miércoles, 18 de enero de 2017

BELISARIO RAMÍREZ GONZALEZ

Ángel María Ocampo Cardona*




El pasado lunes 9 de enero, dejó de existir en la ciudad de Manizales, el escritor Belisario Ramírez González, caldense por adopción. Deja una silla vacía en la Academia Caldense de Historia, institución de la cual era Miembro Correspondiente, desde su fundación, el 16 de agosto de 2002. Estas palabras se constituyen en un homenaje póstumo al académico y en un saludo de solidaridad para su familia, residenciada en el municipio de Villamaría.
Belisario había nacido en Guacarí (Valle), el 2 de octubre de 1938, en un hogar de raíces caldenses: su padre, Belisario Ramírez, era de Villamaría y su madre, Enriqueta González, de Salamina. Su familia llegó de regreso a Villamaría, y se estableció en la vereda Papayal, cuando él frisaba con los once años de edad. Viajó luego a Manizales para iniciar sus estudios primarios en la Escuela Anexa Departamental de Manizales. Años después, se graduó Maestro en la Normal Departamental de esta ciudad.
En 1958, ingresó al magisterio, como docente en la vereda La Garrucha de Manizales, donde laboró algunos meses y renunció para aceptar, días después, un nombramiento en el mismo ramo, en la Escuela de Varones de San Diego (Samaná). Luego fue trasladado con el cargo de Director de la Concentración Escolar del Corregimiento de Guarinocito, del municipio de La Dorada. El 1º de mayo de 1960, en virtud de una permuta, llegó a Victoria a laborar como docente de la Escuela Urbana José María Córdova. Allí formó hogar con la victoriana Nohemy Loaiza Jaramillo, matrimonio del cual tuvo cuatro hijos: Belisario, Jairo Alonso, Nohemy e Isabel. También allí se hizo corresponsal del Diario LA PATRIA e inició su carrera periodística e historiográfica.
Simultáneo con su labor docente, se dedicó a la lectura de libros, a husmear archivos locales y regionales, y a registrar los sucesos grandes y pequeños de la vida de esa población del oriente de Caldas. Así empezaron a aparecer las obras que lo fueron consagrando como un juicioso cronista del acontecer regional. Escribió sus libros “Dos Vidas Cantando a Colombia: Hermanos Uribe”. “Periodismo de Provincia, un rico filón de historia”. “Victoria Caldas: de 1868 a 1988” y “Monografía de Victoria Caldas: 1553 a 1997”.

De la docencia a la política y a la literatura
En el municipio de Victoria se convirtió además en un líder cívico y social, habiendo llegado a ser miembro del Concejo Municipal, por dos períodos, y en ambos períodos, Presidente de la Corporación, representando al partido conservador en una localidad eminentemente liberal, lo que permite dar cuenta de su arraigo entre las gentes, que admiraban su ecuanimidad y espíritu de emprendimiento encauzado hacia los buenos propósitos de desarrollo comunitario. No en vano llegó a ser miembro y comandante del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la localidad, otro indicativo del grado de su arraigo en la comunidad.
Posteriormente ejerció la docencia en el municipio de Risaralda, donde también dejó huellas como líder intelectual, vinculándose a la actividad cultural. Fue miembro de un centro literario y también candidato al Concejo Municipal. Durante su estadía en este municipio continuó ejerciendo como corresponsal de LA PATRIA. En este ejercicio, le correspondió protagonizar el debate librado en procura de la integridad territorial de Caldas, a contrapelo de los intereses segregacionistas de las ciudades de Pereira y Armenia. Publicó páginas enteras con entrevistas, reportajes y columnas que atacaban con entusiasmo las propuestas de fragmentación del Departamento de Caldas, para lo cual contó con el apoyo irrestricto de los dueños del diario, quienes tuvieron que hacer caso omiso a las acusaciones que contra el periodista hicieron algunos líderes segregacionistas.
Estando ejerciendo la docencia en Risaralda, le llegó el ofrecimiento del Alcalde de Victoria, para que regresara a esa localidad a ejercer el cargo de Personero Municipal. Ofrecimiento que aceptó en virtud de sus apegos a la comunidad del oriente caldense y también por la importancia del cargo que se le ofrecía. Renunció así a la docencia y se instaló de nuevo en Victoria, como Personero Municipal, cargo que desempeñó durante cuatro años. Cumplido este período, se traslada con su familia a la capital caldense y aquí ejerce el cargo de Revisor de Documentos de la Contraloría General del Departamento y posteriormente como Almacenista de Rentas Departamentales, adscrito a la Secretaría de Hacienda de Caldas.
Unos años después vino su vinculación directa al diario LA PATRIA, como Jefe de Corresponsales y como Jefe del Departamento de circulación. Y en estas circunstancias, tuvo la oportunidad de involucrarse en actividades literarias, haciéndose compañero de faenas intelectuales de Jorge Eliecer Zapata Bonilla, Alfredo Cardona Tobón, y otros escritores que por aquella época gestaban la fundación de la Academia Caldense de Historia. Cuando se fundó esta institución, Belisario Ramírez González participó en las actividades fundacionales, por lo cual se cuenta como uno de los miembros fundadores de la Academia.

Homenaje a una vida
En el año 2013, a la edad de 75 años, fue galardonado con el título de “Adulto Mayor de Oro”, en representación del municipio de Victoria y como un reconocimiento a su destacada labor cívica, cultural, social e intelectual en beneficio de diferentes municipios de Caldas. La ceremonia tuvo lugar el día 30 de agosto de 2013 en el centro Cultural de Café y fue realizada por la Red de apoyo técnico y social gerontológica de Caldas que coordina la Dirección Territorial de Salud de Caldas.
Con ocasión de su fallecimiento ocurrido el pasado 9 de enero, las autoridades civiles de Victoria y Villamaría hicieron llegar a sus familiares, sus reconocimientos, exaltando la vida y la obra de un ciudadano que se distinguió por su don de gentes, su calidad humana y su vocación de servicio.
Y la Academia Caldense de Historia, lamentando su desaparición, exalta sus virtudes como educador, gestor cultural, periodista, escritor e historiador, con aportes significativos a la historiografía de la región caldense.

*Presidente de la Academia Caldense de Historia.

martes, 17 de enero de 2017

LA GUERRA DE LOS MIL DIAS EN PEREIRA


 

REMINISCENCIAS DE JOAQUÍN SUAREZ

 


Época nefanda la del año 1895; turbado el orden público mis hermanos Luis Antonio, Eliseo, Bernardo, Francisco y el suscrito Joaquín Suárez, nos fuimos a la finca a pasar la noche juntos en mi caney de tabaco: Serían las seis de la tarde cuando pasó mi padre Ramón Suárez a poca distancia de a caballo, nos vio y siguió al considerar que no corríamos peligro.

 En la casa de la hacienda comió y como lo hacía algunas noches se dirigió a la ciudad de Cartago, no imaginando la celada que le tenían en el punto llamado Cascajero en una angostura.  Lo sorprendió de noche una turba anónima mandada a capturarlo vivo o muerto, según dijeron algunos de ellos. Al tratar de escapar cayó la bestia y en el suelo lo culatiaron ferozmente; lo llevaron preso y al entrar a la ciudad lo volvieron a ultrajar y no pudiendo ya llevarlo por lo grave del maltrato lo amarraron de pies y manos y engarzado como un marrano lo entraron por las calles hasta descargarlo en una pieza inmunda de la cárcel   donde murió desnucado.

Vino el día más fatal de nuestra vida, llegó un cuñado Ramón Gamboa, conservador pero buen amigo, nos prometió llevarnos a verlo y fuimos a Cartago, pero ya lo habían sepultado a las primeras horas del día sin que pudiéramos ver a mi padre.

Comprenderán quienes lean estas líneas como quedarían los corazones de trece hijos de un padre tan amante como lo era con nosotros; yo de mi parte no pensé más que en la guerra.  Se dijo que en La Virginia el jefe don Demófilo Candela tenía armas y gente, nos alistamos con algunos liberales de Santa Ana y en la mañana siguiente nos pusimos en marcha con cuatro de mis hermanos menores Luis, Eliseo, Francisco y Eduardo. Al pasar por donde el hermano mayor José Vicente detuvo a los menores que no pasaban de 12 o 14años y seguimos los demás. Fuimos a La Virginia y no habiendo visto sino calma nos regresamos a nuestra casa pero yo siempre pensé en la guerra a las órdenes de los jefes el general Murgueitio, Demófilo Candela, Lázaro Mejía y Félix Abadía.

Se me persiguió por mi tenacidad en la política, fui herido varias veces y encarcelado otras tantas. En todo lo que se ofrecía colectar dinero nunca lo negaba porque mi idea no era otra que servir a la causa. Alguna vez le escribía a un amigo en Bogotá, necesitamos un Gómez y un Maceo en Colombia (libertadores de Cuba) y los tuvimos en Uribe y en Herrera. Yo no descansaba en mi intriga bélica, los jefes Murgueitio, Candela y Mejía me confiaban todos los elementos que lograban adquirir. Mi depósito nadie lo sabía y unos días antes de estallar la guerra de los Mil Días me dijo uno de los jefes que debía limpiar los rifles Días después fueron capturados los jefes y declarado el país en estado de sitio y viéndome solo, como subalterno de ellos, no hallé otro recurso que buscar un liberal experimentado y fue Ceferino Murillo en el Arenal al otro lado del Cauca. Fui llevando las armas de noche. Se entusiasmó Ceferino, los vecinos y mis hermanos y cautelosamente nos fuimos reuniendo con Ignacio Penilla, reunimos más armas y cápsula y la gente fue acudiendo de la Virginia y de Cartago. En este estado iba la organización cuando enfermé y estando incapacitado el grupo resolvió moverse a órdenes de Murillo hacia el sur y fueron sorprendidos y dispersos, volvieron sin perder las armas, mejorado volví y pronto estuvimos reorganizados siempre los cinco hermanos a la orden. Con algunos de Cartago vino Félix de la Abadía, Maximiliano Jaramillo y un joven Upegui. Al no ir con nosotros Murillo nombramos jefe a Abadía; Jaramillo y Upegui primero y habilitado respectivamente. Resolvimos subir a Anserma, acampamos en Piedra Gorda y allí templamos las toldas para distraer la atención del enemigo. Como yo comprendía algo de organización militar dividí el grupo en dos compañías de 50 hombres con sus respectivas escuadras, oficiales y clases. Los capitaneábamos Luis mi hermano y Eliseo y Francisco, teniente y alférez relativamente de mi compañía, Eduardo abanderado. Menciono mis hermanos solo por no extenderme mucho, el batallón  lo nombramos  el Figueredo que después llevó  el nombre de Robles, de tarde se recogieron las toldas y a marcha sigilosa y redoblada  pasamos el río Cauca por La Virginia y al día siguiente seguimos hacia Pereira amparados por la montaña que en esa época no estaba descuajada la vía, a la siguiente  madrugada  nos pusimos en la entrada de Pereira,  supimos que había fuerza en un cuartel a una cuadra de la plaza y guarnición de presos en esta, antes de entrar dispuso Abadía que yo marchara adelante con un piquete de mi compañía que no alcanzaba a  20 hombres, mis hermanos quedaron en el resto de mi compañía y a mi lado el alférez Francisco, mi hermano, nos ofrecieron en la fonda en que estuvimos un trague y marché  con mis acompañantes adelante hacia el cuartel con  un señor Aguilar, baquiano,  serían las cinco a.m  providencialmente salimos al mismo tiempo el cuarto de Ronda del enemigo y nosotros a la esquina próxima al cuartel, tras un alto quien vive nos cruzamos la descarga. Cayó muerto uno de cada bando, ellos huyeron hacia  el cuartel y se atrincheraron a  dispararnos  de allí y nosotros a fuego graneados los tuvimos sitiados hasta muy claro el día, que nuestro resto de fuerza había ocupado la plaza y acudió a sitiar la cuadra para rendirlos,  lo que hicieron inmediatamente presentaron bandera blanca, cuando vi que un montón de pueblo  iba en actitud de dentrar al cuartel, cogí el rifle del centinela muerto que tenía bayoneta, me puse a contener el tumulto, dejando entrar nuestros soldados condicional de no ultrajar a los rendidos,  no había arriba sino un herido y el muerto del portón  y tomamos  41 rifles parque nada porque todo lo quemaron sobre nosotros, ellos  atrincherados nos mataron dos y varios heridos, estando la ciudad en nuestro poder se dispuso lo conveniente  y más o menos a las doce del día fuimos atacados por los de Santarrosa por la  vía del Otún. Nos hirieron un soldado pero a nuestro empuje de las armas huyeron. Pasamos el día allí y como nuestra idea era ocupar la zona del Quindío nos reforzamos y tomamos hacia el Valle.

Al anochecer acampamos fuera de la ciudad vía del Quindío, un número considerable del entusiasta liberalismo de Pereira nos acompañó y seguimos hacia el Quindío donde no hallamos sino entusiasmo y a Armenia entramos de noche al son de cajas de guerra y cornetas y el entusiasmo de encontrarnos allí al Jefe General Ibáñez que nos recibió y comandó en seguida y se redobló armamento y parque.  Al tercer día dispuso el jefe que nuestro batallón Robles (Entonces Figueredo) marchara a la vanguardia hacia el Zarzal; acampamos en la montaña, atravesamos al día siguiente la cordillera y en la madrugada del tercer día próximo a Zarzal iba yo adelante con unos pocos soldados y nos hicieron una descarga que no contestamos, pero huyeron dejando una bestia aparejada.

Tal vez cayó el jinete pero no hubo ninguna baja nuestra. Nos detuvimos en ese lugar a esperar el refresco y al ver que no llegaban resolvimos entrar a Zarzal no sabiendo que allí se había concentrado todo el personal del gobierno de esa región.

Me tocó con mi compañía entrar por una cañada montuosa, íbamos unas cuadras adentro cuando un ruido de gente atrás en otra vía me hizo pensar que nos salían a retaguardia y nos devolvimos aceleradamente.

Un escuadrón de caballería había apresado al general Díaz, que habiendo llegado del Tolima habló con el general Ibañez, salió a alcanzarnos y equivocadamente dio con el enemigo. Esa fue la bulla que nos hizo volver y al salir de la montuosa cañada dimos frente a frente con el mismo escuadrón y lo atacamos y nos cruzamos unas descargas. Huyó el enemigo y el general Díaz quedó con nosotros, no hubo bajas, solo mi caballo sufrió una herida que no fue de muerte. El general Díaz me repetía usted me dio la vida, le agradeceré eternamente.  Nos reunimos y se propuso un ataque por una vía distinta, saliendo del llano de las Lajas nos hallamos con el enemigo, nos entretuvimos con un fogueo graneado mientras nos franquearon por encima de una cuchilla a la izquierda. En vista de la desventaja y sin llegarnos el refuerzo, nos retiramos amparados por la cuchilla montuosa de la derecha, resolvimos la retirada de nuevo al sabanazo a reunirnos con el grueso del ejército que no nos auxilió porque la compañía que comandaba el capitán Eloy Morante, aun cuando heroicamente contuvo las avanzadas conservadoras, no pudieron contener el empuje de la mayor fuerza y se retiraron dejando el puente de los Quingos en poder del enemigo.

Nosotros llegamos al Estado mayor que estaba en una casa. Viendo que los jefes estaban un poco distraídos allí en reunión con el general Ibañez y las descargas se oían muy cerca. Nuestro ánimo no era otro que definir nuestra suerte y seguir con los que me acompañaron hacia adelante.

A la cuadra más o menos nos enfrentamos con el enemigo el que nos hizo la descarga y se replegó hacia el monte. Nos tumbar un compañero y nosotros los atacamos y seguimos adelante amparados por el monte. A estas maniobras se nos interpuso el coronel Marulanda y nos hizo tomar una trocha a hacer una cortada. Me acompañaron unos veinte, incluidos mis hermanos Luis, Eliseo y Eduardo que me habían seguido. A Francisco le tocó por el frente y con otros buscó otra vía. Nosotros guiados por alguno que dijo ser baquiano, cumpliendo la orden que se nos había dado tomamos la derecha y andando el resto de la tarde llegamos al Salado oscureciendo, de allí más oscuro que claro divisamos unos bultos que por la distancia se veían chiquitos y no se distinguían si tenían armas,  los fuegos por el frente  habían casi terminado, solo por intervalos se oían disparos, resolvimos esperar la mañana para atacar si fuera necesario , nos acampamos la noche muy quedos en el monte para no ser descubiertos por el enemigo y darles una sorpresa si los del frente lo necesitaban al amanecer,  amaneció y no había  rumores de combate, el grupo que divisamos había desaparecido, salimos a la casa del Salado, no había nadie solo gallinas y cerdos y un ollón  de marrano .que fue nuestro frugal desayuno, seguimos de allí a la Palmera a orientarnos de nuestro resultado, allí supimos que el general Ibañez había tomado  con el grueso del ejército una trocha hacia el Quindío, como nuestra suerte era la  misma, vimos un pailón  y mis compañeros se habían racionado con unas gallinitas, les ordené poner lo que cupiera en el pailón  y después de tomar la montaña esto hicieron y nos disponíamos a comer. No habían bajado el pailón cuando dijeron los de la casa que venían cerca de allí el enemigo. Les ordené  con una tranca engarzar el pailón y nos dirigimos al monte cercano que era la vía que íbamos a tomar, comimos tranquilos y sin demora tomamos  la montaña hacia el Quindío, pasamos la noche en una vereda muy tranquila, a la mañana siguiente al no tener la menor idea de la vía que llevaba Ibáñez, seguimos hacia Montenegro, estando cerca resolvimos o exponer las armas y en una finca de un liberal de confianza, según dijeron algunos de los que iban en nuestra compañía, depositamos las armas y seguimos,  no pasamos por Montenegro, en la vía que llevamos encontramos un grupo que entre ellos estaba el coronel Marulanda, no vimos actitud bélica,seguimos  y al pasar por la casa de la hacienda nombrada La Española, salió a la tribuna el dueño y nos mostró donde había un grupo nuestro racionándose con una novilla que les había puesto a su disposición; cual sería nuestra inmensa alegría al ver al hermano que no sabíamos si era vivo  o muerto, Francisco, que era el mismo que faltaba.

Ya los cinco hermanos juntos y no viendo idea de fortalecer nuestra idea bélica por el momento nos pasamos los cinco hermanos el rio de La Vieja vía  a Cartago, atravesando las montañas orilleras vinimos a dormir a Coloradas al día siguiente por varias travesías  salimos al camino próximo a Zaragoza y de allí volvimos  al punto de partida.

Yo siempre con ánimo constante empecé de nuevo a bajarme a La Virginia, mejor sitio para la intriga bélica porque allí estaba Penilla, quien como muy conocedor y entendido de ese poblado me ayudó siempre con su energía y desinteresado patriotismo.  En cumplimiento de orden que teníamos del centro revolucionario de distraer las fuerzas del gobierno, empezamos a reorganizarnos con las armas que habían vuelto  a recibirse y de las que de continuo  nos enviaban nuestros buenos copartidarios. Reunimos unos  80 o 100  hombres y estando acampados en Cañaveral llegó el coronel Antonio M. Echeverri y por cumplir disposiciones del código militar porque él era mayor en edad y graduación, el llevaba unos pocos  compañeros bien armados, en esos días nos enviaron de Cartago un batallón a atacarnos, estando nosotros acampados en los encuentros del río Cauca y Risaralda, fuimos atacados de la otra orilla  del Risaralda y no hubo un combate formal por el río  y si tuvimos un muerto y algunos heridos y del enemigo no supimos porque ellos se retiraron  sin darnos cuenta, nosotros pasamos la noche allí cerca y a la mañana siguiente tomaron vía Belalcázar, la ocupamos sin resistencia y  de allí tomamos vía del Cauca al sitio llamado  Puerto Chávez.  Al día siguiente como siempre hicimos se depositaron las armas lo que se hacía cargo Penilla como el de mayor confianza y nosotros volvimos a separarnos quedando listos para nuevos encuentros.

domingo, 15 de enero de 2017

MARTÍN MARTINEZ Y LA QUEBRADA EL CHOCHO


Alfredo Cardona Tobón



La quebrada El Chocho es el eje de la vereda  Mundo Nuevo, nace en la vereda que tiene su nombre y desemboca en el río Consota, cerca al salado y  a los yacimientos cupríferos de la zona.

Estas notas  tomadas de una entrevista con Luis Ángel Cardona nos dan una visión de ese pequeño afluente, cuyos charcos en 1950 eran transparentes y limpios y llenos de  sabaletas y capitanes:

A fines de 1949 la violencia desatada en el occidente del Viejo Caldas  sacó a  Martín Martínez y a Ramón Salazar de su finca en la vereda La Pielroja del municipio de Risaralda y los obligó a establecerse en la vereda  Mundo Nuevo en proximidades de la ciudad de Pereira.

Martín, en asocio con su cuñado Ramón, compró una finca aledaña a la quebrada El Chocho, sembrada de café y plátano. Los cafetales de variedad Borbón  florecían bajo un  dosel de guamos y el suelo estaba cubierto de una tupida hojarasca que impedía el crecimiento de la maleza y mantenía fresco el suelo.

Como ninfas salidas de un cuento de hadas, por los senderos aledaños a las casas de Martín y de Ramón revoloteaban sus tres hijas: Ester, Raquel y  Flor  con sus batas anchas de colorines  y sus cabellos  flotando con el viento.

En  medio de los cafetales  de  las variedades Borbón y Pajarito  aparecían  palos de  mandarino,  de zapote, churimos, mangos,  aguacates… siempre llenos de fruta, junto con los arbustos de dulumocas en los bordes del camino, que daban para el consumo y para  los pájaros, que en bandadas se acomodaban en sus ramas, para alimentar las legiones de ardillas y a uno que otro gurre y oso hormiguero que deambulaban por las noches sin el peligro de los cazadores.

Las dos casas principales unas amarilla y la otra pintada de verde  se destacaban al  pie de la carretera de la vereda y por la loma reptaba un camino hasta la quebrada El Chocho, que bramaba como un río en las noches de tormenta. En una vaguita despejada empezaba la playa del Chocho, la mejor playa del mundo, con  unos naranjeros tan especiales,  que se  aseguraba que no había otros  con  frutas  tan dulces y jugosas en todas las fincas del corregimiento  La Bella.                        

En una peña musgosa tenían casa unos barranqueros. Una piedra servía de trampolín y una pequeña cascada llenaba el charco de espumas y creaba decenas de arcos iris cuando los rayos de sol traspasaban las ramas de los  carboneros que cubrían  las orillas de la quebrada.

Con Martín Martínez llegó el liberalismo hirsuto y comecuras a  Mundo Nuevo de huida del fanatismo asesino azuzado por Alzate Avendaño;  Martín se instaló en Mundo Nuevo  con la peonada de La Pielroja; no podía dejarlos a merced del “Celoso” y demás pájaros del municipio de Risaralda, eran los compadres y vecinos que le ayudaron a tumbar monte, le acompañaron en las elecciones y, como fieles escuderos, muchas veces lo apoyaron cuando  se puso de ruana el barrio de tolerancia del pequeño pueblo.

Martín levantó varios ranchos  en la finca de Mundo Nuevo para albergar a sus trabajadores y  con ellos  estableció uno de los más  sólidos fortines de Camilo Mejía Duque en la zona rural de Pereira.

 Con guamos que todo lo arropaban no crecía  rastrojo en la finca y el humus de sus hojas era suficiente para abonar los cafetales,  por eso quedaba tiempo para arreglar las cunetas y tapar los huecos de la carretera y para  asistir a las concentraciones políticas que Camilo Mejía Duque organizaba en las veredas de La Bella.. En todas ellas estaban Martín Martínez, su cuñado Ramón Salazar, su esposa doña Rosadelfa, los trabajadores, la cocinera, los arrimados de turno y las tres muchachas de la casa, que eran el mayor adorno con sus faldas amplias  y sus moños rojos.

Como a miles de familias colombianas, la violencia que arreció a partir del año 1947 sacudió el hogar de Luis Ángel Cardona Salazar. De tal forma  que desplazado de su terruño y sin un lugar adonde ir  buscó cobijo con sus dos hijos mayores en la finca de  Martín Martínez en  diciembre de  1949


Sin  fuerzas para coger café y cargar bultos, pues apenas tenían siete y ocho años, los dos muchachitos de Luis Ángel  se dedicaron a perseguir conejos, a tirar cauchera y a zambullirse en los charcos del Chocho.  Oscar y Alfredo se convirtieron en parte del Chocho, pues desde las primeras horas, lloviera o hiciera sol,  bajaban al charco de la quebrada, se sumergían en los pequeños remolinos y como peces permanecían en las aguas hasta que caía la tarde, a veces sin almorzar, pues para eso estaba el palo de aguacate  y las dulces naranjas de la vaguita cercana.

Un anciano de la vecindad les enseñó a pescar sabaletas y  con ellas  conquistaron a la tía Rosadelfa  que mermó el tono a los regaños cuando llegaban tarde a los  rosarios vespertinos, que indefectiblemente, sin importar el día de la semana, se rezaban en el vasto corredor de la casona  cuyos  fervientes dueños no aceptaban que ser liberal colombiano era pecado como aseguraba  San Ezequiel Moreno en sus prédicas a los pastusos.

 La cosecha de sabaletas y capitanes fue próspera hasta el día que Oscar y su hermano vieron bajar tendales de peces envenenados con barbasco arrastrados por la corriente de la quebrada; no olvido- dice Oscar-  el vano intento para reanimar a los que se quedaban enredados en las orillas.” Alguien dijo que los orines eran el remedio y para ello utilizamos hasta la última gota”-

.Así empezaron a quedar solas las aguas del Chocho. El  daño que no hicieron los nativos ni los  primeros colonos lo hicieron  unos forasteros que llegaron a Mundo Nuevo con el barbasco y con los tacos de dinamita que esos vándalos  hacían estallar en los charcos para reventar y hacer flotar los peces.