lunes, 10 de abril de 2017

EL CORONEL JOSÉ MIGUEL ECHEVERRÍA ANTE EL PAREDÓN



Por Jorge Hernando Delgado Cáceres




Rescatamos el reportaje que un coronel del insurrecto ejército liberal, Antonio María Gómez,  le hizo a un combatiente de su propio partido en la Guerra de los Mil Días, antes de ser fusilado en la plaza de Armenia. Armenia, fundada en 1889, tenía 13 años de creada, cuando el 10 de abril de 1902, un grupo de 60 combatientes liberales atacaron la aldea. El país se encuentra al final de la Guerra de los Mil Días.



Dos meses y medio faltaban para terminar el siglo XIX, y como si el tiempo se les estuviera acabando los liberales deciden una vez más, acelerar sus planes para la reconquista del poder y se levantan en armas. Lo habían perdido hacía 20 años y no gozaban de ningún privilegio burocrático. Eso los hizo fortalecerse en la empresa privada y en los negocios. El poder económico de los conservadores y liberales acaparaban todo: las tierras, las minas, las pequeñas empresas, las tierras baldías. Los puestos de toda índole: tenderos, hacendados, generales, obispos e intelectuales.

El ambiente general de 1899, era el tema de finalización de siglo y sus correspondientes profecías. Los liberales se lanzaron a la guerra desenterrando en los solares y fincas las armas guardadas de la contienda pasada, contando con un escaso arsenal militar. Al frente de las fuerzas liberales estaba Gabriel Santos Vargas de avanzada edad y sin mucho conocimiento de la guerra. Fue el personaje escogido para ser el director de la contienda.



Llego allí por la división interna liberal entre Benjamín Herrera y Rafael Uribe, quienes querrían cada uno ser el jefe máximo de las tropas liberales.

La guerra se había iniciado el 17 de Octubre de 1899, en cercanías de la población del Socorro (Santander), y terminó esta contienda entre los colombianos en el Buque Almirante “Wisconsin” el 21 de noviembre de 1902, en la Bahía de Panamá con un tratado de paz firmado por conservadores y liberales.




Los hechos en Armenia


El 10 de abril de 1902 se produjo el denominado asalto a Armenia, ejecutado por el coronel liberal José Miguel Echeverría. En la toma masacró a conservadores, copartidarios suyos, quemó los archivos y saqueó la población. A pocas semanas fue capturado y trasladado a Cartago donde se le siguió consejo verbal de guerra, siendo condenado a la pena capital en la plaza principal de Armenia que pertenecía al Distrito de Salento, y éste al Departamento del Cauca

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Sin registros en la cronología de la Guerra de los Mil Días


Lo sucedió en Armenia el 10 de Abril de 1902, no aparece en los libros fundamentales sobre la cronología de la guerra de los mil días, pero si fue registrada por testigos y más tarde por intelectuales regionales. El primero testigo se convirtió en el primer corresponsal de guerra. No existe un documento en la Guerra de los Mil Días de esta magnitud.



Es el reportaje a un combatiente liberal que fue fusilado, faltando pocos meses para terminar la guerra. Es más, en ese momento los fusilamientos se habían suspendido. Este reportaje lo realizó el liberal Coronel Antonio María Gómez, detenido con Echeverría y trasladado con él a Cartago. En el camino, don Antonio que sabía leer y escribir, le realiza una entrevista, que más tarde convierte en una biografía del coronel José Miguel Echeverría.



Don Antonio aprovechó en el escrito sobre Echeverría, referirse a sí mismo y contarnos quién era él y realizar un análisis de la situación que estaba viviendo. Su comentario de cómo se encontraba la tropa es muy interesante. “Para saber cómo me uní al coronel Echeverría y como fui compañero hasta poco antes de su fusilamiento, debo ocuparme de mi personalidad, aunque no quiera hacerlo, porque tengo que recordar cosas o hechos que me repugnan.



Estaba de Secretario del Inspector de Policía de Armenia, cuando me tocó publicar el decreto Nacional por el cual se declaraba turbado el orden público en los últimos meses del año de 1899. Me retiré de la Secretaría y no quería revolverme en la revolución, porque no le tenía confianza. Porque desde el principio empecé a ver en los escalafones militares, generales ineptos, coroneles, sargentos, mayores. No podían servir ni para cabos de un ejército bien organizado y disciplinado. En fin: aspirantes, orgullosos, escasos de valor y patriotismo...”



Finalmente, el coronel Gómez se vincula a las tropas liberales, y en su trasegar por el Quindío, continúa narrando: “... En Nápoles vi que la tal guerrilla no se componía en parte, sino merodeadores y gente de mala ley y resolví retirarme de ellos. Siempre me ha molestado la indisciplina y el manejo de los soldados y cuando me ha tocado ser Jefe de alguna fuerza he castigado severamente el robo. Al separarme de esa gente, Echeverría no quiso quedarse y juntos nos retiramos a un bosque donde permanecimos algún tiempo a causa de una fuerte enfermedad que Echeverría sufría. Allí fue, donde él me contó todo lo que dejo relacionado, y mucho más que dejo de escribir”.




Lo que escribió Gómez de Echeverría


El coronel Antonio María Gómez lo describe y da los siguientes datos: “El coronel José Miguel Echeverría tenía una cabeza grande, bien formada, cabellos rubios y crespos, frente ancha blanca como todo él, y con tres líneas horizontales en ella, pero no muy pronunciadas, cejas algo pobladas y crespas, ojos zarcos vivaces y juguetones, nariz regular y perfilada; algo infladas sus ventanas, pómulos redondos y rosados, labios regulares, una linda y blanca dentadura, poco bigote del color de los cabellos, la barba puntiaguda, cuello corto y fornido.



Cuerpo pequeño bien repartido y sumamente bien musculado.
Tenía sobre su ancho pecho un signo de una cruz sobre un muro, sobre la sangradura del brazo izquierdo un corazón con una espada atravesada y sobre la del brazo derecho las iniciales J. M. E. Mantenía constantemente una risita sardónica, en sus labios, pero cuando se enfadaba, las líneas de la frente casi se hundían cambiando todas sus facciones. No era un hombre ilustrado a pena medio sabía leer y escribir. Se le conocía como un hombre honrado y mimado por la sociedad principal de Buga, por sus bellas prendas personales.



Por lo demás Miguel tenía un buen corazón, valiente hasta la temeridad, buen amigo, y él mismo decía: “don Antonio: yo tenía un corazón generoso, tierno y compasivo hasta que mis gratuitos enemigos me lo hicieron formar en malo o más claro, cuando vi que a la sombra de una bandera, aquellos a quienes, yo no les había hecho mal, me arruinaron”.