viernes, 24 de febrero de 2017

CATALINA ERAUSO: LA MONJA ALFÉREZ


Alfredo Cardona Tobón*

 


Alta, andrógina, con mínimos pechos, voz grave y una vida errabunda, Catalina Erauso y Pérez y Galarraga fue un personaje violento del siglo XVI, que continúa siendo fuente de inspiración en el cine y en la literatura.

Catalina nació en 1585 en San Sebastián, Guipúzcoa, España, en el hogar de un militar distinguido. Eran tiempos de caballeros, piratas musulmanes, monasterios y leyendas. La vida de esta mujer con arrestos varoniles corrió tormentosa entre conventos y campos de batalla, en medio de aventuras lésbicas, duelos, muertos, el mar, mesones de mala muerte y mansiones señoriales. Nunca usó su nombre de pila, pues en sus correrías por Europa y América figuró como Pedro de Oribe, Alonso Díaz, Antonio Erauso y Francisco de Loyola.

A los cuatro años de edad los padres de Catalina la internaron en un convento dominico junto con sus hermanas, a fin de educarlas según los criterios católicos, en labores propias de su sexo para que al llegar a la edad de matrimonio fueran desposadas como “Dios manda”. Pero la vida monástica y el hogar no serían el destino de la jovencita que consiguió ropa de hombre, se cortó el cabello y a los quince años de edad escapó del convento para empezar una existencia errabunda.

Catalina anduvo de pueblo en pueblo trabajando como paje de grandes señores; una reyerta la llevó a la cárcel y tras un mes entre rejas dirigió sus pasos al puerto de San Lucar de Barrameda, donde el lunes Santo de 1603 se embarcó con rumbo a América.

En Punta de Aragua, Venezuela, recibió el bautismo de fuego en un combate contra una nave pirata holandesa. En un buque de un pariente, que no la reconoció con su traje masculino, Catalina llegó a Cartagena y luego a Nombre de Dios, en las costas caribeñas, donde asesinó al capitán del barco, se robó 500 pesos y huyó hacia el Perú como ayudante de Juan Urquiza.  Una tempestad hizo naufragar la nave cerca del puerto de Manta, y milagrosamente Catalina se salvó con su amo, quien la nombró administradora de una vasta estancia, donde además de recibir dinero y vivienda tenía tres esclavos a su servicio. Otra pelea la llevó a la cárcel de donde salió gracias a los oficios de Urquiza y del Obispo que intervino haciéndole prometer que se casaría con una tía del sujeto a quien había cortado la cara

 Para evitar el matrimonio que haría evidente su condición de mujer, Catalina huyó a Trujillo, donde la encarcelaron tras una riña y volvió a recobrar la libertad con el auxilio de Urquiza. Siempre entre líos y embrollos siguió a Lima recomendada por su protector, pero perdió el empleo al ser descubierta andando entre las piernas de una cuñada del amo Así que sin oficio, ni dinero y con un prontuario delictivo, Catalina se alistó a las órdenes del capitán Gonzalo Rodríguez y marchó con la tropa colonial a combatir a los aguerridos indígenas mapuches.

 

LAS HAZAÑAS MILITARES

En 1609 las fuerzas de los caciques Ainavilu, Anagnamen, Pelantaru y Longoñongo vencieron  en campo abierto a los españoles, usando las armas de hierro y las  cotas de malla que arrebataron en otros combates y con escuadrones de caballería tan disciplinados  y valientes que envidiarían los hispanos en sus luchas en Europa. En este combate en Puren, pereció el capitán, y Catalina valiente, osada y con desprecio total por la vida tomó el mando y resistió las cargas de los mapuches. Por ello recibió el grado de Alférez, aunque merecía el de capitán, perjudicada, tal vez, por su prontuario violento y la crueldad extrema que mostró ante los enemigos.

En Chile, Miguel de Erauso se desempeñaba como Secretario del gobernador; una noche en un mesón hubo un altercado por un motivo trivial y Catalina en medio de las sombras mató a Miguel, a quien posteriormente identificó como uno de sus hermanos. Por los servicios en la guerra araucana no fue condenada a muerte, pero se le desterró a Paicabé y luego se le trasladó a Concepción donde este personaje violento, con sexo de mujer pero con arrestos y apetito de hombre, asesinó al auditor general del puerto.

Esta vez no había quién pudiera salvarla del cadalso y para conservar la vida, Catalina cruzó los Andes con destino al virreinato del Rio de La Plata, atravesando alturas desiertas, llenas de nieve y barridas por los vientos.  Un lugareño la recogió agonizante en medio de la escarcha y la llevó a Tucumán, donde Catalina enamoró y prometió matrimonio a la hija de la viuda india que lo acogió durante su convalecencia, en tanto que al mismo tiempo seducía a la hija de un canónigo.

Cuando recobró la salud, Catalina tomó rumbo a Potosí con el dinero y las joyas de la hija del canónigo y se alistó nuevamente en las filas de las tropas coloniales, participando en la matanza de Chuncos, donde asesinaron vilmente a niños, hombres y mujeres mapuches.

En el año 1623 al verse herida y sola, Catalina confió al Obispo de Guamanga su condición de mujer.  Unas matronas atestiguaron que sí lo era y además estaba virgen. El alto prelado perdonó sus excesos, la vistió de monja y la internó en un convento; era algo así como encerrar un gato en la alacena o poner al diablo a fabricar las hostias.

Las aventuras de Catalina llegaron a oídos del rey Felipe IV que le concedió una pensión y a los del Papa Urbano VIII, quien le otorgó la facultad de seguir usando ropas masculinas y nombre de varón. Pero la existencia llana y tranquila no estaba en la mente de este guerrero confinado en el cuerpo de una mujer; así que la monja alférez se embarcó hacia Cartagena de Indias y de allí pasó a la Nueva España donde estableció un negocio de arriería entre México y Veracruz.

En México se pierden las últimas huellas de Catalina cuya memoria mitad verdad y mitad leyenda, además de ser soldado, traficó con ganado, se asiló en las iglesias, escapó al patíbulo, enamoró mujeres casadas y pervirtió doncellas, fue monja, ladrona, asesina y encontró protectores sin conocer varón.

Vida extraña y turbulenta, antítesis de todo lo que podría esperarse de una tierna niña educada en un convento.

 

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL ESPIRITU Y LA CANCION


MONSEÑOR RIGOBERTO CORREDOR Y EL CANTANTE JHONY RIVERA



Alfredo Cardona Tobón

 


En la vida de los pueblos aparecen personajes que marcan su destino y señalan un norte a las comunidades. Por las calles del naciente caserío corrió el inquieto chiquillo que habría de dejar huella en el Obispado de Buenaventura y es pastor de la diócesis de Pereira, por otro parte por el lado del sentimiento, por toda América Latina se escucha la música de Jhony Rivera, un cantautor que supo interpretar el sentimiento del pueblo. Son dos personajes de Arabia que se entrelazaron con la historia del corregimiento:

 

 

Monseñor Rigoberto Corredor Bermúdez nació en el Corregimiento de Arabia el 5 de Agosto de 1948; realizó sus estudios en el Seminario Menor de Pereira y en el Seminario Mayor de Manizales. Fue ordenado sacerdote el 18 de noviembre de 1973 y obtuvo el doctorado en Misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana en Roma.

El 26 de marzo de 1988 se le consagró como Obispo Titular de Rusgunie y Auxiliar de la Diócesis de Pereira;  el 30  de noviembre de 1996  se le consagró  Obispo  de la Diócesis de Buenaventura, y el 19 de diciembre de 2003 asumió como Obispo de la Diócesis de Garzón y el 15 de julio de 2011 el Papa Benedicto XVI nombró a Monseñor Rigoberto Corredor como el quinto Obispo de la Diócesis de Pereira.

Monseñor Rigoberto Corredor es de esos jerarcas de fibra recia , justos pero templados, expertos en superar dificultades y riesgos; no es el eclesiástico seráfico y melifluo que alcanzó la dignidad de Obispo agitando incensarios; tiene alma de campesino curtido que desempeñó el modesto y pobre curato de Purembará en medio de indios resabiados; que aguantó  la soledad y la pobreza en un pueblo agónico como San Antonio del Chamí y cuando a fuerza de méritos se desempeñó como Obispo de Buenaventura, a orillas del Pacífico, no se amilanó viviendo en medio de la violencia dando esperanza y fe a esa feligresía dejada por la mano de Dios y olvidada por el Estado.

En una entrevista preguntaron a Monseñor como veía a Pereira. Monseñor respondió sin eufemismos que no le vea norte; que le dolía el desorden interno, los problemas de movilidad y la ausencia de líderes que se comprometieran verdaderamente con la comunidad.

Si en sus manos estuviera, Monseñor sería un simple misionero, pues lo es de corazón porque tiene alma de labriego, de esos que siembran y hacen barbechos y abonan la tierra con el sudor de su frente para ver florecerla y cosechar los frutos.

Monseñor Corredor nació campesino en un pueblito como Arabia que comulga todas las mañanas y reza el rosario al caer la tarde sobre los cafetales.

En la historia del corregimiento de Arabia quedará escrito con letras doradas el nombre de su vicario cooperador del año 1973 y obispo de la diócesis de Pereira en 2011, de un hombre que lucha por esa feligresía bautizada pero sin identidad con su fe, de un prelado, que como el Papa Francisco está echando del templo a los escribas  y fariseos.

LA ENTREVISTA CON EL SEÑOR OBISPO

Quise preguntarlo a Monseñor Rigoberto Corredor por los recuerdos de su infancia, por ese pueblito de Arabia testigo de los juegos infantiles, de su inclinación temprana por las cosas del espíritu.

Con cierto temor llegué a su oficina, pensando que me encontraría con uno de esos prelados pomposos llenos de ceremonias pero me encontré con uno de esos personajes que la Providencia hizo para derribar montañas y fundar pueblos y hoy los crea para guiarnos por los intrincados laberintos de la vida moderna.

Monseñor Rigoberto Corredor viene de cepa fina, de ancestros santandereanos y antioqueños; su abuelo paterno fue del municipio de Jesús María y su abuela nada màs y nada menos que de Salamina, la ciudad luz de los paisas..

Su papá Ismael siguió las huellas del abuelo: fue labriego, negociante y rebuscador del peso. En el corregimiento de La India en Filandria montó una finca cafetera y en el corregimiento de Arabia, al otro lado del Barbas, se estableció con su familia.

Monseñor Rigoberto fue el octavo entre doce hijos y al contrario de sus hermanos que se entretenían con cometas y trompos, jugando futbol en la plaza del pueblo y cazando tórtolas en los alrededores, el futuro sacerdote prefería leer los periódicos que le llegaban a don Ismael, oír las aventuras de Sandokán en la radio y ayudar en la iglesia como acólito.

Arabia era, como lo es ahora,  un lugar tranquilo donde todos eran amigos ,era la aldea de los Martínez, los Acuña, los Mejía…. Don Ismael era el líder conservador, laureanista por más señas, y don Froilán Arredondo era el jefe liberal.

En la escuela de la pequeña población, Rigoberto Corredor cursó los últimos años de educación primaria, y allí en la escuela fue donde  el director Mario Alzate Mejía vio en el vástago de don Ismael un alumno que no estaba para el surco, o para una tienda o el negocio de la familia, vio en el muchachito un escogido del Señor con vocación para el altar, como lo vio igualmente el párroco Francisco María Areiza y lo aceptó gustosa la mamá y de muy buen grado don Ismael, que como conservador doctrinario era amigo de curas   y de monjas.

Por lo tanto el niño dejó con pesar sus amigos de “perrunchadas” y entró al Seminario.

En vacaciones el seminarista regresaba a su casa en Arabia, y en casa de don Ismael había que trabajar y trabajar muy duro. Atendía el negocio de carnicería en semana y había que sacrificar varios marranos. “Aunque usted es seminarista- le dijo un día- usted se va a traer helecho como los demás”-   y el joven Rigoberto cargó los pesados atados y ayudó en lo que fuera como los demás hermanos.

Esa vida sencilla y simple, la bondad de los corazones, la solidaridad de la gente, el respeto, el tesón y la constancia marcaron la vida del futuro sacerdote y del Obispo cuya palabra ha sido un bálsamo y su ejemplo una esperanza.

Como todos los que tienen sangre santandareana con genes de  panches guerreros, los hermanos Corredor aprendieron desde niños a disparar escopeta y a manejar un revolver, es una necesidad en el campo y más en tiempos pasados en los cuales se cernía sobre Arabia la amenaza de los bandidos que infestaban los campos cercanos. El único que no quiso tomar en sus manos una arma de fuego fue el seminarista, y no porque les tuviera miedo, sino porque vio en ellas un instrumento de muerte.

¿Cómo ve a sus querida Arabia?- pregunté a Monseñor.

Veo más pobreza y más necesidades que antes. En otros tiempos los campesinos tenía su tierra, así fuera un corralito que les diera la comida; pero los minifundistas vendieron y ahora son campesinos sin tierra y creo que ni campesinos porque muchos de ellos duermen en Arabia y al amanecer viajan a Pereira a buscar la comidita, al rebusque, a defenderse como pueden.

¿Y sus recuerdos de niño, de Charco negro, de la pesca de sabaletas y capitanes?

Me parece que el rio Barbas se angostó y las aguas perdieron su alegría.-

Será porque nos estamos poniendo viejos.-osé decirle al Señor Obispo-

-Quizás, porque los años tienen la facultad de acortar los corredores y achicar las inmensas casas de la niñez.


JHONNY RIVERA.










Jhony nació en Pereira y se educó, junto con sus padres, en el campo. Se fue para Bogotá, a los 18 años, a estudiar y a buscar suerte, pero no terminó su carrera de ingeniería civil. Poco después, su novia se vino de Pereira y conformaron una familia.

 
Jhonny montó una carpintería y el negocio comenzó a marchar. Pero por esas cosas de la vida, fue engañado por su compañera. Volvió a su querida Pereira, a su vereda, al corregimiento de Arabia, a buscar consuelo para su dolor y su amargura en compañía de sus padres y sus seres queridos con los que compartió su infancia en la vereda de Pérez, región que recuerda con mucho cariño, pues allí en las labores propias del campo, al lado de su padre, hizo amigos que perduran en su corazón.
 
Su vena artística se notó desde muy temprana edad por la facilidad que mostraba para componer coplas y poesías con las que animaba las reuniones familiares. Entre serruchos y garlopas un amor desgraciado tocó la puerta sensible de Jhony y la decepción lo llevó a componer su primera canción “ El dolor de la partida” que lo impulsó en el mundo de la música, donde ha triunfado gracias a su talento, dedicación, persistencia y calidad humana.
A partir de entonces Jhony empezó a escribir y a cantarle a las tristezas que   herían el corazón. Pronto se dio cuenta que tenía gran capacidad para componer y cantar; así que apoyado por su carisma y la humildad que lo caracteriza encontró una oportunidad en las emisoras de Pereira que sirvieron de catapulta para su carrera.
Jhony ha hecho decenas de giras internacionales por América y Europa, es el número uno de la música popular en España, ilustró la portada de la Revista Latina de Francia, cuenta con reportajes en Billboard, la revista hispana más importante de España, ha sido nominado durante cinco años consecutivos a los Premios de Nuestra Tierra y ha obtenido la distinción del Mejor intérprete popular.
¡ Quien de las nuevas generaciones no ha tomado aguardiente oyendo una canción de Jhony Rivera? – Es un autor sintonizado con el alma popular, con el desamor, el despecho, la traga, con los amores imposibles, con el latido del corazón enamorado.
Jhony y monseñor Corredor son los orgullos de Arabia. Con Olmedo Ramírez y demás componentes del Comité Cívico estos personajes luchan por el progreso y el desarrollo de la comunidad.
 
 
A Jhony no lo ha mareado  la fama…. Sigue recorriendo los caminos que conoció en su niñez llevando el mensaje de fortaleza y optimismo a sus viejos amigos y a todos aquellos que aferrados a esas lomas llenas de café hacen grande a Pereira y a la patria colombiana.