viernes, 6 de enero de 2017

ISIDRO PARRA




Alfredo Cardona  Tobón



Isidro Parra nació{o el 15 de mayo de 1839 en la población antioqueña de El Peñol; sus padres siguieron el turbión irresistible de la colonización de las tierras del sur hasta anclar en los barrancos de la pequeña aldea de Manizales.

Cuando Tomás Cipriano de Mosquera se levantó en armas contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez, don José Jesús Parra y su hijo Isidro se unieron a la fuerza de la revolución, luchan en los llanos del Tolima y en las vegas del río Magdalena y entran triunfantes con las fuerzas caucanas a Santa Fe de Bogotá.

Después de la toma de la capital de la república los Parra regresan a Manizales que continúa en guerra contra Mosquera y sus aliados; pero allí no hay espacio para los liberales, ni oportunidades en esa zona monopolizada por los herederos de la Concesión Aranzazu y por los belicosos Arango y Villegas que mangonean en la aldea.

En busca de tierra y de mejores perspectivas los Parra y algunas familias amigas remontan la cordillera central de Los Andes y en la ladera que escurre hacia el río Magdalena establecen un caserío en el sitio denominado Las Granjas, que pronto abandonan para continuar avanzando hacia tierras más cálidas. Al fin se  topan con un valle feraz, de buenas aguas y con algunos vecinos entre los cuales sobresale el francés Desiré  Angee  y su compañera Mercedes González

En 1851 el gobierno había cedido tierras baldías y aportado auxilios  para el establecimiento de la población de El Líbano; con la llegada de los inmigrantes antioqueños El Líbano progresó rápidamente, de tal manera que en 1866 se le reconoció oficialmente y se nombró a  Isidro Parra como su primer alcalde.

Isidro fue un líder, e indudablemente el motor del progreso de la nueva fundación que se arropa bajo las banderas del radicalismo liberal.

En 1876 los conservadores se levantan en armas contra el gobierno liberal de Aquileo Parra; los estados federales de Antioquia y El Tolima apoyan a los revolucionarios caucanos, e Isidro Parra, de inmediato, organiza tropas que se suman a las fuerzas liberales comandadas por el general Daniel Delgado. Son 400  libaneses entre los cuales figura  Isidro Parra y sus cuatro hermanos.

El 20 de noviembre  la sangre hermana corre por los amargos campos de Garrapatas; el combate se prolonga hasta el 22; el ejército liberal luchando al descubierto lleva la  peor parte en esta danza de la muerte. Isidro Parra lucha como un valiente sobre los escombros humeantes de la hecatombe y por encima de los cadáveres y las banderas rotas es ascendido a general.

Los liberales se retiran deshechos; los vencedores conservadores con el temor de un contrataque que no podrían resistir abandonan el campo tan duramente retenido y se retiran hacia las trincheras de Manizales.

Termina la sangrienta guerra de 1876 y tras una precaria dominación liberal la paz vuelve a hacerse trizas en 1879 con el levantamiento  de los conservadores antioqueños que quieren sacudir el  yugo impuesto por los caucanos que imponen los gobernantes y atentas contra los más caros valores paisas.

Isidro Parra y su gente vuelven al combate: el 26 de enero de 1879 Parra recibe informes que anuncian los preparativos de los alzados en armas en el sur de Antioquia y de inmediato alerta a las autoridades radicales de Manizales sobre el peligro que acecha.  Tras fuerte combates en el sur y en el centro de Antioquia los liberales controlan la situación y la columna del Líbano comandada por Isidro Parra  regresa a los surcos.

En la guerra de 1885 el conservatismo retoma el poder y en 1895, cuando los liberales pretenden conquistar el gobierno por las fuerza, de nuevo Isidro Parra se alista bajo las banderas de su partido y con una columna guerrillera extiende sus acciones desde Villamaría hasta Mariquita.  De desastre en desastre, la derrota liberal es inminente, con el descalabro en el sitio de El Papayo, los revolucionarios del Tolima comprenden que es inútil seguir combatiendo y pactan la paz con el adversario. Isidro Parra y su tropa deponen las armas y se retiran con un salvoconducto del general conservador Manuel Casabianca.

Pese al compromiso de paz con Casabianca las tropas conservadoras de Manizales no respetan la decisión del general gobiernista y vuelan al Tolima, como buitres, a aniquilar las rendidas fuerzas radicales de ese estado vecino. En la noche del  21 de marzo de 1895 el coronel Luis  María Arango rodea el rancho donde duerme tranquilamente Isidro Parra, con cuatro matones irrumpe en la vivienda y sin compasión asesina vilmente a sus ocupantes.

El cuerpo del  patriarca humanitario, protector de los menesteroso, que vestía a los niños pobres del Líbano, que viajaba desarmado por los caminos solitarios, que creo riqueza y defendió con la espada sus ideas cuando era imposible hacerlo con argumentos y razones,  fue amarrado desnudo a un tronco de madera, y arrastrado como un animal se le abandono como a un perro en la plaza de El Líbano,  donde su amigo conservador Adolfo Rincón  le recogió para darle sepultura en el solar de la casa de unos parientes, pues el párroco no permitió enterrarlo en el cementerio católico.

“Es lo cierto- escribe el doctor Enrique Ramírez- que Isidro Parra murió el 21 de marzo de 1895 en su agreste vivienda, sin oponer resistencia; y es sabido así mismo que murió traidoramente. ¿ Quién lo mató’?- Una comisión fullera, restauradora de crímenes, con sed de hazañas que agradaban a la parte oficial y que salió en busca de Parra por montañosos senderos, segura de hallar presa de muchísimo valor. La comisión fue comandada por Luis Arango y formaba parte del Batallón Hilachas, cuyo nombre hace armonía con esos desalmados.”

Las cenizas del jefe radical reposaron por un tiempo en un obelisco levantado por la alcaldía de El Líbano en tiempos de la República Liberal; en el año de 1988 los restos de Isidro Parra quedaron en un cajón de madera, entre una arrume de chatarra del Palacio Municipal de El Líbano.

jueves, 5 de enero de 2017

LA VEREDA EL RETIRO- PEREIRA


VEREDA EL  RETIRO

 Alfredo Cardona Tobón

                           María Gladys Giraldo, Amparo Raigoza , Alfredo Cardona T


A la vereda  El Retiro se llega por una carretera destapada  que pasa por un lado de la capilla católica, llega a la antigua vía del ferrocarril, cruza el caserío de Callelarga y entre cultivos de plátano y  café  lleva al pequeño poblado donde se destacan el Centro Educativo, una inspección de policía y dos establecimientos comerciales que sirven de punto de encuentro a los habitantes de la vereda.

Es tierra de suave topografía que en otros tiempos fue una productiva área cafetera  venida a menos por la broca,  la roya y los bajos precios del grano en los mercados extranjeros.

Cuenta doña María Gladys Giraldo, una economista jubilada, nacida y criada en El Et Retiro, que en  1882 llegó su bisabuelo Rafael Giraldo a unos abiertos entre el monte cerrado; venía de Rionegro, Antioquia, con su mujer, una yegua, un perro,  una escopeta, un azadón, el machete y tres hijos entre los ocho y los diez años de edad.

Rafael  levantó  un rancho de vara en tierra, sembró  maíz y fríjol y con unas gallinas y un cerdo  echó adelante con sus ilusiones; la zona estaba casi deshabitada; por encima del bosque emergía el humo de los fogones de las  casas en guadua de José Arias, José Aguirre y Rafael Moreno

Eran pocos los habitantes de esas tierras  que escaparon de las manos de los Marulanda, los Castro y demás empresarios paisas quizás por estar retirados de los caminos y se libraron también de los guaqueros, pues los quimbayas habían preferido enterrar sus tesoros en los  territorios al lado de la serranía.

 En mingas o convites los primeros pobladores de El Retiro convirtieron las derribas en maizales entreverados con fríjoles para alimentar la familia, los cerdos y las gallinas. Después algunos sembraron pasto y al  empezar el siglo XX la mayoría de los vecinos establecieron  los cultivos de café y plátano en las fértiles colinas transformándolas en  las fincas El Motor, Las Palmas, La Elena, El Jardín, La Marina, Los Recuerdos….

Los años pasaron, las trochas se convirtieron en caminos. El  hijo mayor, Jesús Giraldo, alargó los pantalones y se convirtió en un jayán montañero que levantó su  hogar con María de la Luz Arias, vecina del sector de La Bamba.

El joven matrimonio fijó su residencia en el Retiro, en tierras aledañas a las de su padre Rafael, de esa unión nacieron Hernando, Heriberto, Elena, María Dolores y Deyanira, que junto con los niños de los otros pobladores llenaron la vereda de  risas infantiles.

Al empezar el siglo XX  no había escuelas, ni caminos, ni acueducto… para estudiar los muchachos tenían que recorrer un largo trecho  hasta donde  está la portada de la finca Las Palmas y las niñas debían caminar hasta la escuela que estaba donde hoy se encuentra la Caseta  Comunal de Morelia

 En la primera década del pasado siglo se construyó la primera escuela, era una casita estrecha de esterilla donde se impartía educación primaria a niños y niñas, así funcionó hasta 1961 cuando con el apoyo del Comité de Cafeteros se  construyó una edificación moderna que fue base del actual colegio de El Retiro.

Ahora la vereda El Retiro tiene un puesto de salud, Instituto de bachillerato, caseta comunal, un tramo de vida pavimentada y servicio de busetas hasta Pereira; son logros de una comunidad organizada que contó con el apoyo de Camilo Mejía Duque y de Gabriela Zuleta, dos líderes políticos que en su tiempo hicieron mucho por El Retiro y demás zonas rurales de Pereira.

Hernando Giraldo, nieto de Rafael Giraldo, uno de los primeros colonos de El Retiro,  aprendió el oficio de la construcción y bajo su dirección, y  a golpe de  garlopa y de martillo, han tomado forma obras que han empujado el progreso de la vereda.

Por su parte María Gladys Giraldo, una de las nietas de Rafael, después de una exitosa carrera profesional, se ha retirado a sus cuarteles de invierno y adelanta en la vereda  una loable tarea con los vecinos de la tercera edad. .

                 

 El pequeño y pintoresco caserío de El Retiro con la infraestructura, el terminal de los buses que pasan por Morelia, Callelarga y la vereda, deja adivinar un futuro halagüeño,  le ayuda la  topografía y sus líderes. En cuanto al nombre ya no le cuadra el de Retiro porque con la modernidad quedó cerca de todas partes.

 

SUB-ESTACIÓN EXPERIMENTAL LA CATALINA

A pocos  kilómetros de la  Inspección de Policía y del Centro Educativo de la vereda El Retiro, en medio  de cafetales y maizales técnicamente cultivados, se ubica la Subestación  La Catalina de la Federación de Cafeteros.

La granja  ocupa una extensión de  41.8  hectáreas, está a 1350 metros sobre el nivel del mar y por su suelo clasificado dentro de la  unidad Chinchiná es especialmente adecuada para los cultivos de la zona cafetera.

 


 Vidal Largo Taba, Alfredo Cardona Tobón y Amparo Raigosa C

 

En  La Catalina se realizan  investigaciones  en convenio con CIMMUT (CIAT) y otras entidades nacionales e internacionales que trabajan con cultivos mejorados de maíz y café;  empezó  labores en  1983 con morera y gusano de seda, luego se trabajó  con piña y cardamomo y ahora se adelantan proyectos con especialistas colombianos y profesionales de México, Estados Unidos y Argentina.

La  labor en La Catalina es participativa, o sea en asocio  con cultivadores locales que aportan terrenos y recursos y desarrollan conjuntamente  los experimentos con la asistencia de los científicos de la granja.  Cuenta con  15 trabajadores permanentes y dieciocho funcionarios administrativos; en una amplia casa campesina de corredores y teja de barro están las oficinas y a poca distancia  las bodegas y el beneficiadero de café, donde se despulpa y se seca el grano mediante modernos equipos que operan con el mínimo consumo de agua y con temperaturas controladas que no afectan las condiciones organolépticas de la  bebida.

Desde hace muchos años don Vidal de Jesús Largo Taba  está vinculado a la Catalina como funcionario de la Federación de Cafeteros, es un riosuceño raizal  que ha sumado experiencia y vivencias para servir al  gremio caficultor.

Don Vidal es testigo de los  acontecimientos que han golpeado fuertemente  la caficultura colombiana: la aparición de la roya, un hongo que defolia los cafetos,  la presencia de la broca, que es un cucarroncito que daña los frutos, y  sobre todo los bajos precios internacionales resultantes de la sobreproducción del grano.

Al mirar las lomas que antes cubrieron los  cafetos  se observan  grandes parches de potreros y  diversos cultivos que no ocupan los  miles de  trabajadores rurales que antes vivían de café y ahora han emigrado a las ciudades en busca de un oficio. El Retiro y las demás veredas cafeteras de Colombia se han despoblado y caballerizas y casonas con postes pintados han remplazado las casas de guadua con canastas de auroras y begonias.

Se ha hecho tarde y hay que regresar a Pereira; al despedirnos don Vidal sigue el vuelo de unas garzas que se pierden en el horizonte verde de El Retiro

  Vendrán tiempos mejores- dice don Vidal-  yo no me imagino estas comunidades sin el café que es el alma y la razón de su lucha. La tarde cae y con las primeras sombras de la noche el verdor de los cafetales y maizales se convierte en un tapiz gris pespuntado por las luces de las casas campesinas.

 

lunes, 2 de enero de 2017

LA HISTORIA DE UN MANGO PEREIRANO


Alfredo Cardona Tobón

- Los mangos de la plaza Bolivar de Pereira son una institución en la ciudad. Cada uno de ellos guarda una historia entretejida en el alma pereirana; los mangos son un símbolo y su permanencia en medio de los gases asfixiantes de los carros va pareja con la resilencia de una comunidad atropellada por la ineptitud de sus gobernantes y la corrupción de su clase dirigente..

La tala de uno de los mangos a mitad del siglo pasado casi termina en asonada y el cambio de uno de ellos por una araucaria dio lugar a un jocoso episodio  comentado por el escritor Euclides Jaramillo, uno de los actores principales de ese suceso

Releamos esta crónica de Euclides Jaramillo, aparecida cualquier día  en el antiguo  periódico “El Diario” que se refiere al mango situado frente al Banco de Colombia de la carrera octava entre calles 19 y 20:






 

"En la carrera octava, frente a la casa de don Roberto, se enfermó o murió o desapareció uno de los mangos de la plaza.  Un grupo de distinguidas damas, encabezadas por doña Clementina  Gutiérrez, esposa de don Roberto,  realizó una cruzada de propaganda por un árbol extraño y remplazó el mango por una linda araucaria

Esta crecía y crecía pero a los pereiranos les disonaba su presencia, lo que hallaban como algo insólito,  como si se tratara de una intrusa que destruía la armonía del conjunto y afeaba la plaza.  Pero nadie se atrevía a decir nada porque la araucaria  era de doña Clementina, esposa de don Roberto Marulanda.

Por allá en  1942, si mi memoria no me falla,  don Roberto era gobernador de Caldas y yo su alcalde en Pereira.  Y mi patrón tenía por costumbre bajar a su ciudad todos los viernes por la tarde y sentarse, hasta el lunes que regresaba, en el corredor de su casa, frente a la Plaza de Bolívar y por lo tanto, frente a la araucaria de su esposa. Desde allí, desde su taburete de vaqueta recostado a la pared, dominaba él  la calle y llamaba a todo conocido que veía pasar para conversar algo con él o para hacerlo subir hasta el balcón para cualquier cosa. Yo  rehuía pasar por allí  cuando don Roberto estaba en  Pereira, pero como vivía cerca, a veces no podía evitarlo. Así, una tarde del viernes iba para mi hogar cuando me divisó el patrón, me gritó “alcalde” y me hizo señas para que subiera. Yo inicié las escalas con temor y haciendo examen de conciencia para ver que malo había hechos y como iría a ser el regaño. Entonces las cosas eran difíciles. El partido liberal  que dizque mandaba, estaba dividido ferozmente en Pereira entre blancos y negros .Camilo Mejía Duque, mi inolvidable amigo, comandaba los negros, y desde el Club Rialto se dirigían los blancos. Repito que yo era amigo de Camilo quien me había hecho personero en el 40 y luego  me había tumbado no sé por qué , y era un alcalde designado por un blanco, que se presumía que era don Roberto, como socio del Club Rialto.

Mi padre no era político pero no ocultaba su  simpatía  por los blancos y con ellos estuvo cuando lo de Arango Vélez.

Yo para ser imparcial como era mi deber constituía  un manzanillo entre blanco y negro sin definirme, por ninguno de los grupos.  Tenía un secretario blanco, Rafael Cuartas Gaviria y algunos inspectores del mismo color,  por lo cual no me veían con buenos ojos los negros y los blancos, por mi amistad con Camilo me llamaban  negro.

Cuando estuvo al frente de don Roberto se quitó unas gafas, se puso otras, volvió a unas terceras y luego haciendo ademán de secreto, me  dijo:

-Oiga alcalde lo que le voy a decir. Ponga cuidado que no es para sostener. Que nadie sepa y menos Clementina esta orden: Póngase de acuerdo con Juan basuras ( Así le decían los blancos a don Juan Tabares, abnegado servidor público), Jefe de Aseo y Lugarteniente de las fuerzas de choque de Camilo.  Oiga pues,  una noche de estas que mi mujer se quede en Manizales, yo le aviso, arranquen a media noche esa araucaria y siembren inmediatamente un mango Es decir que amanezcan las cosas tales que sea imposible rehacerlas. Váyase y ya sabe: no me meta a mi en esa colada.

Y así fue. Vino la noche convenida y a las doce, precisamente a las doce, arrancamos la araucaria y sembramos  inmediatamente un gran mango traído  de un solar cercano al Parque de La Libertad y allí está aún  el árbol que resultó una manga.

Doña Clementina estuvo justamente indignada, me llamó telefónicamente y me amenazó con quejarse ante Roberto por mi descuido, por mi abandono de la ciudad. No recuerdo cuantas cosas más me dijo la noble dama

Pero yo guardé el secreto y solo ahora,  42 años después, le cuento a mis lectores el origen de esa mango de la carrera octava. "