales.  Años después Domitila aseguraba que eran ángeles disfrazados de pájaros los que bajaron del cielo en esa navidad a saludar a su nieto recién nacido

jueves, 22 de diciembre de 2016

VEREDA LA SELVA- PEREIRA


VEREDA LA SELVA

 Alfredo Cardona Tobón


Un carreteable que sale desde el caserío de “El Aguacate” nos lleva bajo un dosel de árboles y de guaduales hasta la antigua estación ferroviaria de “La Selva”, por donde pasaba el tren que viajaba entre Pereira y Armenia. Es un trayecto plano con fincas ganaderas, café y plátano que hizo parte de la enorme hacienda de “La Selva”.

Al llegar a la estación encontramos la fonda “El Porvenir” y un pequeño poblado por donde circulaban dos yipes, dos ciclistas envolatados y unos jinetes que recorrían la calle asfaltada luciendo sus caballos, mientras un ruidoso equipo de música que los acompañaba junto con dos pobres perros muertos de cansancio, derramaba rancheras a lo largo de su recorrido.

En “El Porvenir” nos topamos con don Luis Hernán Peláez, un chinchinense que vive en   “La Selva” desde niño;  fue consejero del corregimiento, es dueño de la fonda y es un personaje abierto  al universo.

Don Luis Hernán llegó  a “La Selva” hace cuarenta años con su papá José Guillermo Peláez, un cultivador de almácigos que vistió de café las ubérrimas tierras de la vereda, tan ricas en lejanos tiempos y hoy infestadas de cigatoca, con cafetos tapados por la maleza, fincas convertidas en  pesebreras de caballos de paso,  con portadas majestuosas, casas extravagantes, bluyines y carros de alta gama de propietarios  sin la mínima idea de manejar una finca y sin la obligación moral de producir comida en esa desperdiciada tierra.

El primo Guillermo Peláez, de los  “pelaices” antioqueños era por ese entonces  Jefe de la Estación “La Selva”, que como hoy, se distinguía  como un cruce de caminos adonde llegaba el café de varios corregimientos con destino a las trilladores  pereiranas. Así que con el entronque del primo jubilado en los ferrocarriles, Jorge Guillermo Pelaéz, quedó con el montaje de la Estación ferroviaria cuando  “los sabios” citadinos acabaron con los trenes y dejaron varados a los campesinos de la zona.

En los años setenta del siglo pasado se abrió una carretera por donde pasaba el tren, casi por cuenta propia, casi por autoconstrucción, pues para robarse los rieles la gente emparejó la vía y el agua en su recorrido se encargó de abrir las cunetas. Por sobre el barrizal circularon los yipes, que como los marranos son felices entre el lodo   y sobre esos tremedales sobreaguaron las menguadas recuas dando vida  al pequeño poblado y al negocio de  “El Porvenir” que es fonda, bailadero y centro de información turística de la vereda.

Con la declaración del Paisaje Cultural Cafetero  se estableció sobre la antigua carretera  un corredor de cuatro kilómetros  para  resucitar  las fondas camineras, las casas blanqueadas de teja y corredores con chambranas, mazamorra en pisones, las gallinas criollas, fincas llenas de guamos, café borbón, pájaros, un mayal panelero… en fin  ese mundo que vivieron los bisabuelos.

Pero como dicen los vecinos de “La Selva”  todo eso fue  “pura pajarilla”,  un sartal de buenas intenciones, porque nada se ha hecho. La vía sigue empantanada en  invierno y polvorienta en verano,los platanales  dan grima y las casas del trayecto  se convirtieron en cajones de cemento.

En  1970 un ingeniero Quintero recogió los rieles que quedaban y los llevó a las bodegas de ALMAVIVA; alguien  dijo que don José Guillermo Peláez se los había llevado y ante tal acusación lo condujeron a la estación de policía.  De inmediato  los vecinos se levantaron   en  pie de lucha y forzaron la liberación de su líder que no tardó en demostrar la inocencia.

La vereda ha sido una zona de grandes fincas, además de “La Selva,  hay registros de  “La Comuna”, “La Esmeralda”, “La Lila”, “Asturias”, “Los Samanes”, extensas propiedades que paulatinamente se  han ido fraccionando.

 

LA HACIENDA LA SELVA Y LEOCADIO SALAZAR

 


En| 1923 las tierras de La Selva  eran de un señor José Vicente Marín, o al menos  eso se decía, hasta que Leocadio Salazar estudió los planos y al ver que figuraban como  baldíos se las hizo adjudicar[i]

A partir de entonces las tierras de La Selva formaron parte de las inmensas propiedades de Leocadio Salazar ubicadas en la zona que abarca varios municipios del norte del Valle y  Risaralda

Leocadio lotea, vende, compra y para valorizar sus adquisiciones  funda pueblos, muchos pueblos, que crecen como Ulloa y Trujillo, se estancan como Arabia, La India, Sucre o Salónica o desaparecen  como El Brillante y Betulia.

Leocadio Salazar, alias Chispas, oriundo de Santa Rosa de Cabal, entra a la historia regional con la fundación de Ulloa en 1922. Empieza comprando mejoras y luego haciendas invadidas por colonos donde levanta seis poblados. En 1938  en osada operación se adueña de 15.000 hectáreas en los municipios de Trujillo  y Friofrío y remata su obra al hacerse dueño de la hacienda Barragán con una extensión inicial de  60.000 hectáreas.

El método operativo de Leocadio Salazar es invariable según reseña Campo Urbano: Llega al ranchito del colono con un despliegue impresionante de funcionarios y leguleyos; se identifica, presenta sus títulos al labriego generalmente analfabeta e ignorante absoluto de las leyes y sus derechos. En seguida propone una transacción aparentemente favorable al campesino, o sea la compra de la parcela que ocupa, garantizando la legalización de la ocupación, comprometiéndose Leocadio a entregar las escrituras.

Muchos colonos venden a bajo precio, otros, asustados, le entregan sus ahorros como cuota inicial de un predio que creían suyo. No hay recibos, en la mayoría de los casos no habrá escrituras y Leocadio, al fin, se quedará con el dinero y con la tierra. En esa forma Leocadio explotó los baldíos de La Selva y de Arabia, ocupados en los años veinte por numerosos colonos.

SEMBLANZA DE LEOCADIO SALAZAR MEJÍA

Hijo de Jesús Salazar y de Mercedes Mejía, nació en Santa Rosa de Cabal el 9 de febrero de 1984 y murió en Tuluá, donde reposan sus restos, el 19 de agosto de 1974. Por espacio de varios años vivió en Pereira donde estuvo dedicado al negocio del tabaco. Luego adquirió tierras, fundó pueblos y se convirtió en el último exponente de la época postrera de la colonización antioqueña.

Al conmemorar el primer centenario de su nacimiento, el doctor Cornelio Reyes expresó lo siguiente, en un homenaje tributado en el municipio de Trujillo a Leocadio Salazar, cuya memoria es ensalzada por unos y discutida por otros:

“Venimos este día de gloria a Trujillo, a hacer memoria y honra de un colombiano de singular y hazañosa historia.

Recordar la vida y obra de don Leocadio Salazar Mejía, es repasar para enseñanza del tiempo presente y de la gente de ahora, una epopeya grandiosa y quizás irrepetible: La colonización antioqueña.

Era el nuestro y tal vez lo es todavía un país desconocido como anotaba con patriótica inquietud el sabio Caldas en 1808. Casi sigue siendo así en vísperas del nuevo milenio. Entre los meritorios esfuerzos para tomar conocimiento y posesión de nuestra geografía y para encontrar las grandes posibilidades de nuestros recursos humanos y naturales, hay uno que perdura, que vive, que incita también a nuevas  grandes empresas. Me refiero a lo que el pueblo antioqueño realizó a fines del siglo XIX y a principios de la nueva centuria cuya hazaña han recordado  en esta fecha memorable.

De esa estirpe gloriosa, de esa raza con poderío de historia, vino hasta nosotros don Leocadio Salazar, traía en su sangre la fuerza y el ánimo aventurero de sus antepasados. Modesto hogar fue el suyo, pero rico en virtudes de su gente, en los valores religiosos y éticos que formaron lo mejor de la sociedad colombiana.  Sólo supo  de las primeras letras en la escuela local, pero mucho aprendió de los suyos y en la sabiduría  de la escuela de la vida para iniciar, después, su fecundo peregrinaje de fundador de pueblos y de estancias: Ulloa, Montezuma, Vernaza, Andinápolis, Arabia, Venecia, Portugal de Piedras, La India  y Trujillo están entre sus fundaciones.

Su planta y su mano creadoras se extienden por las dos cordilleras de nuestro amado país vallecaucano. Las montañas azules que sostienen los cielos con sus anchas columnas, como las pinta el verso de Antonio Llanos.

´Para su acción pobladora recurría los más inimaginables expedientes. Por ejemplo cuando saca a los reclusos de la cárcel de Pereira y de Santa Rosa de Cabal para llevarlos a los nuevos poblados. Y hasta hacía de artista, como cuando terminaba la elaboración de un crucifijo para una Semana Santa o concluye una imagen de la Virgen María.

Leocadio Salazar hacía camino al andar como en el verso de Antonio Machado, sus realizaciones eran al paso, sobre la marcha y casi todas eran exitosas, excepto la colonización de Bahía Solano en la costa del Pacifico donde enterró una docena de ilusos aventureros.

Dice Eduardo Santa que la colonización antioqueña fue ante todo una empresa de caminos, y este caminante incansable,  caballero andante de las cordilleras, con su teodolito a cuestas construyó muchos caminos que hoy son vías indispensables de comunicación entre nuestras ciudades y aldeas. La carretera Tuluá-Frazadas- Barragán; la carretera Cáceres- Embarcaderos y la vía entre Riofrío y Trujillo con el puente sobre el río Frio.

Colonizó el Alto Calima y más allá, al sur, hasta La Cumbre, Dagua y la carrilera del Ferrocarril de Pacífico. Se ocupó de la apertura hacia el océano Pacífico, ese mar olvidado, ese vasto litoral irredento que los colombianos no hemos acabado de poseer ni de explotar, ni descubrir; con sus gentes pobres y enfermas. Ese fue uno de los sueños del colonizador, quien por su cuenta organizó una expedición a Bahía Solano.

Fue ejemplar la vida de Leocadio Salazar: colonizador, descubridor sin tierras ni riqueza; en cambio hizo propietarios, redimió a muchos de la pobreza.  Fundó un hogar digno de todas las alabanzas. Sus hijos Elías y Gustavo se destacaron en la vida política y cívica del Valle del Cauca. El resto de su parentela, nietos, biznietos, heredaron  virtudes y valores, inteligencia y voluntad de servicio y han dado lustre y orgullo  a la sociedad.[ii]

La versión anterior es una faceta idealizada de Leocadio Salazar.  Un retrato más fiel lo consiguió Urbano Campo en una entrevista con uno de sus hijos, de la cual se extraen los siguientes apuntes biográficos:

OTRA VERSIÓN SOBRE LEOCADIO SALAZAR

“ Los abuelos  eran de Aranzazu, pero él nació en Santa Rosa de Cabal en 1894, en donde  nosotros los hijos nacimos también.

Vivimos en Santa Rosa, después en Pereira, y luego de fundada Ulloa en el 22 nos pasamos allá.  Me acuerdo que nos llevó en canastos, a ambos lados de una mula. Cuando empezó la violencia liberal en el 30 nos tocó irnos y nos radicamos un tiempo en Filandia, regresamos a Ulloa, hasta el 34, luego nos pasamos a vivir a Trujillo y nos radicamos en Tuluá en el año 38.

Él no estudió sino un poco de primaria. De joven se dedicó al negocio de corridas de toros en Santa Rosa, después andaba en la región vendiendo cerdos, bestias y mulas… También era contrabandista de tabaco, en Ulloa tuvo una empresa de sal y una calera después.

Primero fundó a Ulloa en el 22, después Trujillo en el 24. También compró unas tierras por el lado de Riofrío en donde fundó a Portugal de las Piedras.

Fue el fundador de Montezuma y de Arabia en el 26, igualmente de Salónica y Fenicia en el municipio de Riofrío.

En los años treinta fue quien organizó en Ulloa, donde sobraba gente,  a los que quisieron colonizar a Bahía Solano. Muy pocos regresaron, todos murieron allí. Habían salido muchos de Ulloa.

- Dese 1922 hasta su muerte, Leocadio combina dos actividades complementarias:  primero compra tierras ociosas a los terratenientes o al Estado, como sucedió en Arabia y La vereda La Selva, luego parcela y funda pueblos en medio  de las haciendas o globos adquiridos –

Una de las grandes adquisiciones de Leocadio Salazar fue la Hacienda Barragán de miles de hectáreas de extensión y ocupada por numerosos colonos. Al respecto declara un viejo poblador:

“Se decía que don Leocadio había adquirido un título de la época colonial sobre toda la región, desde la boca del Monte hasta el páramo y la cordillera de Barragán. La verdad era que  esas tierras habían sido adjudicadas por el gobierno  a un general  Cancino en la guerra de los Mil Días.

Leocadio compró los títulos a los herederos de Cancino y revendió las tierras a los ocupantes; lo mismo hizo con una parte de la Hacienda Burila y con la Hacienda La Esneda, donde fundó a Trujillo.

“ Él nunca se quedaba con la tierra- dice su hijo- No le interesaba, nunca tuvo fincas, no fue cafetero ni ganadero, compraba a los dueños invadidos  y vendía en seguida a los colonos. Ni siquiera tuvo casa propia, siempre vivíamos en casas arrendadas.”

Durante más de treinta años, don Leocadio y sus hijos abogados, se dedicaron al lanzamiento de colonos sin títulos.

Don Leocadio sabía mucho de derecho y también de ingeniería. A “ojímetro”  andaba delante de la cuadrilla, a caballo, y decía: póngame una estaca aquí, otra acá y trazaba un camino.

Según sus hijos, la violencia hizo perder mucha plata a Leocadio Salazar, alias “Chispas” porque le mataron gente que le debía dinero y no entraban colonos a la zona sino que más bien se iban.

Parte de los pobladores de las tierras de Leocadio eran personas que huían de la violencia liberal de los años treinta en Santander y Boyacá, los mismos que encendieron la violencia conservadora ene 1946 y 1965 y también hubo muchos antioqueños que llegaron tras las ilusiones del poblador o  habían ocupado las tierras adquiridas por Leocadio.

“Con antioqueños y putas se fundan los pueblos”, dijo Leocadio en una ocasión y eso hizo al llevar meretrices a Ulloa y Trujillo donde los asignó un sitio de tolerancia.

UN CRUCE DE VIAS

La Selva es un nodo vial de una extensa zona pereirana. En tiempos del ferrocarril fue centro de acopio de varias veredas y en la actualidad es un punto donde se cruzan las siguientes carreteras:

La Selva- El Aguacate

La Selva- El Jazmín- Altagracia

La Selva- Callelarga- El Retiro- La Cristalina

La Selva-Betulia- Arabia

La Selva- La Bamba- El Congolo.

Son vías que conectan veredas de Pereira con otras de Alcalá y Ulloa, excelentes para el desarrollo del ciclomontañismo, el senderismo, el avistamiento de aves y los paseos de olla; son un recurso inexplotado e inexplorado desaprovechado por los pereiranos.

LA FINCA EL PORVENIR

Desde  hace  más de cuarenta años el doctor Rigoberto Valencia con su esposa Ofelia Yepes  se han dedicado al cultivo del café en la finca “ El Porvenir” ubicada en la vereda La Selva; en  la crisis cafetera de los años 2012 y 2013 numerosos cultivadores del grano vendieron sus parcelas, tumbaron el café o dejaron enrrastrojar la finca; pero el médico Rigoberto Valencia con su esposa  y  el apoyo de su hijo Eduardo, con tesón y fortaleza buscaron nuevos caminos para seguir adelante con  “El Porvenir”

Los Valencia Yepes son una familia que lleva el café en sus venas, de esos que respiran tinto, sueñas plantando colinos, ven a Dios en la vaguita asombrada por los quiebrabarrigos y dan palmaditas cariñosas a los guamos que sirven de contrabarrera a las platanares.

                                                                                                                 .

Cuando hubo que enfrentar un futuro incierto; Eduardo indagó sobre todo lo dicho y escrito con relación a los cafés especiales, hizo cursos de barismo, estudió los procesos de transformación y puso toda su inventiva en pos del sueño de hacer rentables los cultivos del grano.

     

No fue  tarea fácil,  es un asunto de ligas mayores competir en el mundo cafetero con la mitad de los países pobres produciendo café y unas firmas   trasnacionales  y locales  adueñadas del mercado, pero Eduardo tenía las armas para hacerlo, pues como diseñador de profesión  tenía la mente abierta y muchas ideas para salir adelante.

Para dar a los paladares exquisitos las glorias de la taza y entrar a los nichos de los cafés especiales, los Valencia Yepes cranearon una estrategia que empieza en los germinadores, sigue en  los surcos, en el beneficiadero y culmina con la tostión del pergamino, el empaque y la comercialización del producto.

Eduardo Valencia implantó en “El Porvenir” las mejores prácticas de acuerdo con las normas internacionales que buscan la armonía entre el suelo, el cultivo, las personas y el ambiente: el café se seca al sol, se cuida el agua y el suelo y la tostión  se hace en equipos diseñados por Eduardo para darle el punto que  permita la obtención de las  propiedades  organolépticas  exigidas en la prueba de taza para los cafés especiales.

DE VUELTA AL CAFETAL

La producción en la finca “El Porvenir” se complementa con la comercializadora Villa Jazmín dirigida por Diana Valencia Yepes y con  un portal  en el aeropuerto Matecaña de la ciudad de Pereira,  donde se exhibe, se degusta y se vende el “Café Granate”.

 

A lo anterior se le agrega la “Vuelta al Cafetal” como una actividad turística cultural que presenta a propios y turistas los pormenores de la caficultura tradicional, la vida en el campo, los valores campesinos y el proceso desde los almácigos hasta la prueba de taza; es  una pasadía, o pasada,  por  los terrenos  de “El Porvenir,” con visita guiada por los cultivos, la historia de la finca, los mitos y leyendas de la región.

En la “Vuelta al Cafetal” se reviven viejos tiempos, allí los que nacimos en el campo volvemos a la niñez entre corredores con chambranas, las arepas asadas en callanas y el grato olor de una taza de chocolate.

Los turistas extranjeros, por su parte, viven la experiencia de un viaje en yip como cualquier campesino, prueban el café en aguapanela, se refrescan con aguapanela con limón, prueban un dulce de papayuelas y desafían los jejenes tomando fotos bajo la sombra de las matas de plátano.



 
 

domingo, 18 de diciembre de 2016

INCENDIO DEL TEMPLO DE SAN ANDRÉS EN QUINCHÍA



Alfredo Cardona Tobón*


Al amanecer del 17  de enero  de 2016, un amigo me despertó para darme  la noticia del pavoroso incendio de nuestro templo parroquial; con  voz quebrada por la pena me contó cómo vieron consumirse,   sin poder evitarlo, el símbolo  que con los cerros tutelares del Gobia y del Batero, han identificado a nuestro pueblo.

El incendio empezó a la media noche, dicen que  se originó con un cortocircuito en las luces del alumbrado navideño. Las chispas encontraron en la madera centenaria, reseca por los años, la yesca que alimentó el desastre. No hubo pérdidas humanas, tan solo una persona afectada por el humo; las  pérdidas materiales son enormes para Quinchía y las inmateriales son incalculables, porque en las cenizas quedaron los cuadros de los Cuatro Evangelistas pintados por Palomino,  una talla quiteña de la Inmaculada Concepción y el trabajo de numerosos artesanos que embellecieron el templo. Las llamas consumieron en pocas horas el esfuerzo de una comunidad que vio en el Tabernáculo el soplo de Dios y lo cuidó con celo durante 132 años.

Después de una plaga de langosta y una larga sequía, los quinchieños  decidieron trasladar el caserío a un sitio fresco y con aguas; pero como las parcialidades no pudieron ponerse de acuerdo, dejaron que la  Virgen Inmaculada escogiera el nuevo sitio. La imagen de la Augusta Señora durante varias semanas viajó por caminos y trochas  hasta que en un atardecer seco y soleado los cargueros resbalaron sin causa aparente y la  preciosa viajera quedó recostada sobre un pequeño promontorio.

Esa fue la señal esperada por los quinchieños. Allí, en ese punto preciso,  en enero de  1884 los nativos pusieron la primera piedra del nuevo templo y alrededor empezaron a levantar sus ranchos. Sin permiso ni ayuda de nadie los quinchieños construyeron  la iglesia: cortaron cedros y nogales, llevaron piedra, hicieron una calera y cedieron la mitad de la hulla del resguardo a Protasio Gómez como pago por la dirección de la obra.

El 28 de noviembre de 1888  se celebró la última misa de difuntos en Quinchiaviejo y al día siguiente, en una gloriosa alborada, se trasladaron las imágenes, las reliquias y los ornamentos al templo que aún carecía de la cúpula y de las torres frontales, que apenas  se construyeron en  el año de 1921.

Quinchía fue un baluarte del radicalismo liberal y una fuerte plaza protestante. Pese al anticlericalismo del siglo XIX y las divergencias con  algunos sacerdotes que querían conservatizar a la comunidad, el templo de San Andrés  aglutinó a los quinchieños que siempre lo consideraron como una obra propia.

Al aclarar el día  17 de diciembre de  2016 el párroco Carlos Cadavid madrugó como siempre a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en el sitio donde  por pura coincidencia se puso la primera piedra de la iglesia consumida por el incendio. Esta vez no hubo palmas ni sonrisas; todavía  se sentía el calor de las brasas y el humo aún se levantaba sobre lo que una vez fue el orgullo de una raza. El dolor y el trasnocho marcaban los rostros adustos de los feligreses cuya desesperanza quedó grabada en un video que circula por las redes.

Vano fue el esfuerzo heroico de los bomberos locales  y de sus colegas de Guática, Anserma y Riosucio. Nada se pudo hacer ante la voraz conflagración  que de milagro no se extendió al resto de la localidad. Cuatro locales en los bajos del templo fueron pasto de las llamas, al igual que la memoria de  tantas generaciones que oraron bajo el techo del templo.

La iglesia de San Andrés  no solamente fue la Casa del Señor sino también el cofre de los recuerdos que congregó a los quinchieños en sus días de tragedia y de ventura. En los escombros quedó el esfuerzo del Resguardo Indígena, el trabajo de Nicolás Tapasco, de Bonifacio Trejos y demás nativos; las empanadas  de Filomena Calvo y de Telésfora Chiquito, las cantarillas de Ninita Betancur, las gestiones de Juan Bautista Cataño, de Cipriano Bermúdez, Santiago Rico y de Rogero Trejos  para conseguir los pesos escasos de una comunidad pobre que no dudó en privarse de comodidades para atender el culto y mantener el templo.

Ahora que se consumó la tragedia, Quinchía se siente desnuda y solitaria. Solo queda  consolar a los hijos de esta noble tierra y  recordarles que así como salieron adelante en tantas dolorosas circunstancias, en este trance también saldrán avante para mostrar a las futuras generaciones su empuje y su valentía.
                       Misa celebrada horas después del incendio en el atrio del  templo

El reto ahora es la reconstrucción del  templo. Más hermoso si se quiere,  de acuerdo con el paisaje y el entorno del pueblo, un templo digno de Dios y de los nuestros y no  una bodega de concreto como la mayoría de los templos risaraldenses.

Quinchía ha tenido varios templos: primero fue una humilde capilla al lado de la Misión Franciscana de Quinchía; el segundo, la sencilla construcción de guadua de Nuestra Señora de la Candelaria de Quinchía que fue pasto de las llamas; el tercer templo se levantó en Quinchiaviejo y la cuarta iglesia  es la de San Andrés, también víctima de un incendio..

La conflagración  se llevó el pesebre, los adornos de Navidad, los ornamentos y demás elementos del culto. Esta sería la hora de la solidaridad católica para que el Espíritu del  24 de diciembre no se apague en el pueblo más lindo de Risaralda.