martes, 7 de febrero de 2017

BELISARIO RAMIREZ Y LA MONOGRAFÍA DE VICTORIA- CALDAS


Alfredo Cardona Tobón

 


Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo de Antioquia, en sus ajetreos de diplomático e Europa,  añoraba el aire tibio y húmedo de las riberas del rio  Magdalena y ese llano feraz y de aire transparente de Victoria, donde uno se siente dueño del mundo y el alma se acerca con fervor casi religioso , a la naturaleza.

 La tierra de Victoria embrujó a Ñito como sucedió con el conde Podewils  y las decenas de alemanes y belgas, que a principios del siglo veinte se dedicaron a transformar la selva, casi indómita, en valiosas haciendas ganaderas.

Victoria tiene algo distinto al resto de las comarcas caldenses: mitad paisa, mitad tolimense, es un poblado calentano con raíces en la serranía que marca sus horizontes.  Es el pueblo con el pasado de una campesina pizpireta sin pergaminos ni apellidos pomposos y un presente sin grandes realizaciones, pero eso sí, con el presentimiento de un futuro, que quisieran soñarlo las comunidades del erosionado norte y del quebrantado occidente del departamento.

Cuando Belisario Ramírez González llegó a Victoria ese primero de mayo de 1960, también se vio envuelto en la magia victoriana. Fue otro extraño acercamiento de esa tierra con un hombre de ancestros paramunos, quien cambió su plaza de maestro en Manizales para empezar a rodar por los parajes del extremo oriente de Caldas, hasta afincar definitivamente sus querencias en Victoria.

Belisario fue como un novio enamorado de Victoria que no perdía la oportunidad de estar a su lado.  Algún día probó fortuna en el poblado de Risaralda y regresó a Victoria como personero municipal. Luego remontó vuelo a Carimagua, en los llanos orientales, donde como Ñito Restrepo sintió nostalgia de los charcos de Doña Juana, de Fierritos, de la ceiba del parque. Al fin ancló en Villamaría, donde siempre pensó y vivió en función de Victoria.

Escribrir un libro de historia local es tarea de quijotes, pues no se cosechan laureles ni dividendos económicos. Y si uno se aventura a escribir la historia de una población sin cronistas, sin hechos portentosos, donde no hay dones ni potentados, sino  pueblo raso, es más que una quijotada.

Más de treinta años de labor silenciosa, tenaz, sacrificada… necesitó Belisario para legar a la posteridad un resumen de la vida victoriana. Debió sacudir polvo y polillas de los archivos parroquiales, notariales y oficiales para encontrar las huellas del pasado.

Su relato es tradicional, pleno de datos e información debidamente avalados.  No pretende adentrarse en análisis sicológicos ni sociológicos; otros estudiosos aprovecharán las investigaciones de Belisario Ramírez para encontrar explicaciones y motivos. No urde tramas, ni novelas, simplemente relata.  Y este es el objetivo de su libro: recoger los hechos y la memoria cotidiana.

Belisario recoge un pasado que empezó con los pantágoras, los marquetones y los palenques, esos valientes americanos que prefirieron la muerte a la esclavitud y que infortunadamente sepultaron sus genes en las cenizas de los caseríos devastados. Nos recuerda la odisea de aquellos  españoles que buscaron el vellocino dorado en las tres aldeas de Victoria y la lucha de paisas pobres  tolimenses sin tierra que dieron la vida al caserío  que vegetó  durante  muchos lustros, aislado de un Caldas lejano y ausente.

La historia de Colombia no se escribe exclusivamente en el parlamento ni en las avenidas bogotanas; tampoco es la historia de los grandes hombres, o más bien de los personajes con vitrina. La Historia de la Patria se construye, también en los caminos, en las veredas, en las aldeas que van sumando para constituir la realidad nacional.

Son las historias regionales las que descubren el alma de la Patria; es en obras como la de Belisario Ramírez donde se puede palpar el sentimiento de un pueblo para poder prospectar su futuro.

Vemos, como en Victoria, son los educadores y los burócratas quienes han llevado la responsabilidad de su destino, en otras partes son los comerciantes, o los militares o los líderes campesinos. Aquí notamos la vocación pacifista de la comunidad y quizá, también, la falta de una identidad  que aglutine o prepare al municipio  para afrontar el reto del progreso, que vendrá de Bogotá o de Medellín, cuando esas metrópolis saturen sus vecindades.

Con l monografía de Victoria y su libro “Periodismo en la Provincia” Belisario Ramírez aporta dos importantes obras que enriquecen el acervo cultural de Caldas.

Esta obra realizada con amor, con seriedad y sin pretensiones, como lo reitera su autor, es la mayor herencia que puede darle un hijo a su tierra. Ojalá en estas páginas se inspiren las nuevas generaciones victorianas para dar a su municipio el lugar que merece por su gran ´potencial y económico.

Ojalá sea este libro el eco que impida olvidar a un gran hombre, que sacudido por todas las tormentas de la vida, siempre tuvo lugar para Victoria a través de toda su existencia.

domingo, 5 de febrero de 2017

SALAMINA EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS




Alfredo Cardona Tobón*





Una vez terminada la guerra de los Mil Días con la firma de la paz en el acorazado Wisconsin  de la flota norteamericana, en el Acta  55 de diciembre de 1902,   don Marco Aurelio Arango, presidente del Concejo de Salamina, llamaba la atención al gobierno de Antioquia sobre la calamitosa situación de esa importante población sureña.

“Cuanto aquí- decía don Marco Aurelio- el gobierno no ha gastado un solo centavo en alquiler de casas para alojamiento de soldados, debe tenerse en cuenta, además, que Salamina es el pueblo que seguramente ha hecho los mayores sacrificios de sangre y de esfuerzo en esta espantosa revolución; de su seno se han formado cuatro generales: Bonifacio Vélez, Carlos Londoño, Víctor Manuel Salazar y Alfonso Vélez.  Murió el general Vélez en las aguas del Magdalena después de haber estado en las campañas de Panamá y también perecieron los jóvenes coroneles Jesús María Echeverri, Pablo G. Pérez, José de la Paz Macía y Evencio Gómez, modelos de valor y patriotismo.”.

El 18 de octubre de 1899 se turbó el orden público al levantarse en armas el Partido Liberal.  De inmediato el gobierno conservador organizó los batallones Manizales y Salamina para combatir las guerrillas de las orillas del río Cauca y obligó a los vecinos liberales a mantener en funcionamiento las líneas telegráficas que dañaban continuamente los revolucionarios. Las autoridades organizaron a los vecinos liberales en cuadrillas y les asignó   determinados tramos, cobrando una multa  de  $ 50 por cada hora que permaneciera el telégrafo fuera de servicio..

La situación de Salamina en la guerra de los Mil Días fue crítica: por una parte debió enfrentar las innumerables bandas guerrilleras del norte del Cauca, proteger las poblaciones vecinas y apoyar al gobierno central que combatía en los Santanderes, en la Costa Atlántica, en el Sur, en El Tolima y Panamá.

La flor y nata de la juventud salamineña conformó el Batallón Salamina: muchos marcharon tras la gloria y la aventura y otros iban reclutados a la fuerza para dejar, al fin, sus huesos en tierras lejanas víctimas de las enfermedades y las armas enemigas.

Mientras el Batallón Salamina cosechaba laureles  en combates abiertos,  la División Marulanda, acantonada en Salamina, hacía frente a las emboscadas de los grupos  rebeldes dirigidos por Manuel Ospina, Ceferino Murillo, David Cataño y Francisco Herrera quienes con base en los campos de Supía, Bonafont y Quinchía  mantenían asolados los poblados de Neira, Filadelfia y Morrón .

En agosto de 1900 tropas salamineñas bajo las órdenes del general Carlos Londoño Llano sorprendieron una avanzada enemiga en el sitio de El Silencio causando 55 bajas a los guerrilleros; y apoyados por tropas de Manizales los gobiernistas diezmaron   a las fuerzas irregulares en El Pintado y El Castillo; pero a pesar de los graves daños infligidos a los guerrilleros durante los dos primeros años de la guerra, fue imposible mantener a raya a  los insurgentes que el cinco de diciembre de 1901 entraron  a Salamina, saquearon los negocios y quemaron gran parte del archivo municipal.

A las bajas causadas por el clima a orillas del Cauca o por los bichos y los ataques enemigos se sumó la enorme deserción en las filas gubernamentales. Los antioqueños combatían con valor en su tierra pero lejos de sus poblados hacían todo lo posible para rehuir el combate. Las deserciones eran continuas lo que exigía levas repetidas e impedía contar con gente veterana.  En octubre de 1900, por ejemplo,   en la Primera Compañía del batallón Duque de la División Marulanda desertaron 31 soldados de los 45 reclutados y de la Tercera Compañía se evadieron nueve de los 17 enganchados.

LAS CONTRIBUCIONES

En Antioquia el Departamento del Sur cargó con el mayor esfuerzo en la guerra de los Mil Días y los vecinos de Salamina y Manizales corrieron con la mayor parte de los gastos de las campañas mediante “empréstitos” que no se pagaron o se cubrieron parcialmente

. Cuando la Compañía Suelta de Salamina marchó bajo las órdenes del general Elías Uribe a combatir a los alzados en armas en El Pintado y El Dinde , los conservadores salamineños recogieron  $3200  para auxiliar la campaña; lo mismo sucedió  cuando el general Estanislao Henao destrozó a las tropas de Francisco Herrera y de Juanito Torres en El Cedral.

Los auxilios municipales se sumaron a las contribuciones para las campañas a fin de  atender a los heridos, auxiliar a las viudas y a los huérfanos, y pagar sueldos a los oficiales. Poco apoyo llegaba desde Medellín; por ello las autoridades locales debían recaudar el resto acudiendo a los copartidarios y sobre todo arrebatando los bienes y el dinero de los liberales.

 

 

La guerra de los Mil Días arruinó a Salamina: sus campos quedaron desolados, pues los campesinos se internaron en los montes o emigraron para evitar los reclutamientos y fueron pocos los que regresaron después del conflicto como lo indica el general  Juan Pablo Gómez en una carta dirigida a los alcaldes de Manizales y Salamina:

“Despacho hoy a bordo del vapor Colombia 200 hombres con dirección al Departamento del Sur. Hacían parte de los batallones Salamina y Manizales, restos de la gloriosa columna antioqueña. Son los héroes de Capitanejo, Palonegro, San Juan Nepomuceno, Lebrija y Marialabaja. Las penalidades y fatigas de una campaña de 17 meses los han reducido a cifra insignificante y a deplorable situación de salud. Imploro para ellos encarecidamente la generosidad del gobierno de Antioquia y vuestros sentimientos amplios y generosos.”

Como lo indican las crónicas, salamineños de uno y otro bando llenan las crueles páginas de la guerra de los Mil Días.  Entre todos ellos se destaca el general Víctor Salazar, gobernador de Panamá, que allanó el camino de la paz y honró los compromisos firmados; fue un ejemplo de hombre de bien en medio de los lobos rabiosos que después de firmada la paz se cebaron en los vencidos.