martes, 16 de mayo de 2017

EL VIRREY QUE NO GOBERNÓ


Alfredo Cardona Tobón*

 

Champán- grabado de Julio Greñas



El once de junio de 1782, Don Juan de Torrezar Díaz Pimienta recibió la extremaunción y con las campanadas de las doce del día    entregó el alma al Creador, en una gris habitación donde se filtraban los murmullos de la servidumbre y el cortante frío bogotano.

Cuatro días antes, el nuevo virrey había llegado a la capital granadina tras un recorrido de 45 jornadas desde las playas caribeñas, desafiando los bancos de arena y los meandros torrentosos del río Magdalena, recorriendo profundos lodazales y los pésimos caminos que llevaban al altiplano.

Durante ocho años don Juan desempeñó la gobernación de Cartagena con lujo de competencia: abrió vías, fundó a Montería, a Lorica, a San Bernardo del Viento, a San Pelayo y decenas de pueblos sabaneros a la vez que establecía en Cartagena  el colegio de San Carlos de Borromeo,  la primera luz de la Ilustración en un mundo entre tinieblas.

Don Juan de Torrezar Díaz y Pimienta luchó como Brigadier en los ejércitos del rey de España, alcanzó la dignidad de Caballero de la Orden de Carlos III y desempeñó exitosamente la gobernación  de Cartagena.  Al renunciar el virrey Miguel Antonio Flores agobiado por los achaques y las intrigas, Don Juan Díaz Pimienta, como acostumbraba firmar, lo remplazó en el cargo el 31 de marzo de 1782.

El virrey Díaz y Pimienta emprendió viaje a Santa Fe cuando aún se oían los gritos de la revolución comunera. Lo acompañaba su joven y bella esposa, un hijo de dos años y escasa comitiva. Los cronistas anotan que no llevaba tropa alguna para inspirar confianza en los ariscos granadinos aterrados con las sentencias crueles que apagaron la vida de Galán, de Berbeo y otros compañeros y dicen que costeó el viaje de su propio bolsillo para no afectar  al erario.

Desde la muerte del virrey hasta la sepultura en el convento de las Teresas en Bogotá, las milicias acantonadas en la ciudad dispararon un cañonazo cada cuarto de hora; cuatro caballos enlutados transportaron el ataúd y tres salvas de artillería precedieron su sepultura. No hubo pompa ni boato en las ceremonias fúnebres porque así lo dispuso el virrey antes de morir, pues era pobre y dijo no tener con qué pagar un entierro.

La esposa María Ignacia de Salas estaba embarazada; por eso desde que subió al champán de 12.5 metros de eslora empezó a sentir malestar con el vaivén de la embarcación, con el calor y los bichos. Al atardecer del primer día llegaron a la Bodega de Mahates y alumbrados con antorchas la comitiva virreinal recorrió el barrizal que los llevaba al caserío en medio del júbilo popular.  Al otro día los viajeros madrugaron y repasaron el camino para reanudar el viaje por el río Magdalena.

La segunda noche los sorprendió en Tenerife; aquí el Ayuntamiento se presentó en pleno disfrazado con pelucas y casacas andrajosas y por largo rato se bailó al son de dos violines y un arpa. El champán atracó en Mompox, donde las comodidades de sus habitantes les permitieron reponer las fuerzas antes de continuar rio arriba. Como en todo el trayecto se trató al virrey con los mayores honores. En Mompox llegó al templo bajo palio y por momentos el valetudinario representante del rey y su indispuesta consorte se sintieron en Cartagena.

Los ribereños se agolpaban para ver pasar el champán impulsado por doce bogas, ornado con la bandera española y con el piso recubierto de cueros de res. En Tacamucho un grupo de milicianos coloniales saludaron al virrey con armas de palo y en Talamameque lo recibieron tres curas bajo palio. Al llegar a la desembocadura del río La Miel, donde por siglos vegetó la población negra de Buenavista, doña María Ignacia sintió los dolores del parto y en esa soledad desamparada nació un hijo que no sobrevivió y hubo que sepultar en las playas palúdicas del rio Magdalena.

Al mes de salir de Cartagena  la comitiva  virreinal llegó al puerto de Honda donde los esperaba el arzobispo Caballero y Góngora; descansaron allí  nueve días, al cabo de los cuales tomaron el camino hacia Santa  Fe:  el virrey a caballo y su esposa en un palanquín con cargueros que se turnaban en el recorrido. En Guaduas el alcalde se presentó con las jóvenes del pueblo, dos violines, un arpa y una guitarra y se armó un animado baile.  Pero don Juan Díaz Pimienta no estaba para fiestas, desde Honda empezó a hincharse y a sentir un malestar general.

Al llegar al altiplano no lo mejoró el frio sabanero, al contrario, la salud de Díaz Pimienta empeoró; en Facatativá “sintió morirse de fatiga” durante una noche terrible, de ahí en adelante el antiguo Brigadier de los ejércitos reales empezó el camino acelerado hacia la muerte.

A las cuatro de la tarde del siete de junio de 1792 Díaz Pimienta llegó a Santa Fe de Bogotá, tan postrado y débil que hubo que llevarlo cargado a la cama. La multitud se agolpó a la entrada del Palacio para indagar por el virrey que se estaba muriendo y por la virreina que no llegaba porque los quebrantos la retrasaron en su recorrido. De inmediato llamaron al protomédico José Celestino Mutis quien por sus conocimientos y experiencia era el único que podía salvar al virrey, pero el galeno por toda providencia pidió que le administrarán la extremaunción.

Las campanas de las iglesias repicaron al morir el virrey y Bogotá se unió en una sola oración. El alto funcionario español dejó este mundo solo, sin un pariente, sin un doliente, echando pus por las “cuatro vías”. Doña María Ignacia y su pequeño hijo llegaron al otro día del deceso. Les prestaron muy poca atención pues estaban muy ocupados maquinando la sucesión, incluyendo al arzobispo Caballero y Góngora, quien por razones que se ignoran, guardaba un sobre sin abrir, donde el rey desde cinco años atrás lo nombraba virrey interino en caso de faltar el titular.

Se habló de envenenamiento y de amores de doña María Ignacia con el arzobispo; era el entretenimiento en la Santa Fe gris y pacata de la Colonia. Nada se comprobó, lo único cierto es que  don  Juan de Torrezar Díaz y Pimienta  quedó inscrito en la historia, no tanto  por los cuarenta pueblos que fundó en la costa y su progresista gobierno en Cartagena, sino por su cortísimo período de virrey.

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